Dos nuevas estrellas

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  • Esta es una pequeña elegía, pequeña por su tamaño, porque a sus dos protagonistas les ha hecho falta muy poquito para enseñármelo todo.
  • Dos grandes ojos y una profunda sonrisa: ventanas por las que me invitaron a volar, a gozar sin límites.
  • Dos ojos y una sonrisa para ser amado. Dos ojos y una sonrisa: Dulce Hogar.

Conchita y Ana,

dos nuevas estrellas

Esta es una pequeña elegía, pequeña por su tamaño, porque a sus dos protagonistas les ha hecho falta muy poquito para enseñármelo todo. Dos grandes ojos y una profunda sonrisa: ventanas por las que me invitaron a volar, a gozar sin límites. Dos ojos y una sonrisa para ser amado. Dos ojos y una sonrisa: Dulce Hogar. 

Conchita vivía entre el asiento reclinable del salón y la cama de la enfermería. Nunca se quejaba de nada, jamás. Su voz gangosa, su respiración, sus deposiciones aparatosas, la sustraían de ese grupo de ancianos en los que la mayoría de trabajadores se detienen por una u otra prenda llamativas. Su presencia era desapercibida. Más allá de la atención obligatoria, quedaba relegada a la sombra de una esquina. Aparte de los sonidos mencionados, vivía en silencio de no ser por sus ojos: ¡cómo hablaba su corazón por esas dos ventanas abiertas!. Precisamente por su aparente ausencia, me gustaba acercarme siempre a saludarla: suave luminosa presencia. La saludaba, la besaba en la frente y ella siempre hacía el esfuerzo de aclarar su voz para devolverme el saludo, consiguiéndolo con más amabilidad que eficacia. Muchas veces se distinguía el calor del “hola” mezclado con la emoción de ser visitada, la emoción de la humanidad. Pero la mayor fuerza de su comunicación, residía en sus grandes y ágiles ojos. Con ellos me miraba muy, muy fijamente y me agradecía el saludo, que se hizo bonita costumbre ineludible. Y se gozaba en mirarme y agradecerme. Me dedicaba toda su atención y me transmitía sana y tácitamente que le gustaba ese cara a cara, esas palabras cálidas, ese encuentro que todos necesitamos para sabernos personas. 

Saludo, beso y piropos de alegría, de mi parte. De la suya, saludo y ojos abrazadores. Casi todas las tardes durante un puñado rico de meses, Conchita y yo nos hemos encontrado: besos, miradas y el cielo abierto. 

Últimamente, la tarea de tragar se le hacía más costosa todavía, se ahogaba; también la de mantenerse sentada, se escurría como una lombriz. Una luz se encendió en mi espíritu y conduje mis plegarias hacia su salud total, su felicidad eterna. Y fui escuchado, como siempre: Conchita se durmió y amaneció en el Paraíso. Ahora, el que mira soy yo, el que agradece con los ojos. Conchita sonríe, toda guapa, y con una dicción de ángeles me dice “gracias” y me alienta con cantos de verdes praderas y azules alegrías. Y yo me gozo en mirarla y agradecerle. 

Anita tenía la voz áspera. Siempre pedía ir al cuarto de baño con contundencia: “acompáñame”, “llévame”. Lo hacía así porque a su corazón frágil le costaba mucho mover su voluminoso cuerpo, pero su vejiga tenía bastante actividad. Dado que su petición era muchas veces postergada o desoída, di el paso de sentarla en la silla de ruedas y acompañarla a la faena. ¡Y qué paso bendito!. Cuando la sentaba de nuevo en la silla, aliviada ya, la miraba y… ¡qué sonrisa maravillosa me regalaba, sol sobre el mar, claro celeste, horizontes infinitos!. Así como áspera era su voz, profundamente cálida era su sonrisa, que unida a su agradecimiento transparentaba su corazón: niña buena, mujer bonita, afable abuela. Esa sonrisa era la luz del amor. Esa sonrisa era una pincelada de color que prendía mi presente.  

El corazón de Anita acabó por romperse del todo. Liberada de la carga de su enfermo cuerpo y curadas las flaquezas de su espíritu, Anita ya es una princesa de voz dulce, graciosa silueta y la misma, la misma eterna y radiante sonrisa. 

Conchita y Anita ya son dos nuevas estrellas, dos nuevas hijas de la Luz que no se apaga.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.