El amor siempre nos hace libres

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  • Deberíamos saber que todo te quiero es un clamor silencioso por un para siempre.
  • Qué dolorosa es la vida cuando faltan abrazos y sobran bofetadas.
  • Estaría bien que entonces nos dedicáramos a la vida.


El amor siempre nos hace libres

Todo lo que no es eterno, está eternamente pasado de moda.

C.S.Lewis

Hablar de siempre o de nunca resulta mortalmente largo, angustiosamente injusto y provocativamente equivocado. No así de eternidad. El adjetivo imprescindible en estas líneas es ese: eterno. Porque sólo lo que permanece es realmente valioso, lo fatuo sólo es eso: enano. Así es. Cuando hablamos de amor el adjetivo que sólo le llega es eterno.

Como diría don José Luis debemos refutar con nuestra vida que el amor sea pasajero y negar la necedad difundida por la literatura del corazón de que los sentimientos sean humo y el amor se acabe. Deberíamos sentir aversión por los amores a plazos, extendidos en letras que vencen a treinta, sesenta y noventa. Deberíamos saber que todo te quiero es un clamor silencioso por un para siempre.

Pero qué doloroso se torna el camino cuando la amistad hace aguas, cuando la familia se destroza, cuando el conocimiento se pierde y abunda la ignorancia. Qué dolorosa es la vida cuando faltan abrazos y sobran bofetadas. Luego llega una catástrofe natural y el hombre resurge de sus cenizas para unirse y protegerse: para ayudarse. Parece mentira que tenga que llegar la muerte para que aceptemos que no nos llevábamos tan mal, que en el fondo nos queríamos. Parece mentira que tenga que llegar la muerte para que aprendamos a vivir.

Sí, es doloroso que comprendamos lo que teníamos después de haberlo perdido. Es entonces cuando buscamos, entre los restos de la catástrofe, las huellas del amor, los recuerdos bonitos, los silencios y el aprendizaje. Cuando ya nada queda, ni siquiera sus ojos, es cuando decidimos lo que siempre fue importante y hablamos de ello sin tapujos, sin tabúes, sin miedos. Resulta extraño contemplar cómo se nos va la vida en sandeces, cómo nos justificamos, cómo nos cabreamos por imbecilidades... para, al final, darle importancia a lo único que lo era: tu vida, la mía y el profundo y prometedor amor entre ambos.

Una cosa es segura, todos acabaremos muertos. Estaría bien que entonces nos dedicáramos a la vida. Tampoco es tan difícil: sólo hemos de dar nuestra palabra y ponerla por obra. ¿A qué vienen tantos pensamientos negativos, tantas palabras degradantes, tantas miradas de asco, tantos silencios llenos de miedo, tantas mentiras? ¿A caso piensan quienes así actúan que están vivos? ¿Jamás se darán cuenta de que son seres despreciables, más muertos que vivos y absolutamente esclavos de su desgracia?

Los hombres que viven una vida anodina y enana –por mucho que dirijan el destino de las naciones– nunca llegarán a ser hombres con mayúscula, se quedarán en una caricatura, un esperpento de humanidad, una repulsiva babosa absurda y malencarada. Son los que cambian de idea a la primera de cambio, los que hoy son negro y mañana blanco, absolutamente falsos y desgraciadamente populares. Y, si no consiguen sus depravadas necesidades de otro modo, recurren a la violencia.

Aún así, el mundo está lleno de buenas personas que arriman el hombro y, cuando algo no marcha, lo cambian con trabajo y alegría, no con agresividad y mentiras. Esos son los que al llegar la tragedia también lloran, pero sus lágrimas son de dolor y pena, y no guardan en el corazón rencor y odio pues saben que el amor puede doler, pero jamás pervertir un alma. Aun cuando tengan que aguantar todas las desgracias del mundo lo harán mano a mano, hombro con hombro, con una luz en el alma y una sonrisa en los labios, para que los más pequeños entiendan que el amor siempre nos hace libres.

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Sobre el Autor

David Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.