Besos de menta y hierbaluisa

Menta
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Besos de menta y hierbaluisa

Este nuevo estío, he elegido para el alféizar de la ventana del cuarto de la literatura engalanar, para mis mañanas perfumar, para los sueños de mis días disparar, para con la nariz muy alto volar, dos ejemplares fascinantes de la naturaleza, dos bienolientes milagros: la menta y la hierbaluisa. 

La menta ha sido cortesía de mi amigo Raúl, caballero del vivero de mi pueblo. El año pasado, los brazos ágiles de su generoso corazón se extendieron para ofrecerme un regalo: un pequeño tarro de menta piperita, con toda la magia de su aroma a chocolate. Qué aspiraciones deliciosas. Qué recuerdos de aquel helado balsámico de After Eight que me compraba mi madre después de cada visita al dentista para que me apretara las “tuercas” –los brackets–. Este año, al pasar por el vivero, se encendió la memoria de la piel, rezumaron las delicias de chocolate. De aquel tarrito del año anterior, seguían brotando alegrías. Cuando un regalo es sincero, se vuelve eterno: nunca cesan sus efectos abrazantes. No me cupo duda: “me llevo esta menta”. 

La hierbaluisa –también conocida como verbena olorosa o hierba de la princesa– ha surgido fruto de un encuentro espléndido. Poco después del amor de la menta, me topé con Emilia, que, como yo, se dejó caer por el vivero: para oler, para dejarse colorear, para renovar las promesas de niñez, para regalar y regalarse… No recuerdo cómo, sus ojos y los míos andaban ya de la mano, las palabras amigas festejaban la unión, las sonrisas decoraban el cuadro de la fraternidad, el río de la esperanza corría caudaloso. Parece que todos los años, cautivada por su olor, Emilia viste su casa con hierbaluisa. Tras oler a la original elegante señorita e imaginarla cantando por las ventanas del corazón abierto de par en par de Emilia, decidí que la menta se iba a poner muy contenta con una nueva compañera, que la fiesta de mi ventana iba a ser doble. 

Trasplantadas a dos macetas más espaciosas con tierra nueva, lucen radiantes las dos bienvenidas, los dos tequieros. Cada mañana, me dispongo al festín. Después de darles de beber su trago diario de vida, recojo sus poderes: frotó con delicadeza y placer los haces de sus hojas con las yemas de los dedos…, me las pego a la nariz…, cierro los ojos… y sonrío, y, súbitamente, una emoción se me pone a correr por el pecho, algo así como un cielo diáfano poblándose de estrellas, como un patio llenándose de niños, como una nueva primavera vistiendo el desnudo invierno. La menta es una bocanada de frescor profundo de chocolate, como su verde intenso. La hierbaluisa es un fragante baño de limón, una refrescante locura anisada, como su clarito verde. Cada mañana –¡cada mañana!–, asisto a un espectáculo tan magnífico como íntimo, grandioso y gratuito, vivo un gozo de dos colores y aromas, recibo un beso sonoro de Dios. 

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.