Despertares

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Despierta

a mi amigo Borja Campos

Me fascinan las películas de enfermos incurables. No sé cómo explicarlo. “Hijos de un dios menor”, “Rain Man”, “Mi pie izquierdo”, “Despertares”, “I’m Sam” o la magistral “Esencia de mujer”, entre otras. Me gustan mucho más que esas de triunfadores, de policías fornidos o despistados, de mujeres fatales pero frágiles… No, películas de enfermos, todas acaban bien. El enfermo se casa con la enfermera, el hermano se reconcilia con el hermano, el niño se hace mayor a pesar de la discapacidad…

Siempre son candidatas al Óscar y muchas veces lo consiguen. Parece que un actor de Hollywood no lo es si no hace de enfermo o discapacitado. Hasta Tom Cruise tubo que sentarse en una silla de ruedas para intentar demostrar sin mucho éxito que no es sólo el típico actor que cautiva por su físico. ¿Qué tendrá la enfermedad o la discapacidad para resultar atractiva a los actores masculinos? Porque no es tan frecuente una actriz haciendo un papel así.

Los enfermos de Hollywood hacen que mejoren quienes les rodean, que sus vidas tengan sentido. No sé comunicarme con la gente, dice Robin Williams –el médico– en Despertares. Es tímido, introvertido, aburrido. Pero Robert de Niro –el paciente– le enseña a valorar las cosas sencillas, el trabajo, el ocio, la familia. “Son las cosas más importantes y las que teníamos olvidadas”, dirá Williams al final.

En las películas de Hollywood, el enfermo cura al sano. Las enfermeras, que han sido muy poquita cosa y tienen novios imposibles, descubren el amor de su vida; los ejecutivos, horteras y pagados de sí mismos, encuentran falsos hasta sus modelos de ropa interior. ¿Qué bonito, no? Hasta se podría pensar que esas películas son un poco demasiado…, un poquito cursis, esos es. Un poquito ingenuas.

Pero en casi todas ellas aparece, antes o después, casi siempre al final, un rótulo, una señal, una voz en off, algo que dice: “Basada en una historia real”, o “se casaron en 1977”, o “el doctor continua trabajando en un hospital de Nueva York con enfermos incurables”. Una traza de que allí hay algo más que cine, algo “real como la vida misma”, y que esa vida es bella, merece la pena vivirse, la gente es buena y todos nosotros también podemos serlo.

No sé porqué hacen falta tantas películas con ese mensaje, a partir del dolor de la enfermedad. Igual sucede que la enfermedad es lo único real que todavía nos conmueve. O que los guionistas ya no saben contar historias bonitas y tienen que tomarlas de lo que sucede. O que nos gusta pasarlo mal, sabiendo que al final acaba bien.

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Sobre el Autor
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W. Lawson

William L. Croceti nace en Ávila en el otoño de 1986. De padre escocés y madre siciliana, decide quedarse a vivir en España después de terminar sus estudios en Literatura Universal en Roma. Aunque siempre ha trabajado en el mundo del audiovisual, su pasión por la lectura le ha llevado a volcarse en la escritura y la crítica desde hace unos pocos años.