Dentro de la tormenta

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  • Madrid huele a traición, a cobardes que se esconden detrás del Sagrado Nombre de Dios, a alcohol de adolescentes, a mujeres usadas, a ruptura familiar, a fracaso laboral, a políticos de medio pelo, a lágrimas saladas vencidas por la muerte de inocentes, a soledad, a grises atardeceres vacíos de abrazos, a patéticas canciones de cantautores que nada tienen qué decir...
  • La tierra está llena de volcanes y de terremotos, de vampiros y de zorras, de lobos con piel de cordero... En fin, seres despreciables que jamás conocieron la falta de movimiento, la serenidad del frío, la paciencia del hielo, el amor eterno.

Dentro de la tormenta

Madrid huele a traición, a cobardes que se esconden detrás del Sagrado Nombre de Dios, a alcohol de adolescentes, a mujeres usadas, a ruptura familiar, a fracaso laboral, a políticos de medio pelo, a lágrimas saladas vencidas por la muerte de inocentes, a soledad, a grises atardeceres vacíos de abrazos, a patéticas canciones de cantautores que nada tienen qué decir...

Pero, sobre todo, Madrid huele a gatos. Aún sus calles son recorridas por personas con sombrero que se niegan a morir entre estertores. Y es interesante saber que esas historias, que tantas lágrimas nos trajeron en su día, poco a poco se convierten en las alas con las que aprendemos a volar sobre toda la miseria en la que otros quieren que vivamos.

Por ejemplo, mis historias siempre saben a siete. Hasta siete años duraron mis andanzas infantiles, hasta siete años mis adolescentes pasos de oscuridad y sin sentido, hasta siete el resurgir de mi ser como ave fénix, siete más estuve en el desierto pasando sed y llenándome de arena, otros siete en los que casi desaparezco entre espejismos y seducciones, y, por fin, llegaron los siete presentes en los que resurgir y fundirme con mi propio conocimiento me mantiene en un constante delirio (y aún restan dos).

Hasta siete arañazos cosecho entre mis brazos, en siete pedazos ando roto y desmembrado, hasta setenta veces siete he perdonado..., y lo que queda. No he necesitado ver al diablo, hasta siete seres humanos han intentado fagocitarme de una forma aún más tentadora, tanto que he tenido que recurrir a la Cruz de San Benito para calmar algo mi exhausta alma –gracias, Borja.

Hace poco una gran persona me preguntó por mi ilusión. Le respondí que siempre viaja conmigo, vive en lo más recóndito del Norte de mi ser, allí donde la abrazan las frías noches polares, allí donde nadie ha conseguido llegar, y no porque no lo hayan intentado, sino porque no existen caminos que lleven al hogar de tanta dicha.

La tierra está llena de volcanes y de terremotos, de vampiros y de zorras, de lobos con piel de cordero... En fin, seres despreciables que jamás conocieron la falta de movimiento, la serenidad del frío, la paciencia del hielo, el amor eterno.

Entre tantas historias, una fue –y es– la que más intentó erosionar mi vida, la que más buscó destrozarme y poseerme... De todas formas, ninguna época estuvo ni más lejos ni más cerca de Dios, y aunque en algunas crecen, como setas en otoño, una ingente cantidad de judas y de hijas de puta, he de confesar que de cada una de esas historias he resurgido con más fuerza, con más garra y con más ilusión, aunque no puedo decir lo mismo de otros seres que convivieron conmigo durante aquellas batallas.

Así pues, he de concluir que aunque mi alma clama venganza sé que la vida me traerá la justicia que necesito y que espero, no porque lo exija, sino por que ya lo he visto: nada como alcanzar la serenidad para lograr una visión eterna.

Primera entrega del libro "Historia de un alma rota"

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Sobre el Autor
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D. Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.