El aroma de la gratitud

Fotos de Paschi
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  • Qué gozosa es la vida cuando las personas deciden caminarla juntos, ser amigos, compartirla para gozar.
  • Con voz clara, fuerte y agradecida, digo que así hacemos mi amigo Javi y yo: avanzamos caminando al lado.
  • Qué cosa tan pequeña y, la nuestra, qué satisfacción tan grande.

El aroma de la gratitud

Cuando la cocina… se hace beso

Qué gozosa es la vida cuando las personas deciden caminarla juntas, ser amigos, compartirla para gozar. Con voz clara, fuerte y agradecida, digo que así hacemos mi amigo Javi y yo: avanzamos caminando al lado. 

Nos encanta encontrarnos en torno a una mesa, bajo la poderosa influencia que los alimentos –bien acariciados en el taller de los sueños– ejercen en el ánimo, impeliendo al ser humano a adentrarse en conversaciones mágicas que desnudan corazones, infunden esperanzas y amplían horizontes. Esta vez, escogí como asiento –escuchando las vivas vibraciones de la memoria de mi piel– un pedacito de ese fascinante país del sur de América que es el Perú: el restaurante Paschi, que ofrece su espectáculo en un exótico y encantador, tranquilo y pequeño espacio de Pozuelo de Alarcón.

De camino vinimos cantando, haciendo musicoterapia, dejándonos renovar por la incesante novedad del arte –en este caso musical–. Llegando al lugar emocionante, le dimos protagonismo en el parlante a una de las voces emblemáticas del folklore peruano, luz de la música criolla, mujer de raza: Cecilia Barraza. Y así arribamos a las puertas de Paschi, al ritmo expresivo y donairoso del tondero –danza y canto oriundos del Morropón, la Vieja Piura

Lo primero que hallamos nada más entrar, en el centro de la animosa barra coctelera, fue la sonrisa jovial y la amable bienvenida de Diego. Una novedad por dos motivos: porque sustituía a la noble y buena presencia de Carlos –se ve que en esta Casa eligen bien a su gente– y porque en esa sonrisa y esa amabilidad corre la frescura de lo que es nuevo. Como el siguiente saludo en un besamanos, luego de esa primera risueña calidez, apareció Luis tendiéndonos la mano, con su mirada atenta tras la gafa, e invitándonos a nuestro rinconcito de dos. Y para completar la acogedora terna, vino a la mesa a recibirnos Soralla con su inconfundible dulce voz, su sonrisa al viento, sus rasgados ojos negros claros.

Mientras la conversación empezaba a tomar cuerpo, llegaron las primeras sorpresas…: snacks de tubérculos  –yuca, boniato y patata violeta–, chifles –plátano frito–, canchitas –maíz peruano– y salsa huancaína para acompañar. Una sencilla sinfonía crujiente y encendida que nos metió de lleno en la aventura de este lugar –decorado para viajar: las hilanderas labrando, las barcas de pescadores, un blanco pacífico, un azul de mar, la tarima de madera clara…–, intercalada con las animadas melodías del pisco sour, invitación de la Casa. Qué cosa tan pequeña y, la nuestra, qué satisfacción tan grande.

Rota en flor la conversación, recibimos la que fue petición especial de Javi: las croquetas de ají de gallina  –con ají amarillo, pollo desmenuzado y almendras picaditas–. De presentación apetitosa: piel dorada, hermosa, con un brillo de ají y una esperanza de perejil. Y, de repente, la voz se hizo silencio…, quedamos arrobados: qué sabor y textura, qué concierto de acentos, qué sutil lindura. Quedamos… ¡con la boca llena!.

Quisimos seguir asombrándonos con esa cocina milenaria de venturosa fusión –chifa: un poco de China y otro poco de Perú–, optando por los tequeños chiferos con agridulce: locamente crujientes en su pasta wantán, finamente orientales. Un entrante elegante y, gracias a la canela china, a la salsa hoisin y otros poderes, excitante.

En este momento, descubrimos cuán maravillosa es la mezcla del arte de la cocina y de la coctelera, cómo despierta los sentidos y cómo espabila, haciendo correr las palabras con desparpajo. Y a la par, agradecimos que haya en el mundo artistas como Jonathan y como Diego, cookman y barman, respectivamente. 

Y como si fuera un premio a ese agradecimiento tan tácito como sincero, se hizo sobre la mesa un auténtico milagro llamado tiradito de pez mantequilla. A la vista: un colorido espléndido, un contraste bonito, toda una fiesta para los ojos. Y en el gusto…: un salvaje inefable arcoíris, la magia de la belleza que enamora en un instante, que abraza todo el corazón, toda la persona, volviéndola niña, nueva, conocedora de su intrínseca felicidad; como esa brisa que llega sin esperarla, se cuela por la ventana e inunda toda la estancia, todo tu ser, dejando desnuda tu alegría. Voló el pez mantequilla y quedó la salsa en el plato y dos niños haciendo sopas con sus manos españolas. 

Fue entonces cuando vi venir, por el rabillo despierto del ojo, a Diego con sus manos llenas de color y deleite –y recogí del subconsciente el vivaz sonido de los minutos previos en la coctelera–: tremendamente sugestivos y pintorescos el pisco de mango y el qosqo –Cuzco en quechua– de coca –con lima, naranja, pisco macerado en hojas de coca y hierbabuena majada–. El primero, con todo ese canto original del mango. Y el segundo: la fresca esencia de los cítricos ensalzada por esa serena maceración –una o dos semanas.

Para cumplir otro deseo –esta vez, mío; nacido, a través de la ventana, antes de entrar– y para seguir compartiendo placeres, llegó el arroz negro con pulpo anticuchado, aderezado con chalaquita de la Casa, espuma de leche de tigre y mayonesa de hierbabuena. Qué manera de acariciar el pulpo hasta la ternura, qué suavidad la del arroz –con un punto nuevo, grato–, qué bienvenidos los cantos de la hierbabuena y la leche de tigre. Un plato aromático, exótico, maravilloso: sabor de hogar. 

Nos quedaba todavía culminar la inédita poética experiencia con un postre así llamado: pie de limón y albahaca. Interesante pincel de gel de albahaca sobre una linda crema de limón, coronada con merengue italiano flambeado y rocío de merengue seco de maíz morado. Un tranquilo y dichoso final.

Envueltos en sonrisa y llenos de fuerza y de paz tras el apasionante viaje, descubrimos que la mar de Paschi estaba serena, apenas quedaban dos obreros limpiando las redes y preparando los aparejos para la siguiente pesca: se llaman Soralla y Luis. Nos acercamos a ellos, cruzamos unas amables palabras y miradas de vida y llegamos a una conclusión: trabajando unidos para el bien de todos y viviendo agradecidos el río que cada uno somos avanza caudaloso por los cauces de la libertad.

Mucha gente anda por el mundo herida, vacía, incapaz de encontrar un motivo para agradecer, para celebrar. Quizás, alguna vez, vayan a parar a un singular lugar –como Paschi–  y… surja el milagro: el arte en el plato les resucite de su vida muerta –de su muerte en vida–, les devuelva –en palabras espontáneas de Soralla–, “la chispilla de la alegría”, capaz de originar los felices incendios del corazón que aniquilan las malas hierbas, dejando brotar la verdadera primavera donde no existe flor que no despida el triunfal aroma de la gratitud.

¡Gracias!.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.