De mayores y niños y… trabajadores: de familia actual

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De mayores y niños y… trabajadores: de familia actual

El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia 

G.K. Chesterton

Está la ventana abierta por la que pían los pajaritos… es como el viento que empapa las caras de los abuelos. Ellos, serenos, no andan. Los viejos tienen cada vez más dificultad para andar… ya solo saben pasear. Ellos si respiran las olas del mar; ellos si ven ―a pesar de la alta graduación de sus lentes― la realidad pasar; ellos dejaron de hablar para empezar a escuchar; y dejaron de recordar sus vidas con sus sufrimientos para llevar los de los demás.

Y pienso… Debo ser más abuelo. Debo amar más. Las personas son más puras al principio y al final de sus vidas. Algunos pasan por en medio también siéndolo, pero suelen tener grandes debilidades o ser grandes marginados. El cielo está enladrillado ¿quién lo desenladrillará? Los niños, los viejos, los discapacitados, los artistas, los que sufren, las madres, un brote verde tras un incendio, algunos filósofos, otros poetas, muchos idiotas, los amantes que se enfadan y discuten sin separarse. En definitiva, la gente que suele vivir en la derrota y por ello levantan constantemente la mirada contra ese muro de cemento que nunca aguantó la fuerza de un solo te quiero.

No sé, muchos se creen que los viejos, los discapacitados y los niños no sirven para nada; que los más importantes para sostener la sociedad son los adultos. Yo pienso justamente lo contrario. Y sinceramente, el mundo sería un lugar mejor si los profesores aprendieran de sus alumnos y los adultos ―los niños ya lo hacen― veneraran a sus ancianos; no que los llevan a residencias y los visitan una o dos veces al mes, con suerte.

Ahora hay algunos que hacen eso de juntar guarderías con asilos para dar vida a los abuelos a la vez que los niños se enriquecen y juegan. Me pregunto cuándo haremos esto mismo nosotros pero en nuestra casa: cuándo sacaremos a los niños de las guarderías y a los viejos de sus asilos para que toda la familia crezca junta en el hogar. Los niños deberían crecer y madurar donde nacieron, al lado de sus padres; y los abuelos morir donde dieron la vida: entre sus hijos. Siempre ha sido drásticamente así.

A uno le dije una vez, en defensa de la familia: vale, no te enamores, no te cases, sigue haciendo el gilipollas entre fiestas y haz tu vida moderna de single; cuando lleguen los achaques y descubras que vas a morir solo, no me busques para que te cuide porque estaré tan viejo como tú. Los amigos no podrán salvarnos siempre, hace falta la familia. Pero en realidad hoy nos encontramos que, aunque tengas familia, igual puede que mueras solo y los hijos te manden a la guardería como tú hiciste con ellos de pequeños porque tenías que trabajar. Siempre ha sido de los padres de quien más han querido aprender los hijos. Y quizás ahora puedan aprender menos de ellos, y quizás, precisamente por eso, lo poco que aprendan se les grabe con más fuerza: como, por ejemplo, eso de que es más importante el trabajo que estar con los tuyos. Quizás, incluso, algunos de la misma guardería del pueblo coincidan más tarde en el mismo asilo con otra profe que les habla como a niños, les cambie el pañal y les haga jugar y hacer manualidades, para estimulación cognitiva.

No existe mejor estimulación cognitiva para un abuelo que una casa llena de gente. Incluso una casa llena de gente con problemas. A ellos les encanta amar, escuchar y estar en las dificultades de sus seres queridos. El sentido de su vida es ser esa serenidad en medio de la tempestad. No siempre pueden ser útiles, dar grandes soluciones o ayudar en el trabajo; al contrario, necesitan amor, dan soluciones simples y son un trabajo más. Aunque no lo veo algo tan malo. Pero además, es que la ayuda más edificante es la suya, no la práctica o técnica sino la ayuda espiritual, la ayuda que da paz, que da vida sin pedirla, la ayuda que nos recuerda todo lo que hemos heredado, que recuerda en cada arruga lo mucho que nos han amado y nos muestra, en una sola mirada, lo que nos siguen amando sin juzgarnos.

Los viejos son un ejemplo y los niños un regalo que nos fuerza a dar el ejemplo nosotros. Está demostrado que las demencias y depresiones de los mayores no son tanto fruto de la vejez sino de cómo tratamos a los ancianos y de las circunstancias socio-culturales de la tercera edad en occidente. Es decir, de cómo pasamos de su cara. Donde se admira y venera a los ancianos, la vejez se vuelve algo mucho más alegre y lleno de tranquilidad. Además, las personas mayores tienden a olvidar lo malo y recordar toda una vida llena de cosas buenas. Tienden a ser felices y a aceptar.

Este artículo va dirigido especialmente hacia los mayores, ―familiares de estos― que gozan de una salud mínima, y no una demencia muy grave. Hay casos en los que puede resultar irremediable una residencia; aunque casi siempre puede ser sustituida por una asistencia adaptada en el hogar o una buena orientación y formación de los familiares sobre cómo encarar y actuar en la situación; y más fácil aún sería si las leyes ayudaran a ello.

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Sobre el Autor
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JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudio psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.