man holding camera while squating with smoke on face inside building

Cine como sueño, cine como música. Ninguna forma de arte va más allá de la consciencia ordinaria como el cine, directo a nuestras emociones, profundo en el cuarto crepuscular del alma. Un pequeño movimiento en nuestro nervio óptico, un efecto de shock: 24 cuadros iluminados en un segundo, la oscuridad en medio, el nervio óptico incapaz de registrar la oscuridad. En la mesa de edición, cuando corro la película, cuadro por cuadro, aún tengo esa mareadora sensación de magia de la infancia: en la oscuridad del armario, lentamente enrollo un cuadro después del otro, veo cambios casi imperceptibles, lo enrollo más rápido: un movimiento. Ingmar Bergman.

El ser humano camina hacia metas extrañas, que poco tienen que ver con la finalidad propia de su ser. Y de un tiempo a esta parte, cuanto más progreso tecnológico alcanza, más vive de apariencias, de cosas inservibles, tremendamente efímeras y totalmente vanales. Sin embargo, en ellas se esfuerza denodadamente, a ellas se dedica con un tesón inaudito, en ellas pone su placer, sus sentimientos y su sentido inmediato. Una de esas cosas es el cine… o, mejor dicho, casi todo el cine, pues el cine real comienza y acaba en los ojos del espectador. El trabajo que hay detrás de una película debería ser silencioso y oculto.

Hoy en día nada es así. Los que importan son ellos: los directores, los actores, los guionistas, los técnicos, los productores… y todo el mundo salsaroseño que les acompañe -todo lo que venda alrededor de esa obra de arte. Dentro de poco ya ni importarán las historias narradas en imágenes, sólo los que salen en ellas, los que las hacen, los que las violan. Dentro de poco la obra de arte será simplemente la víctima de una sociedad corrompida, utilitarista y de consumo.

Hace poco estuvimos en los premios Platino del cine Iberoamericano –aunque podrían ser los Goya, los Óscar o cualquier otro– y la sensación fue la misma: un enorme plató donde se da, con fasto y oropel, una tremenda importancia a los de siempre. La obra de arte queda en un segundo plano, o en un tercero. Aquí lo importante son ellos, no su creación. Es como si tuvieran un complejo de inferioridad enorme, una tremenda falta de autoestima…; y necesitan regalarse afectos continuamente.

Sigue siendo lo mismo que antaño: han creado el Olimpo de los Dioses, hacia donde el resto de los humanos miran con admiración y recelo. Una forma de morir de vanidad, que en principio surgió en USA, ha traspasado fronteras y se ha copiado en casi todo el mundo. Los norteamericanos siguen conquistándolo todo, hasta los deseos de los sencillos. Y así, todos estos “protagonistas y hacedores” de cine nos hablan de su enorme compromiso social, de sus denuncias contra los impresentables, de su afán por arreglar esta tierra…, mientras se elevan a sí mismos por sobre todo el resto de humanos, incluso en este tipo de eventos, en donde a unos cuantos se les trata como público –qué serían ellos sin público…– y se les manda a unas gradas tremendamente absurdas e incómodas para que hagan de atrezo cárnico con algo de ruido de aplausos…, y más tarde se les da unos canapés por el mal rato pasado, pero separándoles de sus “héroes”, que están en zona vip, no vaya a ser que se crean algo que no es. Y todos aceptan como borregos: ¡qué bien les conocen los dioses! ¡qué bien les utilizan!

Es indudable que este ejemplo ocurre en casi todos los ámbitos de la vida, aunque de formas diferentes. Lo sangrante es que también ocurra con el arte, con la belleza, con la esperanza. Todo se vanaliza desde el momento en que unos pocos se piensan que son mejores que el resto y se dedican hacer Montes Olimpo en donde vivir ajenos a la realidad del mundo. Lo justifican de miles de maneras, pero la peor quizá sea esa en la que, jugando con las esperanzas, los sueños y los sufrimentos de la gente, se piensa que ellos son los representantes mundiales de la libertad, la paz y la solidaridad…

Menos mal que no todo son premios, festivales y sandeces varias, menos mal que aún quedan artistas que viven entre nosotros, sobre todo del mundo del cine, y que siguen haciendo barrio como siempre se ha hecho. Son esas personas que se siguen emocionando cuando compran una entrada, unas palomas de maiz y se disponen a vivir la katarsis que todos esperamos al levantarse el telón y comenzar a ver la película.

Ningún arte traspasa nuestra consciencia de la misma forma que lo hace el cine, tocando directamente nuestras emociones, profundizando en los oscuros habitáculos de nuestras almas. Ingmar Bergman

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