Amalia

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Amalia

Se cohibía Amalia, la flor que trenzaba entre su dedos

como el anillo que nunca le dio,

se tornaba en veneno, mentiras y cal.

Sus ojos revolotearon malheridos y descendieron

rompiéndose en su interior,

no podían soñar más el sol ni el mar.

Ella, amante rota, olvido de un marinero,

dulce Ícaro que naufragó,

lloraba lágrimas dulces, por no volver a ver la sal.

Quebrantada por el dolor, la añoranza y el deseo,

ahogó sus penas en alcohol,

riendo de agonía, sentada en el bar.

Acariciaba el aroma de los vinos añejos,

la dulzura empalagosa del ron,

y dejó de respirar por su donjuán.

Volvió a su tierra, para olvidar el ayer y el hedor,

y el cuerpo pegajoso del licor,

para encaminar sus pasos fuera del puerto... allá.

El hogar la vio regresar desangrada en sentimientos,

le abrazó y le dio vida, amor,

y una pluma que se dejó olvidada al marchar;

y de ella resurgieron las notas, los versos, 

florecieron el cielo y el sol,

y la tinta sustituyó la sangre en su corazón.

Todo cobrará sentido cuando el gran dolor firme,

desdibuje su faz la luz y se pinte,

tal cual no quiere ser, su figura triste.

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Sobre el Autor
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T. Luengo

Estudiante de Primero de Bachillerato, amante de la buena música y de los rincones de luz.