Cotidianas caricias II

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Cotidianas caricias

II

En el ocaso de abril del 2019

Me encanta conversarte.

¡Un Amor más grande que el de todas las madres juntas!.

30 de abril del 2019

La primera rosa enana del rosal blanco del jardín rompió a cantar en esta mañana soleada, la última de este abril.

Las compañeras de orquesta del gemelo rojo –capullos en ilusión– esperan atentas a la batuta de mayo para unirse al gran coro. 

1 de mayo del 2019

Peldaños de jaramagos, encinas, montañas y nubes, blancas nubes: una escalera hacia el celeste. 

El celeste es un color espléndido, ilusionante. Abre la vista y amplía horizontes, a la vez que infunde alegría y coraje a quien lo contempla. Es un color sincero, inequívoco, indicativo de la Gran Fiesta. Las puertas del Valle Feliz deben estar pintadas de celeste. 

En el primero de mayo, las últimas nieves contemplan, desde su privilegiado asiento, una lluvia amarilla bajo una población de paraguas, una multitud de juguetones infantes haciendo cosquillas en los pies a sus bonachonas abuelas –jaramagos, ellos; encinas, ellas. 

Un conjunto de rosales cuajados de vivaces corazones rosas descuellan por encima de la valla, lanzados descarada, y a la vez, amablemente hacia el cartel de la callecita, engalanándolo, realzándolo, abrazándolo. Pareciera que para esas rosas el cartel hubiese sustituido a la luz como su fuente de energía. 

Leyendo el nombre de la calle –Gustavo Adolfo Bécquer– se comprende todo: las flores rinden homenaje a la Poesía.

Mueren los poetas, pero nunca, nunca muere la Poesía; eterna es. 

5 de mayo del 2019

¡Por fin hallé el beso de mi anhelado cantueso!.

La torcaz tomó su vespertino baño de aire.

Aquella rosa estaba a punto de entregar toda su primavera.

6 de mayo del 2019

“¡No detengas tus pasos, caminador, pídele más caminos al corazón!”.

En las mañanas de mayo, por las carreteras de España, cometo una gran prudencia al volante: disparo los límites de alcoholemia, conduzco completamente ebrio de licor de amapolas.

En el mediodía, junto al paso de cebra, me alumbró una pequeña hoguera: encontré una nueva rosa de fuego.

Me arrimo a la hilera de arizónicas para aspirar su aroma, como el esposo se acerca a su esposa para inundarse de vida.

8 de mayo del 2019

Los habitantes de aquel centro de flores a los pies de Nuestra Señora de la Asunción se han secado preciosamente: el crisantemo sigue siendo el gran sol y las demás compañeras se han convertido en multitud de estrellas a juego con la corona de la Reina. 

En mi ordinario paseo, hoy he tenido que saltar un río: una briosa legión de obreras en caravana en pleno almacenaje, cumpliendo su misión en la Creación; cada una lleva su carga, en perfecto equipo.

La caprichosa rosácea rosa no ha alcanzado su esplendor hasta precisamente hoy, pues su labor es reemplazar al sol en su “misión esperanza” en esta tarde fría, airosa y nublada de mayo.

Al llegar a casa tras la jornada de trabajo, tenía planes, pero las rosas del jardín me guiñaron sus pétalos y ya no supe hacer nada mejor que jugar con ellas.

La enana roja me acabó ganando al escondite. La rosácea me dribló al menos 20 veces en el pilla-pilla, pero acabé conquistándola, tras media paciente hora bailando con el aire y la luz.

Como sucede con cualquier acto de amor, me llevó su esfuerzo: frío, una postura incómoda, ojos cansados… Sin embargo, como siempre, la recompensa ha sido gigante: una bonita foto, un olor cautivador y, sobre todo, un volcán de gozo en el centro del alma.

10 de mayo del 2019

Dos torcaces aterrizan juntas sobre la valla de metal, donde van a permanecer durante una hora. Son como Marta y María. Marta se afana en acicalarse, picoteándose el pecho continuamente. María goza de lo mejor: con la cabeza alzada, gusta el viento cálido del Sur en su piel. 

Iba paseando y obvié completamente la existencia de aquellas dos enjutas acacias. Sin embargo, me invadió el corazón, a través de la nariz, revolucionándomelo, el olor de su blanca flor.

Fue la primera vez que la acacia me habló, o mejor dicho, que la escuché, en esta nueva primavera.

Más adelante, me visitan nuevas fragancias. No consigo ver sus orígenes tras las tapias de las casas, pero me es suficiente la caricia de su aroma para alcanzar la belleza de su ser. 

11 de mayo del 2019

Es la primera vez que encuentro a una nube dormida. Se trata de una larga y cándida serpiente que, tras los esfuerzos de ayer por romper en una fresca lluvia de primavera y no conseguirlo, amanecido el nuevo día, yace dormida. Recostada sobre un largo pedazo de sierra, luce un blanco pálido, grisáceo; no tiene ninguna pinta de que vaya a despertar.

14 de mayo del 2019

Desde hace algún tiempo, vengo utilizando una alegoría para representar la ofrenda de cada día. Cuando por la mañana reparo en los centros de flores que atavían el altar mayor, anhelo que al finalizar el día consiga yo haber llenado una cesta de caricias así de vivaz.

Con motivo de la fiesta de la Virgen de Fátima, el 13 de mayo amaneció el presbiterio ornado con nuevas flores. Se notaba el esfuerzo dedicado y el cariño derramado en esos centros. Las flores escogidas eran realmente hermosas –rosas, claveles, azucenas, margaritas, orquídeas–. La combinación con las hojas de cuna de Moisés y con los sutiles velos de novia era acertada. Su distribución era alegre y luminosa. Sin embargo, algo disonaba en el conjunto del decorado: todas las flores principales y e incluso las macetas eran de color rosa, resultando un exceso, un chillido que impedía el canto armónico. 

Así también resulta, al final de algunos días, mi cesta: chillona, recargada de soberbia.

15 de mayo del 2019 

En la templanza de aquel rosal estaba su belleza. Tras el cartel de calle cortada, respetando cabalmente su correcta visualización, el rosal se había apretado redondeándose, formando un globo espléndido de arcos colgantes y luces rosas. Toda la familia era un tarro repleto de viveza y lozanía.

21 de mayo del 2019

Haga lo que haga, si en ello no acaricio, estoy muriendo. Cuando me excuso de mil quinientas absurdas formas distintas esquivando el encuentro, estoy muriendo.

Ha llegado, en esta primavera, el turno del cantueso. En sus múltiples matillas, se derrama, morado arroyo vivo, sobre los campos.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.