Convivencias

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Destacados: 
  • El ser humano, un ser personal algo extraño e integrado en un cuerpo, está hecho, sin embargo, para ir más allá de este cuerpo.
  • Y algo aún más excepcional sucede cuando en medio de esa realidad quien aparece es otro ser humano: el otro.
  • El amor es la capacidad que tiene el hombre de proyectarse en el otro y realizarse en él. El hombre se realiza amando.

Convivencias

La amistad no es necesaria, como la filosofía, como el arte... No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que dan valor a la supervivencia

C.S Lewis

 

En medio de este universo un tanto inhóspito, en el que contraindicadamente habita una criatura llamada hombre, que se relaciona en un ambiente llamado hogar, con unas personas llamadas familia, en un tumulto de achuchones llamado sociedad, desde aquella primera luz del nacimiento aparece una segunda luz, que supone un vuelco en el alma, un anhelo como perdido, un reencuentro que era tan lejano que ya ni esperado ni siquiera añorado… aparece lo que siempre fue una alegría, aparece una madre, un amigo, aparece el otro.

El ser humano, un ser personal algo extraño e integrado en un cuerpo, está hecho, sin embargo, para ir más allá de este cuerpo. El ser humano tiene una capacidad trascendental: se proyecta, tanto en el mundo como en el tiempo. Posee una capacidad de relacionarse con las cosas muy distinta a la de los animales: los animales interaccionan, reciben estímulos, los procesan y responden ―estímulo-respuesta, acción-reacción―: están programados; sin embargo el hombre comprende la realidad, reflexiona sobre ella, la duda, la contempla, la admira, se agrada con ella, la celebra, se reconoce en ella, la vive y convive con ella y hace el bien con ella. La relación en el hombre es algo más profundo, más libre y espiritual, de hecho está íntimamente relacionada con la libertad: la libertad nunca se transforma en experiencia si no te relacionas. Las relaciones humanas pueden ser de tres tipos: intelectuales (descubriendo la verdad), amorosas (para el bien) y agradables (apreciando la belleza).

A su vez, el hombre puede hacer todo esto consigo mismo y es cuando se da el misterio de la soledad humana (http://www.losritmos.es/contenido/soledades) en el que puede ensimismarse, reflexionarse, conocerse, aceptarse, amarse y superarse. 

Y algo aún más excepcional sucede cuando en medio de esa realidad quien aparece es otro ser humano: el otro. Otra persona que también posee esa capacidad de reflexión: de conocerse y de conocerte; y es aquí cuando puede darse el fenómeno más grande que acontece en la vida de un ser humano: el amor.

El amor es esa capacidad del ser humano de, tras conocer al otro, aceptarlo, alegrarse por su existencia y buscar su bien. Amar a alguien significa aprobarle, dar por bueno, llamar bueno a ese alguien; decirle: es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo. Aprobar y afirmar lo que ya es realidad, eso es amar. Alegrarse por mi vida y por la suya (D. Luengo). El amor consiste en que dos soledades se defiendan mutuamente, se delimiten y se rindan homenaje (R.M Rilke). El amor es la capacidad que tiene el hombre de proyectarse en el otro y realizarse en él. El hombre se realiza amando.

Existen muchas formas de vivir el amor: está el amor al prójimo, es decir, a la gente que tenemos cerca; el amor al enemigo tan duro y sobrenatural, del que habla el cristianismo; el amor paternal, de padres a hijos, que es bastante especial; el filial, de hijos a padres; el amor fraternal, entre hermanos, muy particular: en el cual nos unen unas mismas raíces, unas mismas circunstancias y convivencia y que implica tanto un compañerismo y un apoyo fuerte como a la vez, otras muchas veces, una rivalidad; y por último, está la amistad, que es otra forma de amor muy distintiva. Entre padres, hijos, hermanos e incluso amigos se da la familia, y en ella el amor más puro: la familia es el único lugar en donde te quieren por lo que eres, no por lo que tienes (D. Luengo). De estas, la amistad será la mejor para comprender el fenómeno del amor porque Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (Jesús de Nazaret), en especial, la amistad entre varón y mujer que es la más profunda y la que más nos complementa.

En medio de la soledad que tantas veces de forma nimia se atisba y que nos penetra tanto que apenas nos da tiempo a percatarnos, aparece un amigo con una sonrisa, con un nuevo abrazo, poseyendo el absoluto misterio la vida en su brillante rostro, para dárnoslo. Tan grande es la dicha que no somos capaces de ver que también nosotros poseemos su alma entre los dedos para entregársela. Ni él ni nosotros nos enteramos de nada de lo que está pasando hasta asentado un buen rato que avistamos que también él estaba ausente y perdido hasta vernos. Un alma que habita en dos cuerpos: eso son dos amigos, qué bien lo define Platón. Una vez me dijo un buen amigo ¡Te echaba de menos y no sabía!, sorprendido y conmovido tras unos meses separados, y creo que es uno de los mayores piropos que me han dicho.

La amistad duele: el corazón se divide en dos, (aunque suene cursi) se parte y se le entrega a la otra persona para que también ella cuide de él. La frase favorita de un amigo, el que me enseñó el verdadero valor de la amistad, es: Si no quieres sufrir no ames, pero si no quieres amar ¿para qué vivir? (de santo Tomas de Aquino). Un abrazo, Jesús. Aparece aquí esta virtud de la mortificación.

La amistad, por otro lado, es inútil: efectivamente no es una de esas cosas necesarias, como la filosofía, como el arte... No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que dan valor a la supervivencia (Lewis). No es un medio para… sino un fin en sí mismo. La amistad es tan inútil como lo es la persona: la mejor y única razón válida para amar a una persona es porque sí, todo lo demás es un utilitarismo ―es decir, tratar a la persona como un objeto utilizable, no como algo digno por sí mismo―. Aparece aquí la virtud del amor.

La amistad es absurda y arriesgada: es estimar al otro más que a uno mismo. La amistad verdadera requiere amar con locura, hasta el punto de crucificar algunas veces la razón. En especial la amistad entre varón y mujer; ya decía Chesterton: Las relaciones entre los sexos son místicas, son y deberían ser irracionales. Todo caballero debería quitarse su cabeza ante una señora. De esta forma, la amistad ha de ser probada ―sin una dosis de valor perecen todos los valores (Julián Marías)―. Aparece aquí la virtud de la fe.

La amistad requiere esfuerzo y trabajo: dicen que buenos amigos solo hay uno o dos, pero la realidad es que esto es así porque estamos tan enquistados en nuestra comodidad que no nos tomamos la molestia de ser tan fieles e involucrados con más de dos o tres que además son los que nos ríen siempre la gracia. Aparece aquí la virtud de la diligencia.

La amistad requiere tiempo ya que ha de ser cultivada: no es un antes y un después sino fruto tras muchos telediarios de conocimiento ―no se ama lo que no se conoce―; es importante conocer las claves de esa persona que le hacen ser como es, su identidad; y un largo tiempo de adaptación hacia el otro, una adaptación tanto afectiva como existencial hasta el punto de que el otro llegue a ser parte de tu proyecto: una de esas cosas que dan valor a la supervivencia. Aparece aquí la virtud de la paciencia.

La amistad es para siempre: la esperanza nunca se pierde en un amigo, la fe en el otro ha de ser más que probada y el amor es incondicionado. Incondicionado significa siempre y siempre significa amar a la persona plenamente, tanto lo que conoces como lo que aún no conoces porque aún no se ha dado. Este amor abre luz sobre la plenitud humana y sobre algo eterno que habita en la persona. Se vuelve innegable la necesidad de eternidad que tiene el hombre cuando se le presenta delante la posibilidad de aceptar un amor para siempre: no hay mayor descanso imaginable, no hay mayor gratificación ni mayor gozo, no hay mayor tentación, no hay mayor esperanza ni mayor ilusión y no hay mayor bien que se pueda vislumbrar. Todo esto promete la verdadera amistad. Aparece aquí la virtud de la esperanza.

Sobre la virtud del amor y otras formas de amor: el amor siempre penetra y siempre deja huella, como decía Josef Pieper: el amor es una cualidad de la persona que determina la raíz misma de la relación existencial del hombre y lo transforma. Pero hay que aprender a amar: se puede amar mucho y bien como los buenos, o poco pero bien como los mediocres, o poco y mal como los estúpidos o los capullos, o mucho y mal como algunos enfermos y otros, más bien llamados hijos de puta… (Con perdón).

Hay un amor que hiere: que penetra igual que el otro, pero para dañar. Este amor deja una serie de ausencias en el alma y una terrible necesidad. Es un amor que esclaviza, que propaga como la peste los chupópteros y los mendigos de caricias ―o sobadas― y la extensión del sufrimiento y el desconsuelo. Este amor, placentero temporalmente, solo incrementa la necesidad que ya todos tenemos de amor. Este amor es el amigo al que le entregas esa parte de tu corazón y se la lleva para cagarse en ella. De primeras, la mayoría hemos sido heridos de esta forma ya que en el mundo abunda el mal y la relación, hoy día, la tenemos bastante enferma: nos hemos olvidado hasta de cómo se mira a los ojos, de cómo se conversa, de cómo intimar, cómo amar, cómo relacionarnos, cómo comprender, cómo unirnos al otro, de cómo acariciar, de cómo estar para el otro y esperar, de cómo abrazar... 

De los capullos y los mediocres no merece la pena hablar.

Pero hay otro tipo de amor que no hiere, que cura. Es más, cura a quien lo da y a quien lo recibe. Este amor es el del buen amante, el del amigo que lucha a nuestro lado, el del padre, el del hijo. Este amor penetra en el alma, regala la vida y abraza; deja libre y hace libre; no crea dependencia sino todo lo contrario: invita a salir hacia todo lo demás; no nos aísla en una sola persona sino que nos enseña y nos incita a la convivencia con los demás; consuela y no pesa; respeta y se gana el respeto; nos enseña mutuamente a amarnos por lo que somos, no por lo que tenemos; nos enseña a valorarnos no por lo que el otro nos diga sino porque él nos ha iluminado el bien que somos para que nosotros mismos podemos verlo. Este amor enseña a amar porque ilusiona hacia más amor, para que amando seamos aún más felices de lo que nunca fuimos mendigando el constante querer.

Es como si en medio de esta amistad, así como en medio de la familia y de toda buena relación, hubiera algo más… una presencia de la cual manara toda esta sobreabundante gracia. Un fenómeno sobrenatural aparece en el encuentro entre dos hombres que se quieren… a mí siempre me ha parecido que es cosa de Dios. Hay personas que regalan felicidad sin perderla, esas personas son los amigos. Hay personas que saben que es fuerte el amor como la muerte (Cnt. Ct) y lo demuestran día a día.

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Sobre el Autor
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JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudio psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.