Dios y las cosas que no existen

Cuadro de Raquel Luengo

Dios y las cosas que no existen

No sabe nada, pero cree saberlo todo... Está perfectamente preparado para la carrera política (G.B.S.)

Gobernar como si Dios no existiera es una antigua recomendación que han acogido con agrado una larga lista de muy ilustres personajes. Casi siempre se ha gobernado como si muchas realidades no existieran, poniendo demasiadas cosas entre paréntesis. En la vieja historia de la humanidad, Dios parece tolerar que no se le tenga demasiado en cuenta. Lo que suele ser frecuente es que este monstruoso olvido vaya acompañado de otros olvidos menores. Se gobierna como si. Los antiguos recaudadores y los actuales ministros de Hacienda como si fuéramos demasiado listos, los de Interior como si fuéramos demasiado malos, los de Cultura como si fuéramos demasiado tontos, los de Trabajo como si no hubiera huelgas, los de Administración territorial como si no hubiera reclamaciones pendientes...

Amplio parece también el elenco de las cosas que no existen para un burócrata imparcial: ni los kurdos, ni los croatas, ni los saharauis, ni los gitanos (ninguno de ellos tiene petróleo, que era algo así como el acto de ser del siglo XX, veremos cuál es el del siglo XXI); tampoco hay marginados, ni ancianos solitarios, ni amas de casa en apuros, ni drogadictos -ahora pudorosamente expulsados de las plazas públicas-. Hemos conseguido que todo esto no se vea -y menos se verá cuando termine la pandemia de 2020-, por lo tanto no existe. Y, curiosamente, estos abandonados en el paréntesis administrativo -principalmente los nasciturus- son los que tienen a Dios como última instancia de apelación, como único testigo de su dolorosa inexistencia. Dios es el Ombudsman por antonomasia, sin ventanillas, ni plazos, ni pólizas, ante el que todos los defensores del pueblo juntos son un ejército de impotentes.

No está muy bien considerada la existencia de algo así como instancias de apelación. Lyotard se refirió hace ya bastante tiempo a una nueva enfermedad, la "apelacionitis", la manía de apelar a valores simbólicos de contenido incierto o ambiguo (libertad, dignidad, justicia...). pero la existencia de instancias de apelación es una garantía jurídico-procesal y, en el fondo, la condición de posibilidad para relativizar lo históricamente vigente o el juego del lenguaje dominante. Su carencia ni siquiera podríamos lamentarla, pues nadie oiría la protesta.

Hay dos cosas muy sorprendentes en Dios: que tiene una memoria gigantesca y que no hay nada que esté fuera de su preocupación. Ese Dios que todo lo ve fue considerado por los rancios ilustrados como una pesadilla, como un vigilante hostil al que nada se le escapaba. Pero esta concepción de Dios es demasiado burguesa; atormenta únicamente a quienes tienen todo en regla, a los que exhiben su existencia satisfecha y se saben de memoria la letra de su tarjeta fiscal.

Para los inexistente, para aquellos cuyo problema consiste en ser ignorados por la CIA, la ex-KGB, el Mosad o las demás providencias cegatas, Dios constituye un alivio, un consuelo -ahora que está tan pasado de moda tener consuelos- y un cualificado testigo de que alguna vez tuvieron ese carnet de identidad que ahora han perdido. No deberíamos considerar al Dios vengador del Antiguo Testamento como una dura metáfora bélica ya superada. El Juicio Final será probablemente benigno con muchas miserias y estrictamente severo con los desmemoriados.

Al otro lado de la muerte habrá, no nos cabe ninguna duda, una flamente Dirección General de las Cosas que no existen. Allí se encontrarán las razones de todos los vencidos a lo largo de la historia y hasta es posible que en su frontispicio estén escritas estas palabras de Charles Peguy: La realidad ya no la defiende nadie más que los pobres y miserables como nosotros, sólo los mendigos como nosotros, individualidades sin mandato.


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Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.