Conócete, acéptate, supérate

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  • Es realmente impresentable que constantemente se esté hablando de todo, que no haya ni un minuto para el silencio.
  • Cuando no se habla, se grita, y cuando falta eso se enchufa la tele para seguir viendo cómo se gritan los demás, o se hablan. Incluso puede ocurrir que ni hablemos, ni gritemos ni veamos la tele, entonces ponemos música.
  • Ese es el primer gran deber que nos ha impuesto la vida: querernos. Y nadie ama lo que no conoce.

Conócete, acéptate, supérate

Cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter.

Stanislaw Jerzy Lec

Como diría Manuel Azaña, si cada español hablara solamente de lo que entiende, habría un gran silencio que podríamos aprovechar para el estudio... pero ni de coña. En la actualidad occidental desarrolladita la ilusión enmascara la realidad y la opinión pasa por conocimiento. Todo el mundo opina y piensa que sabe algo. Es realmente impresentable que constantemente se esté hablando de todo, que no haya ni un minuto para el silencio: cuando no se habla, se grita, y cuando falta eso se enchufa la tele para seguir viendo cómo se gritan los demás, o se hablan. Incluso puede ocurrir que ni hablemos, ni gritemos ni veamos la tele, entonces ponemos música.

Tenemos un miedo atroz al silencio, o al sonido del mundo, que es lo mismo, pues silencio silencio sólo en la cría y cosecha de malvas. Y dentro de todo ese silencio lo que más tememos es nuestro sonido, el ritmo de nuestro propio mar, saber y reconocer quiénes somos. Lo cual es más increíble aún, si cabe, pues nuestro primer gran deber es conocernos. De esa forma llegaremos al segundo: aceptarnos. Para poder pasar después al tercero: superarnos. Ese es el primer gran deber que nos ha impuesto la vida: querernos. Y nadie ama lo que no conoce.

Normalmente, el dolor y el amor van parejos. Y al conocernos descubrimos nuestra grandeza junto con nuestra miseria. Pero la miseria es sinónimo de mierda o abono, por lo que no deberíamos asustarnos en demasía: nada mejor como un poco de basura para fecundar los campos. Cualquier labriego lo sabe. Si nuestra mierda la utilizamos así, en poco tiempo seremos más fecundos, nada como como quitarse de encima lo que sobra para brillar de veras.

El segundo gran deber es, una vez que sabemos querernos, aprender a querer al otro. Ese es el camino. El problema estalla cuando personajillos sesudos y subnormales nos comen el tarro con sus tanganas, engañándonos constantemente, intentando poseernos o abducirnos para violarnos repetida y reiteradamente: cuando la violencia física está mal vista se utiliza la psíquica. W. Faulkner decía que se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás. Y así es, son como el hombre del culo, dan mucho por el saco. Pero, sandeces aparte, es mucho más interesante la profunda y delicada sonrisa de la persona que, conociéndose, se respeta y te respeta; y no piensa que eres un desgraciado por que no tienes su mismo color de piel, o sus mismos estudios, o no vives en su misma zona...

Estamos hasta los redondeles de los adjetivitos que se escuchan constantemente –pijo, choni, paleto, macarra, friky, etc.–, si no sabes cómo se llama alguien háblale de usted, y si lo sabes también, que para eso tiene nombre y gloria.

Estamos hasta las circunferencias de todos esos listos que siempre tienen razón; como diría Descartes es lo mejor repartido que hay en el mundo, todos creen tener suficiente. Pero algunos creen que la tienen toda, y si no se la dan luchan por conseguirla de cualquier forma y manera, incluso torturando de infinitas formas al que tienen al lado, bien sea quien sea: el compañero de trabajo, la chica de la discoteca, su hija o su hijo o su madre o su padre o su mujer o su marido, el conductor del autobús, el camarero, la chica que limpia las escaleras..., incluso se han dado casos de tipos que intentan que hasta Dios les de la razón: véase, sin ir más lejos, la cantidad ingente de políticos, legisladores, jueces y autoridades que pululan en este mal llamado Estado de Derecho y que así lo hacen.

En fin, que estamos hasta los güevos de tantas idioteces. A ver si nos dejan trabajar en paz, dormir tranquilos, amar dignamente y respirar a nuestras anchas, que de lo contrario va a acabar armándose una tangana del carajo (de) la vela. Porque, al fin y al cabo, cuando las palabras no bastan, cuando el silencio es asesinado, cuando nada se respeta sólo restan los puños. Aunque ni esto lo entenderían, porque hay que ser muy noble para utilizar sólo los puños, y la nobleza hoy en día brilla por su ausencia.

De todas formas, ánimo y al toro, que siempre podremos darnos algún que otro abrazo sincero y dador de vida. Como diría William R. Inge, las personas más felices parecen ser aquellos que no tienen motivo especial para serlo, salvo que lo son.

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Sobre el Autor
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D. Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.