De diamantes, barro y cerdos

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De diamantes, barro y cerdos

no todo está escrito aún...,

y algunos vestidos negros

hay que pintarlos de azul.

 

De las dudas de otros tiempos

renace hoy el temor:

a veces gritar es bueno

y arriesgar el corazón.

D.L.C.

Hoy he estado escuchando esta canción, que muy pocos conocen, pues aún no ha salido a la luz popular. Sin embargo, los que tenemos amigos cantautores, podemos disfrutar de sus canciones antes de que estén disponibles para el gran público. Lo cierto es que me identifico con lo que cuenta el autor..., y más en los tiempos que corren y en cómo están las relaciones entre personas hoy en día.

Cierto es, mucho queda por escribir de los diamantes, de esas preciosas personas que hacen de la vida algo mágico, algo profundamente bonito. Y nada digo de los cerdos: de esos quizá no haya tanto que contar, pero aún darán el peñazo un buen rato. Quizá, de lo que menos se lee es justo de lo de en medio, del barro: la materia de la que todos estamos hechos.

La fuente de la que todos surgimos ha querido que sea el barro aquello en lo que todos nos reconozcamos: aquello que llena nuestros pies y, que tantas veces, oscurece nuestro futuro; aquello por lo que sentimos, por lo que disfrutamos de escalofríos terriblemente viscerales, por lo que lloramos y por lo que reímos: la profunda paradoja es un espíritu encarnado... Y, desde luego, aún nos queda mucho por hablar de cómo un ser, hecho de barro, puede llegar a amar como Dios.

Por eso comprendo que, de vez en cuando, algunos vestidos negros haya que pintarlos de azul. Qué sería de un Mundo en el que no hubiera milagros... Cierto es que algunos seres con barro, de esos que llamamos humanos, destrozan todo lo que a su paso encuentran; pero también es cierto que algún día fueron niños que, mirando el azul del cielo, dibujaron ilusiones en las nubes. Quizá alguna caricia les devuelva el azul de esa fe que perdieron en el camino, y retornen a su niñez, olvidando la oscuridad para habitar en la luz.

La segunda parte del estribillo quizá sea más rápida, más fácil, pués no cabe duda de que las dudas sueles arrastrar tantos miedos como arañas en el corazón -la profunda agustia de una vida sin sentido-, y ante eso nos llegamos a encoger, ateridos de temor por la inseguridad a perecer entre estertores. ¡Qué útil resulta entonces gritar! Sacar la peste de dentro y lanzarla al purificador viento del norte, aquel que trae los hielos, para congelarla y partirla en mil pedazos. Así, ya tranquilos, con una luz en el alma, podemos volvernos a todos los que nos rodean y arriesgar el corazón amándoles sin esperar recibir nada a cabio, pues el amor que más necesitamos es aquel que jamás nos mereceremos: tan sólo podemos abrazarlo en una acción de gracias eterna.

En fin, gracias Dewi, también una simple balada le regala alas al corazón.


Sobre el Autor
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W. Lawson

William L. Croceti nace en Ávila en el otoño de 1986. De padre escocés y madre siciliana, decide quedarse a vivir en España después de terminar sus estudios en Literatura Universal en Roma. Aunque siempre ha trabajado en el mundo del audiovisual, su pasión por la lectura le ha llevado a volcarse en la escritura y la crítica desde hace unos pocos años.