Concierto en Alpedrete

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Concierto de villancicos de Alpedrete

La música es capaz de conectar con la Alegría que vive dentro de la persona desde que es concebida

Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, en Alpedrete. Todas las luces están apagadas... salvo la del gracioso Portal al pie del altar y la del brazo izquierdo del crucero, donde se sitúan los instrumentistas. Se respira emoción…, las guitarras afinan…, el coro de la iglesia se dispone a adorar al Niño con su canto, ofreciendo el consabido y maravilloso concierto de villancicos por Navidad.

Allá comienza el espectáculo. Cantan los niños… acerca de un Niño que, desde abajo, desde dentro y desde cerca, se encarna en Nazaret, y en las cosas más pequeñas nos invita a creer.

Algunos de los villancicos fueron compuestos por Mercedes González, hermana javierana, para los indigentes. Otros, como el que abrió la noche, son de Ain Karem –un proyecto de las HH Carmelitas de la Caridad Vedruna, que anuncian la Buena Noticia a los más jóvenes, Aquello que habita en lo más profundo del hombre, a través de las posibilidades inmensas de expresión que tiene un lenguaje como la música, capaz de conectar con esa Alegría que vive dentro de la persona desde que es concebida, capaz de conectar con el Autor de todo lo creado–. También hay alguna letra de Gonzalo Mazarrasa, sacerdote y cantautor.

María Dolores, directora del coro, tiene magia en la voz y con ella prende a cada una de las velas de este coral candelabro antes de empezar. Sabe que Dios está con ella, como dice el título de la primera canción –Dios con nosotros–, que habla de la Esperanza, el Regalo entre los regalos, que el ser humano recibió cuando no había nada que hacer ni a dónde ir, cuando vivía sin ilusión ni dirección, sin remedio a su dolor: el Emmanuel.

Siete niñas, entre ellas una, la solista, con voz valiente, nos cuentan dónde se resuelve el misterio del hombre, en ese Pesebre de nuestra esperanza…, en la Fuerte Fragilidad, Soberana Pobreza…, en el Amor que no tiene fronteras, en la Luz que rompe las tinieblas, en la Fuente de nuestra alegría. ¡Y nos sabemos… tan frágiles: los más fuertes del mundo!. Tres minutos fascinantes, una letra preciosa que pone a llorar a lágrima viva y bella cualquier corazón de niño.

El tercer villancico se llama Misterio de Amor. En el silencio, en la pequeña cueva…, nace el Amor. La Navidad es un misterio… de Amor, como el nacimiento de cada hombre, y de todo lo creado. Nos entran deseos de bañarnos de nuevo en ese silencio pacífico y subyugante de la Noche más Buena de la Historia…

En el cuarto, se eleva el tono porque hay que encontrar un lugar para el Niño que va a nacer; y hace frío…, y nadie abre la puerta… María, llena de la Paz que late en su vientre, consuela a José: “verás como esta noche estaremos los tres”; en su corazón habita, desde que fue concebida, la Sagrada Familia.

Nuevamente, arranca María Dolores y besa, inmediatamente, el cielo con su voz. Y todos la secundan alzando la voz a una… ¡porque ha nacido el Pequeño que nos guiará, el Niño Rey, el Salvador, Cristo el Señor, poderoso Hijo de Dios!; ha nacido… en un establo. Los pastores se rodearon de gran resplandor porque la Salvación es para los humildes, ¡para todos ellos!; ¡para todos ellos!.

En el sexto, una niña declama una poesía…: ¡Poesía, Poesía es la Navidad!. Poesía necesita el mundo para entender en qué consiste esta vida, que no es un block cuadriculado, sino una golondrina en movimiento –que dice maravillosamente el poeta Sabina–. La Navidad, cuenta el villancico, ha de tener lugar en el corazón de cada hombre.

Séptima maravilla. Otra niña –Nerea– habla en poesía del Suave Amanecer que ansía el hombre ciego, que no ve. Otro deseo: ¡que tantos corazones en tinieblas acojan la Luz y dejen de andar ciegos, que tantos corazones haya como los de este coro y este público!.

Con el alma de Gloria Estefan, vamos más allá del rencor, allí donde brilla la luz del amor, dentro de cada corazón. La Navidad es ilusión, sueños puestos a volar, siembra de paz y de amor, los que este mundo pide. Encontrando lugar para la libertad nace la sonrisa, hay un mundo mejor cuando aprendes a amar, brota verdaderamente el amor en Navidad ¡y el mundo sana de golpe!, ese mundo que es mejor cuando aprendemos a amar. Palmas y todos enamorados.

Oh la la, la Navidad es Magia, sí, y en ella aparecen los Buenos Magos que traen regalos. Regalo, don, eso es el ser humano. ¡Regalémonos, donémonos sin escatimar y seremos profundamente ricos!.

La nana que le cantaba su madre a María Dolores, viene de Mallorca, como ella, y se llama No ni, no. Y con ella nos hacemos niños, niños acurrucados en el Portal, al calor de nuestra Familia. María se recrea: nada como una madre cantándole a su niña.

Otra vez protagonistas los siete ángeles más uno, que se llama Ana y tan pronto regala acordes de oboe como su voz dulce y soñadora. En el Portal…, el día que nació Jesús…, comenzó el contar los años –¡porque cada instante desde entonces cobra sentido!–, subimos muchos peldaños –ya en la Tierra…, ¡tocamos el Cielo con los dedos del corazón!–, se abrieron todas las puertas –¡saltaron los cerrojos de la esclavitud y el hombre vuelve a volar, por fin, libre!–, el aire sopló fresquito –¡ay, esa brisa buena que nos besa la cara!–, la vida llenó la Tierra –¡la muerte quedó chica, pues sólo un instantáneo paso es a la Mejor Vida!–; la gente estuvo de fiesta –¡porque nació la Alegría, porque murió la negra pena!–, despertamos de la siesta –¡finalizó el amargo letargo, cada momento es propicio para el contento!–, rieron todos los tristes –¡porque en lo más profundo de su corazón son amados por el Amor de los amores!–, volaron ángeles nuevos –el mundo, cuenta la Escritura, ¡se inundó de paz!–, curaron las cicatrices –¡no hay herida ya que no tenga bálsamo, incluso la muerte es ahora sólo una pupa!–; se acercaron los pastores –¡los corazones humildes recibieron la Magnífica Recompensa!–, olieron mejor las flores –¡la tierra se volvió fértil sementera!–, sonaron las panderetas –¡música brota cuando el corazón de amor bota!–, mejoraron los humores –¡Vida es Sonrisa!–, bailaron en las escuelas –¡cuánto gozo procura un Buen Maestro!.

Más poesía en labios de niña, con gracia, con música: ¡de aquí saldrán las mujeres felices del futuro, las amigas de la poesía, de lo bonito!.

María Dolores, María Dolores…, esta iglesia de Alpedrete… ¡se llena contigo de flores!.

Todas las voces, todas las almas del coro están dentro, dentro de la Belleza, gozando: ¡y así están en el público todos nuestros oídos, gozantes!.

La Navidad enciende una fuente de luces que impregna de calidez y de alegría los pueblos y ciudades, pero la más importante luz es la del corazón: una llamita fuerte prendida en el Fuego del Mundo, sí, el que nació en Belén hace 2016 años. Con ella, cada uno podemos ser pequeños farolillos que nos alumbremos mutuamente a lo largo del caminito.

Con ritmo y sabor africanos… De la tribu de los cielos ha venido el Salvador del mundo entero, el Hombre que nos comprende: ¡cuánta paz, entre tanta incomprensión, saber que Uno nos comprende, siempre, en cada ocasión por confusa que sea, en cada ambiente por ensordecedor que se torne!.

A la nanita nana: así como de poetas, ¡una fuentecilla de niños que corra clara y sonora necesita el mundo: sencillos, alegres, ilusionados, fuertes de sonrisa!.

Nacer de nuevo es la clave. Las caídas son el apellido que le hemos puesto, tan soberbios, a nuestra naturaleza. Secando lágrimas, haciendo brotar ilusiones, naciendo amistades, florece amor: así hemos de nacer.

Es el momento para un himno, un himno por la paz en el mundo compuesto por el músico español Fernando Arbex, pocos años antes de morir, a petición del líder palestino Yasir Arafat, con deseos de mirar lo que une a las tres religiones monoteístas –cristianos, musulmanes y judíos–: el amor y la vida. Se titula Himno a la Vida y consiste en una nana sinfónica: una madre cantando a su hijo nada más nacer, dándole la bienvenida a la vida.

Una niña de 84 años relucientes, poetisa alpedreteña aclamada por sus conocidos, Matilde, abre el cielo de este emocionante abanico de susurros y cánticos triunfantes. El Niño Dios, Luz de Luz, roa y roa y se duerme en los brazos de Su madre; ha nacido de su ser, es su Amor, su Jazmín querido.

El siguiente villancico se canta en la tercera semana de Adviento, la de Gaudette –la de la Alegría–. Se abrieron los ojos del Niño… ¡y se nos cayó la baba contemplando los Asombrosos Soles!. Todo es Gracia en esos Ojos que roban y arroban el corazón: ojos de Dios en un niño, ojos de niño en un Dios. ¡También este coro tan cálido nos ha robado el corazón!.

Frío y nieve, el camino de Belén viste de blanco. Es camino santo porque por él pasaron María, con la Vida en su vientre, y José. Un silencio por doquier, sólo se escuchan las humildes pisadas de los cansados pies de la mujer y el hombre que acogieron la Salvación en su hogar. Un silencio por doquier, están llegando…: no hay posada para el Niño Santo, sólo frío y nieve y un pesebre hay, para el que vino de lo Alto. San José, qué persona es san José: siempre obediente, siempre pendiente, siempre oyente, siempre expectante, maestro de la custodia, modelo silencioso y brillante.

Y de repente…, terminó el concierto y pusimos de nuevo los pies en el suelo, sin embargo, no se apagaron los amores de esta noche: siguieron sonando y sonarán por días en nuestro interior, es Navidad en nuestra más honda intimidad.

¡Cuánto calorcito trae al corazón colarse entre villancicos, dejarse regalar los oídos y dejarse llevar de la mano de las letras y las voces como si fueran manos de niños!. ¡Cuánta fuerza buena nos recorre adentro y por entero y nos impele cual flechas lanzadas hacia el infinito! –cfr. C.S. Lewis.

 
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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.