Dulce fragilidad, soberana fortaleza

Velero sobre el Mar Egeo
Destacados: 
  • Con las manos de la paz, reparto también dos llamas de alegría por mis dos ojos.
  • Seguidamente, en el próximo eslabón de esta férrea brillante unidad de vida, disparo palabras como balas de alegría en ese café de acción de gracias compartido bajo un cálido rayo de sol de octubre.
  • Llego a casa para comer antes de ir a trabajar, y en la mesa la Alegría sigue derramándose: somos familia, disfrutamos normalmente juntos.

Dulce fragilidad, soberana fortaleza

La diferencia está en el corazón

A mis hermanos, los dolientes de la tierra:

Es 22 de octubre, la fiesta de mi amigo Juan Pablo Corazón Enorme y de mi amigo Damián de Molokai Hermano Gigante. Además, es domingo, que proviene del latín dies Domini, día del Señor. 

Ya en el firme banco, sol triunfante por los vitrales, comienza a desatarse en mí la lluvia de la Alegría escuchando la historia del padre Damián, a través de la voz del Bajísimo en los labios de un pobre sacerdote, amigo también. Las fuentes de la verdadera alegría se han disparado, he vuelto a ser conquistado y lanzado al Universo, risueña flecha imparable. Con las manos de la paz, reparto también dos llamas de alegría por mis dos ojos. Luego, prendo también a Amelia, que se olvida de lo material: ha recibido un tesoro incalculable. Seguidamente, en el próximo eslabón de esta férrea brillante unidad de vida, disparo palabras como balas de alegría en ese café de acción de gracias compartido bajo un cálido rayo de sol de octubre: mi madre querida y mi querida Araceli, están inflamadas. En ese precioso momento, cruza por la plaza José Miguel, un buen hombre a quien recientemente he conocido en un viaje a Grecia. Le propongo quedar para un desayuno importante y para compartir las fotos del viaje: ¡y todo lo bueno que surge cuando dos universos soleados se encuentran!. El reguero de agua alegre prosigue su curso intercambiando regalos con Araceli e invitándola a un nuevo encuentro de gente guapa: buen cine, buenas pizzas y el calor de los buenos corazones, ¡más ilusión al zurrón!. Aparecen en la fiesta, tras muchos días sin verles, Dani y Cholo, dos amigos más. Me invitan a pasear con ellos por el pueblo. Les transmito la sonriente locura. Debo ir retozando, sin darme cuenta, porque me encuentro con Iván y Nuria –tropecientos días más sin verles que ha a Dani y a Cholo– y, en pocas palabras, sonríen fuerte; y les disparo al corazón un próximo encuentro irrechazable. Todo cosa de minutos, unos pasos más adelante, vuelvo a encontrarme con Amelia y no sé qué le digo, pero se marcha bailando como yo. Al siguiente minuto, me despido de Dani y de Cholo –convocados al tingladillo de cine-cena-tertulia-besos-abrazos-y otras cosas del amor–, me giro para seguir mi rumbo y me encuentro de frente con Luis, otro amigo –caminante del pueblo–: le insuflo toda la fuerza de la alegría, y el cáncer de su hermana y la tensa atmósfera toman otro color. Se ha colado por su ventana la luz de la esperanza. Sé que él sabe que estoy con él y con su hermana y con su familia, me lo dice su pacífica sonrisa mientras nos despedimos. Llego a casa para comer antes de ir a trabajar, y en la mesa la Alegría sigue derramándose: somos familia, disfrutamos normalmente juntos. Mi tío y yo nos vamos a la tarea: a abrazar ancianos. El salón donde trabajo lo he convertido en un salón de baile: las bromas amenizan la tarde, las sonrisas bailan juntas, se despiertan trombas de carcajadas… A los compañeros de trabajo, también les pongo a bailar, a sonreír, a disfrutar, a abrir un poco más la dichosa ventana. Vuelvo a casa y me siento a cenar junto a mi abuelo: disfrutamos de una deliciosa noche más viendo el basket –¡y el Madrid gana de paliza, bailando y divirtiéndose en la cancha!–. Me voy a dormir, y ya tumbado, sigo bailando en la cama: la lluvia maravillosa se funde con los ríos desbordantes de mi agradecimiento.

Durante la noche, empieza a despertarme el virus que ya se había colado en mí a lo largo de la tarde sin yo saberlo. Nos habían avisado que había un brote fuerte en la residencia y muchos ancianos estaban contagiados. Advirtieron de lavarse mucho las manos, de no acercarse a las bocas… Al final, fui presa de mi pasión: acabé olvidándome y repartiendo los tres mil besos de cada tarde. Me levanto de la cama con la bomba en el estómago y la angustia en el cuerpo. Vomito, vomito y vomito. Me zarandea el huracán: gastrointeritis infecciosa inespecífica –según la doctora–. Un rayo me fríe el tejado. El resto de la casa sale volando, apenas soy un pilar tembloroso y destemplado. Y aun todo, apenas pudiendo pensar, en estado febril, descubro que hay una habitación que ha permanecido intacta: el corazón, no el músculo, sino el centro de mi ser, de mi persona. No sólo ha quedado intacto, sino que… ¡se ha fortalecido, se ha puesto más bonito, ha crecido en amplitud!.

¿Cómo es posible, cómo es posible hallar la paz en el epicentro de la furia?: gracias a la regalada fe que me hace saber que el huracán ha sido para mi bien, para mi muy mayor bien –Sabia Providencia–; gracias a la esperanza regalada que me hace saber que cada vez estoy más cerca del Valle Feliz, al que no alcanzan huracanes de ningún tipo; gracias al amor donado que me hace saber que mi fragilidad y mi dolor, simplemente a través de un golpe de agradecimiento sincero, se convierten en alegría multiplicada, en dones esparcidos, en corazones visitados, en lluvia para tierras secas, en luz para umbrías. Gracias, sí, gracias a un corazón sencillo abierto a las tres perlas del tesoro del ser humano: la fe, la esperanza y el amor. La diferencia está en el corazón.  

Somos los seres humanos tremendamente frágiles. Como se ve en el ejemplo, tras un día de pletórico despliegue, nos puede sobrevenir otro de absoluta postración en cama, cual exánimes harapos.  O tal vez, a una temporada jubilosa le sigue otra de fatiga. O incluso, tras décadas de años con gran salud, llega el día en el que un diminuto invisible virus o cualquier otro efecto del Mal en el Mundo nos hace besar nuestra endeblez. O, sin preguntar, nos vemos discapacitados por una enfermedad que se hace cotidiana. O nos asola la tormenta Soledad, o el tifón Desesperanza, o el terremoto Tristeza, o el vendaval Amargura… Cierto es que mi ejemplo resulta enano comparado con otros sufrimientos, pero no menos cierto es, y hay muchos ejemplos de grandes sufridores –el mismo citado Juan Pablo, mis amigos Alexia González-Barros, Olga Bejano, Nacho Ciprés, Puy, Florita, Almudena…, a bote pronto– que lo han atestiguado y lo atestiguan con su vida, que cuando ese centro que tan bien suena llamar corazón se abre, cual humilde alegre niño, a la fe, a la esperanza y al amor, resulta inexpugnable a las garras del Mal, y como expuse en el ligero ejemplo, se vuelve más grande, más fuerte, más alegre cada vez, hasta que pronto… ¡estalle e instantáneamente en Valle Feliz se halle!. 

Seguimos resucitando…

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.