Cascadas de esperanza

Cascadas de Kursunlu, Turquía

Cascadas de esperanza

Isabel Palomino

Llegó hace pocas semanas a la residencia. Tenía cáncer, un cáncer sangrante, fiero, desbordante, que a veces le hacía gritar, gritar muy fuerte. Más que por el dolor, pienso que era por los nervios, cierta inquietud por la cercana muerte, porque cuando te acercabas a ella y le mirabas serena y tiernamente y le entregabas tu mano, se calmaba, poco a poco, abiertos, claros y fijísimos sus dos grandes preciosos ojos verdes en los tuyos. Se llama Isabel, Isabel Palomino. 

Eran sus ojos cascadas de esperanza. Cuando pasabas cerca suyo, te miraba fuertemente, dulcemente, intensamente. Ante la irrechazable fascinante oferta, te acercabas conquistado, la amabas con palabras, miradas y besos, y ella sonreía fuertemente, dulcemente, intensamente. Una sola fuerza maravillosa sus ojos y su sonrisa, el corazón bombeando luz a través de ellos.

Isabel te invitaba a la esperanza. A esperar, en toda su plenitud, precisamente aquello que transmitía: la dulzura, la sonrisa, la cercanía, el cariño.

Hace unos días, su cuerpo explotado como una plataforma petrolífera, Isabel dejó de sufrir: ¡ya no espera nada, ya lo es Todo, ya viste sus ojos y su sonrisa un flamante verde inefable!. 

Sus bellísimas perlas eran dos antorchas de la Verdad, tan francas, tan poderosas, tan incandescentes, que son imborrables: imborrable es la huella de esperanza que a algunos bienaventurados niños nos ha dejado prendida para lo largo del camino en el corazón. 

Gracias, Isabel, gracias por mirarme y sonreírme así, así como me mira y me sonríe Dios. 

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.