DELFOS

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  • Ni el cálido abrazo de la amistad, ni la agradable compañía del buen yantar huyeron ese día de nosotros, al revés, nuestros pies caminaban hacia el descubrimiento de uno de los mejores griegos que hay en Madrid.
  • La magia torna tu mirada y te entrega un trocito de Grecia, con sus colores, olores y texturas.
  • Sabores diferentes –¡por fin!–, olores y texturas llegados de ese mediterráneo oriental que siempre sugiere misterio y aventura…

DELFOS

el oráculo yantarino

Aquel fue un día singular –como me cantó mi hijo hace tiempo–, sigular dentro de un ambiente ciertamente bochornoso y mansamente atardecido. Y, sin embargo, ni el cálido abrazo de la amistad, ni la agradable compañía del buen yantar huyeron ese día de nosotros, al revés, nuestros pies caminaban hacia el descubrimiento de uno de los mejores griegos que hay en Madrid, allá por la Cuesta de Santo Domingo: el restaurante DELFOS.

Desde la calle no se aprecia gran cosa, puede pasar hasta desapercibido; eso sí, la magia está en el detalle, que es lo que te invita a entrar. Y una vez dentro, la magia torna tu mirada y te entrega un trocito de Grecia, con sus colores, olores y texturas. Lo encontramos muy bien decorado, sugerente y sugestivo, con unos cuantos rincones que magnifican la katarsis –por algo el teatro surge en la bella Hélade.

La sonrisa y el buen recibimiento de Mariano me recordó el mismo abrazo que le dieron al viajero quimérico cuando arribó a las costas de Ítaca. Nos sentamos con el corazón dispuesto al goce…, que llegaría en breves instantes desde las manos de Lucía.

Para ir regando la terraza nada como una Mythos, esa cerveza que surgen en 1997 en Grecia, y que se ha hecho con un merecido hueco en el mercado internacional: refrescante y sugerente. Y comenzamos la degustación.

Los primeros nos dejaron encantados: sabores diferentes –¡por fin!–, olores y texturas llegados de ese mediterráneo oriental que siempre sugiere misterio y aventura…: magníficas las dolmades –hojas de parra rellenas de arroz y finas hierbas–, tremendamente sugestiva la tsatsiki –crema de yogur, pepino y ajo con eneldo fresco– sobre el pan de pita, casi tanto como la xoumous –crema de grabanzo con pasta de sésamo–, y realmente deliciosas las fournou, esas exquisitas berengenas asadas el horno y envueltas en bacon.

Nos decidimos entonces por probar el vino de la tierra –no nos olvidamos de que Grecia es, posiblemente, una de las zonas del mundo donde antes se cultivó la uva y, fermentándose su jugo, se extrajo el codiciado elixir.

Famosa antaño por los vinos que allí se hacían y que se exportaban a todos los lugares del mundo conocido, nada ha dejado de merecer los mismos elogios hoy en día. Magnífica la uva assyrtiko, posiblemente la mejor variedad de uva blanca de grecia, que produce un vino seco, lleno de aromas cítricos, y que te proporciona gustos terrosos minerales, debido a cultivarse en la isla Santorini, al pie del volcán que le da su nombre.

En cuanto al tinto, nos decidimos por la variedad de uva agiorghitiko, proveniente de Nemea, en el Peloponeso, como héroes hercúleos que se dirigen a terminar con el león que atemoriza a sus gentes. Magnífica la complejidad aromática que muestra en nariz y el profundo color intenso con el que se viste.

Y llegaron los segundos: en un suculento viaje hacia Rodas pudimos disfrutar de la Musaka, el pimiento relleno, la pasta griega con ternera y la brocheta de cerdo. Magnífico. Y, cómo no, también nos decantamos por el Arnaki Meli Karidl: estupendos filetes de cordero con nueces y miel.

El viaje llegaba a su fin, el gozo del yantar por las tierras griegas tocaba a término, pero no podíamos, ni queríamos, acabar sin haber probado el Ouzo: esa tradicional bebida griega que se elabora con uvas, pasas e higos y anís, en este caso también con hinojo y semillas aromáticas.

Os recomendamos de veras que visitéis este estupendo restaurante en la capital de España, nada como la primavera para dar una vuelta por los aromas de la Hélade.

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Redacción

Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.