De esperanzas, sonrisas y demás despertares

Foto de Teresa Luengo

De esperanzas, sonrisas y demás despertares

Amar significa amar al ser amado. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. La fe es creer lo increíble. Esperanza quiere decir esperanza cuando todo parece perdido.

G. K. Chesterton

Como empezaba Rilke: muy señor mío,

Le he observado, le he querido escuchar en todo lo posible y deseo decirle que yo también me he sentido solo, ante la inmensidad de una vida por delante, perdido, pequeño, con la sola fuerza de la esperanza, sin saber si quiera que todo va a salir bien. Porque no lo sabía, y, de hecho, aún no lo sé. Miro al futuro, y a veces me parece desolador. Creo que todos nos sentimos así de vez en cuando. Pero otras veces miro hacia el mismo futuro con real ilusión y con una fuerte intuición de que todo está en orden, de que podemos salir adelante.

¿Nunca ha tenido esa certeza?

En demasiadas ocasiones el futuro parece imposible, como si todo estuviera perdido; pero así son las historias que realmente importan, las que llenan el corazón. En esas historias los protagonistas pueden rendirse, pero siguen adelante porque tienen un propósito que anhelan ver cumplido: saben por qué luchan, su combate tiene un sentido (cfr. de Tolkien, El señor de los anillos).

¿Cómo darle esperanzas? La esperanza no se la puedo dar yo, la verdadera nace en su corazón. Lo único que puedo es darle algo humano, como razones. Puede luchar por usted, por ser feliz; o luchar por su familia, que le quiere; también luchar por ser mejor para sus amigos que tiene y para los que tendrá más tarde; luchar por las personas que le rodean; o luchar por la humanidad, es decir, para que el bien reine en este mundo.

Porque la realidad es que toda persona tiene algo que aportar. Todos existimos por algo. Y es su misión descubrir qué es ese algo. No hay nada mejor que saber para lo que uno ha nacido, salvo quizá conocer la respuesta de por qué ha nacido (D. Luengo).

Mi querido J.P., tienes algo que aportar al mundo, y no creas que es poco o que no es grande.

Si hablamos de trabajo, desde luego, hay para rato; pero lo importante es que encuentres, de todos, cual es el tuyo. Y no hablo tanto de trabajo como profesión que otorga un sueldo. Hablo de tu lugar en el mundo.

Aún así, más allá de esto, cada gesto que se haga con amor ya será realmente grande. Como se dice: el problema no es tanto que los malos hagan cosas malas, es que los buenos no hacen nada. Porque con poco que se haga, si realmente es bueno, se mantiene el mal a raya: el mal acostumbra a caer por su propio peso y, por otro lado, el bien siempre vence al mal, así como una leve luz basta para iluminar cualquier tiniebla, o como un simple abrazo, que alcanza a calmar toda angustia. Si se amara otro poco mas, cuánto bien se haría al mundo.

Vivimos en un universo extraño: puede ayudar mucho más un niño con una sonrisa que un adulto con todos los millones del mundo. Y no porque los adultos seamos imbéciles ―que a veces lo pienso― o porque el dinero no sea poderoso ―que también lo considero una y otra vez―, sino porque no somos conscientes del acto de fe tan grande que encierra una sonrisa dada con amor; mientras que el dinero siempre ha estado con nosotros y poca seguridad nos ha aportado. Al contrario con él, más que saciarnos, siempre queremos más y acabamos esclavizados necesitándolo.

Digamos que el dinero produciría cambios si le da poder a las personas buenas; pero las personas buenas lo son porque aprendieron a sonreír. La sonrisa cura el miedo: ese es su secreto. Hace tiempo aprendí que todo cambio, toda revolución, no empieza en la política, en el dinero o en los grandes cerebros; donde realmente comienza es en el corazón enamorado de los hombres. 

Reiterándolo, todo ser humano es importante, pues para aportar algo grande solo nos basta con tomar posesión de nuestra libertad, ponernos en marcha, y empezar a enamorarnos y a vivir, y eso siempre podemos hacerlo. Ahí reside nuestra grandeza: somos excepcionales por el hecho de ser personas.

Más aún, por el mero hecho de existir poseemos un valor inigualable y somos dignos de ser amados sin necesidad de ser útiles, poseer grandes conocimientos o grandes capacidades. Somos los únicos seres personales y eso nos otorga una dignidad superior: infinita, como nuestro corazón.

Y, más allá de las de razones intelectuales, son las razones vitales las que transforman el mundo: ¿tiene un niño algo por lo que luchar? Desde luego que sí, es un niño: hay pocos corazones más grandes y compasivos que el suyo.

Los únicos obstáculos para nuestra ilusión son realmente el dolor y el miedo. Aunque, cuando no vencemos el miedo, este suele llevarnos al odio, a la falta de amor (cfr. D. Luengo). Y es que hay veces que no queremos mirar cómo acaba esta historia, porque todo nos parece que será malo o decepcionante, acabando paralizados por ese miedo. El dolor sin embargo no tiene esta capacidad, pues el único sufrimiento profundo que existe es el que no se acepta: todo dolor puede vencerse con cierta paciencia y con esperanza. Resulta como morir sabiendo que podemos resucitar: siempre habrá esperanza pues todo pasa y de nuevo amanece, que no es poco. Asumida esta bella realidad, el dolor se enjuaga de toda angustia y se descubre una paz que todo lo alcanza, los ojos se levantan y la mirada se alza serena, nuestra vida se hace verdadera y las cosas toman sustancia: la hierba brota de con un verde intenso, el sol brilla más fuerte… es entonces que la felicidad vuelve a nuestra casa.

Cierto es que muchas veces necesitamos ayuda, pero he descubierto ―tanto en mí como en personas que han soportados mayores que yo― que, en el fondo, uno es feliz porque decide serlo. ¿Cómo? Viviendo de lo sencillo, que abunda, y de lo bueno: amando y siendo amado, disfrutando de cada momento bello, luchando por lo justo y lo verdadero, sufriendo por aquellos a los que queremos, trabajando por enamorarnos de los que nos aman o hasta de los que no nos quieren tanto, y agradeciendo tras cada combate la vida y la riqueza que se nos ha dado.

A mi colega J.P.

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Sobre el Autor
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JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudio psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.