Espectáculo en El Tablao

Palmas flamencas
Destacados: 
  • Volvió a llegar el tercero de octubre, esta vez en el año 2017.
  • Carlos ha caminado por el Calvario durante muchos años, maltratado, no tratado bien, como persona, conforme a su dignidad y a su belleza.
  • Se enamora de las personas porque es capaz de mirar más allá y descubrir esa luz interior, esencia de la verdadera belleza del ser humano.

Espectáculo en El Tablao

Volvió a llegar el tercero de octubre, esta vez en el año 2017. Día de fiesta doble: la de san Francisco de Borja –antiguo duque de Gandía, nuevo duque de la Alegría– y la de mi amigo Osqui, duque de la audacia, que cumplió su vigésimo octavo año –y nueve meses– en esta tierra. Para celebrarlo, como acostumbra, montó una fiesta. Montó la fiesta que más le apasiona: el encuentro. Me escogió a mí –tanto me quiere– y escogió, para completar el trío de corazones, la sorpresa del encuentro, del día, del mes, del año…, un ser de preciosa perla blanca en el pecho: Carlos, el conquistador silencioso. 

Como buen amante del gastronómico cante, no dejó al tuntún la suerte de la mesa, nos invitó a volar a una isla de esa tierra cuya simpatía y color le emocionan, Andalucía, que descuella en La Navata, a tiro de piedra de nuestra casa, la sierra de Madrid: la freiduría andaluza El Tablao. 

Realmente, la fiesta empezó ya en el coche con la música de la ilusión de Osqui y la suave presencia de Carlos –voz y mirada claras–, anunciadora de su grandeza. 

Ya en El Tablao, nos hicieron un hueco en su agradable terraza a la sombra del calorcito de este octubre. Frente a mí, tenía a dos gigantes de esta vida: dos personas que se dedican al más importante oficio: hacer la vida más bella. La bondad de sus corazones es la belleza de este mundo, esa belleza en la que otros –como yo– nos bañamos, nos limpiamos el egoísmo y nos volvemos rocío de esa luz buena que tanto necesita este mundo helado de tinieblas. 

Osqui, eslabón entre Carlos y yo, hizo de director de orquesta. Sus ganas de que supiéramos el uno del otro corrían por su estupenda mente y salían hacia nosotros como el agua de un aspersor, estimulando y avivando los verdes de nuestras tierras, las aventuras de nuestras vidas. Así, a Carlos y a mí se nos hizo fácil entrar en vereda. También ayudaron, en gozoso segundo plano, las alegrías de la casa: el fresco salmorejo cordobés, un queso excelentemente curado, unas croquetas de coloridos carabineros, unos boletus entre palmas de ajillo y unos calamares bailaores.

La voz de Carlos es serena, como lo son sus ojos y sus gestos. Y sus oídos: en el alto arte de la escucha es diestro. Su pensamiento camina tranquilo –piensa lo que dice– y su empatía es ágil, gracias a lo cual, en el mayor arte, el de la conversación, se encuentra en su casa. Qué gusto da sentarse enfrente de personas que tienen ganas de escuchar y cosas que contar, que desean comunicarse para enriquecerse. 

Carlos es bueno, sencillo, sonriente, discreto, atento, agradecido, generoso…, aúna en sí muchas de las características del hombre inteligente. La inteligencia –conviene siempre aclarar–es la capacidad de la alegría, de sonreír profundamente –desde la profundidad de uno mismo, lo que no siempre tiene por qué manifestarse en una sonrisa en los labios–, la puesta en marcha de la felicidad que vive dentro de cada uno de nosotros. Resulta ser, sin embargo, que a Carlos le han repetido, a partir de alguna “brillante autoridad”, que tiene “inteligencia límite”. Le han etiquetado, le han marcado, le han dañado gravemente. Y mientras seguían en sus despachitos calibrando “coeficientes, normalidades y no sé qué otros demonios”, Carlos ha caminado por el Calvario durante muchos años, maltratado, no tratado bien, como persona, conforme a su dignidad y a su belleza.

¿Es que acaso hay inteligencia en la tierra que no sea limitada?. ¿Hay alguien que sea capaz de vivir su felicidad plenamente, capaz de saborear todos los momentos y atravesar las circunstancias sacándoles todo su jugo?. Pues no: los que lo hacen ya no están en esta tierra de sabihondos de escuálida estofa.

Da que pensar lo que algunos “tipos cualificados” –nunca apasionados– determinan, firman y sellan. Da que pensar, conociendo y contemplando a Carlos en este mediodía jubiloso, que el “reverendísimo oráculo” haya dictaminado como límite su inteligencia, pues, siendo todas limitadas –y todas potencialmente iguales: todos podemos ser igual de felices–, la suya, ya a bote pronto, revela  un rendimiento –aquí está la diferencia: en la puesta en práctica de esa potencia– magnífico: un chaval que no se abandona al desangramiento: se deja vendar, abre las ventanas a la alegría que ilumina y cura, camina, lucha, escucha y aprende, se fortalece, se hace grande; un chaval que, a pesar de haber sido humillado, jamás injuria: se compadece y perdona; un chaval que sabe conversar en este mundo de besugos; un chaval con una sensibilidad maravillosa: se enamora de las personas porque es capaz de mirar más allá y descubrir esa luz interior, esencia de la verdadera belleza del ser humano; un chaval que infunde esperanza: ganas de vivir, de volar, de disfrutar, de compartir. 

¡Cómo corrió el tiempo sin darnos cuenta!. ¡Cómo gocé con esos cuatro pares de ojos, luceros de hogar!. ¡Qué ganas de más me dejaron mis valientes interlocutores!. 

El chocolate del brownie fue la ilustración de la apetitosa voz del corazón de Carlos que, junto con la de Osqui, se hicieron un solo canto para regalarme un espectáculo fenomenal: el canto de la libertad, de la alegría que siempre vence a la tristeza, de la sencilla poderosa unión que nos permite, hombro con hombro, superar todos los obstáculos en la vibrante carrera hacia la Feliz Meta.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.