Calor de hogar

Pasto en el valle de Chistau, junto a las bordas de Viadós

Calor de hogar

–Félix Cantarero Belinchón, “el rochanete”–

Desde aquel luminoso instante de aquel día dichoso en el que entré en aquella mágica habitación de la residencia –en la que ya se han hospedado cuatro brillantes estrellas– y hallé a Félix, a su esposa, María, y a sus sobrinos, supe que allí estaba mi hogar: ¡qué llaneza y campechanía, sonrisas cálidas, palabras acogedoras, qué gozoso encuentro!. Aquel día, este niño que escribe recibió un regalo gigante, descubrió un milagro de amor: conoció a Félix y a María, siempre juntos, hasta el final. 

No estaban ellos en el salón donde yo trabajo por la tarde, pero sí que estaban en el grupo de los ancianos que a mí me tocaba acostar: me tocó lo mejor, gozar de ellos en la hora del amor, cuando el día declina y los grandes corazones –como los suyos–, tras la lucha de la jornada, exprimidos, rezuman una sabrosa paz. Así, cada noche, en los primeros meses –luego de una fuerte bronquitis, también él necesitaría una silla–, Félix conducía la silla de ruedas en la que estaba sentada María hasta la habitación, para, por fin, descansar. Y allí llegaba yo, cada noche, con la dulce ilusión de que tras cruzar esa puerta estaba en casa, con la certeza de que íbamos juntos a gozar y de que la cercanía y el abanico de cariño recíproco nos iban a hacer más libres. Primero “deshollaba a la conejilla” –como recuerda María que cariñosamente hacía con ella su padre cuando era niña–, y la acostaba. Era el momento de los cuidados especiales de María, de los cuales, no por no fiarse, sino por vivir en ella, Félix, absolutamente discreto, no perdía detalle –el cojín para las corvas, la almohada para los pies y las taloneras para los tobillos–. Si alguna vez se me olvidaba algo, Félix salía al paso con voz amiga para recordármelo. Y qué bien concuerda esto con el testimonio de María acerca de los casi ochenta años entre noviazgo y matrimonio que ha vivido junto a su esposo: “siempre ha estado pendiente de mí, de si necesitaba algo”. Félix en María y María en Félix: dos en uno.

Luego, era el turno de Félix. Nacido en su querido Fuente de Pedro Naharro –pueblo también de su esposa– y tras toda una vida trabajando –primero de rochano, joven ayudante de pastor, con su padre y su abuelo; luego en la obra, decía con sencillez que había cargado ¡más de mil vigas!; también de albañil; y haciendo con sus manos adornos de Navidad, que luego vendía en la Plaza Mayor de Madrid–, estaba bastante trillado. Sobre todo adolecía de la espalda –a todas las cargas soportadas había que añadir el peso de su notable andorga y de sus más de noventa años–, de agudos picores y, al final, de los bronquios, que le llevaron a una larga estancia de semanas en el hospital. ¡Qué larga y pesada y dolorosa se le hizo esa separación física a María –y seguro también a él–!. ¡Cómo le echaba de menos, cómo padecía su ausencia, cómo le rogaba que volviera!. Sí, bien supe yo de la hermosa unidad del matrimonio tras acompañar a María cada una de esas noches: por su boca salía su corazón, empapado de Félix. Volviendo al momento del acostamiento, es preciso y gozoso contar el gusto de Félix por la palabra. Mientras, orgulloso, masajeaba con crema su molida espalda y sus pies endurecidos, siempre cruzábamos alguna apetitosa conversación. Chistes –normalmente verdosos, como buen pícaro–, dichos, refranes, adivinanzas, problemas matemáticos, tradiciones del pueblo, aventuras y desventuras, cantos, cantares y cuentos, romances y más, conformaban su riqueza literaria y vivencial. Contaba y cantaba con pasión, con adecuados ritmo, pausa, tensión, entonación…, con la serenidad del disfrutón y con la vivacidad en esos sus pequeños francos ojillos del que mira más allá, descubre la fruta de la belleza y la saborea toda. Especial mención quiero hacer, por su arte al declamarla y por su jocosidad, a la Confesión del gitano. Pero mayor que el gusto común por la palabra, es el gozo de habernos sabido bajo el mismo techo, de habernos regalado mutuamente, de habernos dicho “te quiero”, tan literal y sinceramente como se hablan los abuelos y los nietos.

El cuarto día del cuarto mes del 2018, miércoles, tras el último repecho llevando la cruz sin perder la alegría –no siempre reflejada en la sonrisa, pero sí latente– aun muy cansado, Félix, por fin, sanó: ¡albricias!. 

Gracias, querido rochanete, por la luz de tu mirada, por tu palabra sincera, por tu bondad transparente, por tu cuento y por tu canto apasionados, por tantos pedacitos de vida rica, por abrirme de par en par las puertas de tu familia y brindarme ese calorcito que serena y hace sonreír, que alimenta y robustece, que renueva y hace posar los ojos en lo más importante que hay en esta vida chica: la caricia. 

¡Hasta muy pronto!.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.