El fuego del alba

Amanecer llanero: laguna del Tinije, Aguazul, Colombia

El fuego del alba

–Elenita–

Hace un año prácticamente cabal, se me regaló comenzar a trabajar en una residencia de ancianos. No todo fueron amabilidades al llegar, el gélido aliento del Mal en el mundo se cuela por todos lados. Gracias a Dios, en el salón de seniles y alzhéimer que se me asignó, había gente buena, muy buena. Compañeros buenos, muy buenos. Y ancianos buenos, buenísimos. Potentes radiadores para combatir el frío. 

Pronto descubrí una perla preciosa. A los pocos minutos de comenzar la jornada laboral, el primer quehacer ordinario establecido es repartir zumos y gelatinas para hidratar al personal. Una gozada: el anciano y tú, el frágil menesteroso y el alegre servidor. Una inyección de humanidad, uno de los remedios más efectivos para destrozar aquella gelidez ambiental del principio. En la partecita del salón que de forma providencial me tocó atender, entre el grupo de ancianos a hidratar, había una mujer aparentemente normal, serena, con los signos de un trastorno neurológico en su cuerpo y en su cara, bonita. Al saludarla con cariño y besarla con entusiasmo, al visitarla…, amaneció la sorpresa: ¡qué sonrisa fulgurante, qué estallido de luz, de paz y de alegría, de hogar!. Al alimón se abrían sus ojillos y su poderosa sonrisa, y entrelazaban sus bellezas –los primeros sonreían y la segunda se volvía azul– prendiendo un fuego espectacular, como el que se engendra milagrosamente cada alba para darle luz y vida al mundo, el fuego del corazón de esa preciosa mujer de bello nombre: María Elena –con todo mi cariño, Elenita–. Ese fuego me ayudó a saber bien pronto que estaba en casa, que ese trabajo era un gigantesco regalo personal de predilección. Ese fuego ha deshecho –y deshará– toda sombra –de pereza, de desánimo, de tibieza– en la que me haya visto –y me veré– envuelto. Elenita ha sido y será luz y hogar, claridad y alegría. 

Darle la gelatina cada tarde se convirtió en una ilusión cumplida, en una tarea gozosísima, a pesar de lo que costaba algunas veces, porque ella no podía evitar morder la cuchara con repentina fuerza involuntaria, lo que subsané afinando la maña. ¡Qué gusto entrar en calor y ser consciente del grandioso valor de mi trabajo junto al fuego de Elenita!.

Además de alumbrar con su sonrisa con más fuerza que el mismo sol, le encantaban las bromas y le encantaba jugar. Cuando con el puño cerrado por la enfermedad golpeaba algunas veces el sofá o mi brazo, yo le devolvía los golpecitos y le decía cuatro payasadas que le hacían reírse fuerte: ¡sólo los niños, como Elenita, juegan, sólo los que tienen alegría y despreocupación en el corazón son capaces de divertirse cada día con una nueva canción!. 

Las personas espléndidas traen consigo incontables regalos. Además de los ya contados, Elenita me regaló a su esposo, porque cuando decidieron compartir su existencia para siempre, ella le cambió la vida, o mejor dicho, ¡le llenó de vida!, ¡iluminó sus tinieblas con el fuego de su sincera bondad!, sin la cual sería imposible sonreír con esa profunda dulzura y esa radiante alegría. 

Quique se llama su esposo. Esposo enamorado: visitando a su esposa tarde tras tarde, diciéndole tequieros de mil colores, pintándole luciérnagas en los labios, dándole de cenar, sentándose a su lado a saborear buena música, a hablarle, a escucharla, a vivir con ella... Efectivamente, la bondad de Elenita es muy grande, unida a la inteligencia de Quique de abrir los brazos y llenarse de ella, y el fruto es riquísimo: dos seres en uno, llenándose el uno del otro y el otro del uno hasta el final del caminito terrestre. Porque Quique no es cualquier persona: es un hombre encantador, educado, bienhumorado, agradecido, sonriente, apasionado, amante de la belleza…, un hombre bueno. Tan bueno como para que, en los últimos meses en los que no ha podido venir a ver a su esposa por consecutivas operaciones en la rodilla que le han discapacitado, cuando a ella le nombraba su nombre…, ¡se disparaba su corazón y en sus ojos y su sonrisa se prendía el fuego de la ilusión!. “La niña de Quique” solía ser la pólvora que generaba el extraordinario estallido. 

El día 29 de diciembre de 2017, en la fiesta de otro hombre fiel a la Bondad hasta el final, Thomas Becket, tras una década caminando por el calvario del alzhéimer –no exento de momentos preciosos–, Elenita, por fin…: ¡descansó, y su gozo estalló!. ¡Ya se ha vuelto toda alba!: sin dolor, sin fatiga, sin pena…, sin mal, ¡sólo alegría, luz y color, novedad, sonrisa perenne, perfecto amor!. Porque, como dice la certera lógica de la razón y también la imperturbable veracidad de la fe –antorchas ambas de la luz de la inteligencia–, los buenos, los que han gastado su existencia tratando de hacer el bien y consiguiéndolo, al final del combate de esta vida, obtienen Lo Mejor, viven en el Hogar de la Alegría, eterna y felizmente.

Querida Elenita, sonrisa preciosa: te pido por tus amores cercanos –por Quique, especialmente–, que curen pronto la herida de tu ausencia con la poderosa fuerza de tu distinta presencia; y también te pido por este niño que recibió el enorme regalo de conocerte: ayúdame a ser sólo bueno y a sonreír, como tú, desde dentro, para prender amaneceres que deshagan sombras.

Gracias, querida amiga, por tu vida, por tu ejemplo –amor en el dolor–, por el fuego de tu sonrisa, por los momentos gloriosos, por tu Cielo que es eterna compañía.

¡Gracias por estar a nuestro lado!.

¡Hasta nuestro próximo encuentro cara a cara, sonrisa a sonrisa, jubiloso abrazo!.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.