Heces e ideologías

Fotografía extraída de misviajesporahi.es

Hay personas que se transforman en símbolos. Con su sola mención, se desencadenan una serie de reacciones y prejuicios que determinan por completo el rumbo de una conversación. En el mundo intelectual Tomás de Aquino es un claro ejemplo. Cuando comparece este personaje en alguna conversación de inmediato suenan las alarmas: católico, ultraconservador, moñas, abducido, títere... Se cierran los oídos, los ojos y la boca, se asiente con bastante amabilidad y se deja de escuchar. O por el contrario, un regocijo invade el alma, las pupilas se dilatan y la boca empieza a salivar, se reprimen las ganas que dan de levantarse a aplaudir y de inmediato el impresentable barbudo que teníamos como interlocutor, se convierte en un respetable joven intelectual. Tanto una como otra reacción son una terrible equivocación, y no por que resulten exageradas, sino por el sencillo hecho de ser reacciones y no razones. Resulta tan  lamentable que un hombre calvo, regordete, célibe y muerto hace siglos consiga levantar los humores de los más ilustrados y aguerridos representantes del fin de la moral; como que un viejo loco y bigotudo, siempre al borde del colapso le ponga los pelos de punta y el calor en la sangre a un venerable cura parroquiano. 

Lo que pasa es que en nuestra época hemos conseguido progresar mucho a la hora de pensar; ya no escuchamos las voces del pasado, no nos hace falta. Lo que hacemos ahora es adquirir packs de pensamiento. De este modo, nos ahorramos la pena de recorrer de cabo a rabo las obras de los autores y sencillamente les otorgamos un sí o un no general. Si lo que dice Tomás de Aquino está de acuerdo con mi modo de vivir, entonces aceptaré gustoso el pack Aquino, si no, buscaré un pack que se adapte más a mi personalidad. Así, los pocos que hoy en día se preocupan por resolver la pregunta por el sentido de la existencia tienen a la mano un método sencillo y fácil para solucionar de un golpe dichas inquietudes. No nos hace falta buscar el sentido de la existencia, porque hay varios sentidos de ella previamente pensados por otro, que se nos ofrecen para que podemos elegir el que nos guste. De ahí que la profundidad a la que está llamada nuestra inteligencia humana se manifieste en compartir o retweetear frases profundas en las redes sociales. De ahí que el público aplauda eufórico a Belén Esteban en sus intervenciones, y de ahí que cuando nos hace falta abrir el ojo de la inteligencia para cuidar adecuadamente de los nuestros, el ojo esté tan legañoso que nos volvamos incapaces de saber como hacerlo de verdad.

Lo que pasa es que en nuestra época hemos conseguido progresar en muchas cosas menos en valentía. En eso nos hemos retrasado mucho, porque si pensamos del modo en que pensamos es porque tenemos un miedo espantoso a la verdad. Al pensar en packs nos escondemos tras una serie de ideas que nos defienden de la realidad, incontrolable, salvaje, y rotunda. Nos hemos acostumbrado a manipular muchas cosas, y ahora queremos pensar que es posible que podamos manipularlo todo, que podemos hacer todo a nuestra voluntad para que todo resulte como a nosotros nos viene bien que resulte. Pero como en nuestro fuero interno estamos convencidos de que no puede ser así, nos defendemos con series de ideas. Que esas sí que las podemos amoldar, y decidimos que son verdaderas las que describen la realidad del modo más parecido al que se nos antoja. Por este motivo pensamos en packs, y por este motivo no pensamos si lo que dice una persona es verdad o no, sino más bien decidimos si nos gusta o no el paquete de ideas que esa persona simboliza.

Pero además del miedo a la verdad que reside ahí fuera, tenemos miedo a la verdad que anida en nosotros mismos. Tenemos miedo a reconocernos miserables, mezquinos, locos, avaros y estúpidos. Preferimos que nos doren un poco la píldora, y que diluyan nuestra responsabilidad en un barullo de frases confusas, resentidas e inconexas; en una serie de clichés y lugares comunes, y que nos repitan, como nos repetían nuestros padres el padrenuestro, que la verdad depende del contexto, que todo fluye, y que en realidad nunca nos equivocamos porque el mal no existe. Y así andamos, como un hombre con la cara embadurnada de heces vacunas que se niega aceptar que huelen mal, y además argumentamos que así nos gusta llevarlas. O preferimos decir que las heces no existen y que nuestra naturaleza está malograda, que necesitamos el complemento de la medicina moderna, de los calmantes y los antidepresivos; es decir, preferimos taparnos la nariz antes de mirarnos al espejo o lavarnos la cara. De ahí que hoy en día tengan tanto éxito las ideologías y tan poco la filosofía que habla de la verdad. 

Las ideologías son la única manera de paliar nuestros anhelos más nobles sin pasar por la engorrosa tarea de enfrentarnos a nosotros mismos. A través de las ideologías podemos defender la igualdad, la injusticia, y otros ideales nobles sin usar apenas la cabeza. Es la manera más eficaz de renunciar a la responsabilidad que implica ser libre porque se piensa que no hay culpa si los demás nos dicen qué es lo que tenemos que hacer, decir, pensar o sentir. Pero así la vida se diluye poco a poco, día tras día, y nos va mermando poco a poco bajo una falsa apariencia de seguridad y control. Tú tranquilo que otros ya piensan por ti. 

Por eso resultan tan molestas las personas que hablan del bien y del mal o de la verdad. Porque suelen admitir la existencia de las heces, que todos sin duda llevamos encima, sin ningún tapujo. Y lo que es más molesto aún es que lo admiten aún levando ellos mismos un montón de mierda encima. Por eso los filósofos no están de moda, y los que lo están, suelen ser bastante mediocres. Y es que dicha labor de decir las cosas tal como son, no es una labor muy grata y menos aún en los tiempos que corren. Quizá por este motivo Tempier prohibió algunas tesis de Tomás de Aquino allá por 1270, y es posible que por la misma razón hacer una tesis doctoral, un artículo o un comentario sobre el buey mudo de Sicilia, implique o bien un suicidio académico o bien una excelente carta de recomendación. 

Curiosamente, solo el pensamiento que vive al margen de las ideologías es capaz de entender que Tomás de Aquino fue tan solo un hombre, y que si bien hablaba con adecuación de lo real, su pensamiento no es la última palabra, ni mucho menos. Y por eso no hay que temerle ni adorarle. Aquellos que se dedican a pensar, entienden que la razón está siempre abierta al misterio, pero al mismo tiempo, y precisamente en esa medida, está siempre abierta a la verdad; se dan cuenta de que pensar es entender que hay cosas más allá de nuestro poder y que muchas veces las cosas no serán como nosotros queramos, sino sencilla y sorprendentemente como son. 

Esta actitud, curiosamente, es imprescindible para aquellos que quieren ser capaces de reconocer la mierda en ellos mismos y en los demás y aun así estar dispuestos a abrazar. Porque quienes tienen la osadía de plantarse ante un espejo, aún a pesar de ver mucha mierda, encuentran detrás de la mierda algo más tremendo y glorioso que toda la mierda que puede haber en este mundo: su propio rostro. 

Categoria: 

Sobre el Autor
Imagen de M. Covarrubias

M. Covarrubias

Filósofo, escritor y periodista.

6 Responses to "Heces e ideologías"

Gabriela de Cov... (no verificado)

Mar, 29/01/2013 - 05:53

Me siento sumamente orgullosa de leer las cosas tan profundas que escribes Marcelino, hoy nada menos leía como un ateo se expresaba de una forma muy despectiva de Santo Tomas de Aquino... Lo único que me inspiro fue pena de tanta ignorancia. Saludos querido hijo

Antonio Carrillo (no verificado)

Mar, 29/01/2013 - 12:01

Profundo y muy bien escrito. Las últimas líneas, fabulosas.

Puede estar orgullosa, estimada señora. Y con razón.

Imagen de M. Covarrubias

M. Covarrubias

Mar, 29/01/2013 - 14:18

Muchas gracias por los comentarios. De verdad. 

Nadie (no verificado)

Mar, 29/01/2013 - 20:47

Sin embargo, aquí parece persistir un pack, una y otra vez se repiten las palabras "en nuestra época". Ni todos nos detenemos en tweets hoy día, sino que leemos libros completos, ni todos en el pasado eran siquiera lectores. Esta ilusión proviene de sólo ver a los grandes y no al pueblo en común. También hay que ver esta situación, que explica, aunque tal vez no justifica, por qué armamos ese pack: a diferencia de antes, hoy hay ya demasiada historia, demasiados pensadores y demasiados criterios, antes era casi todo de raices aristotélicas o, simplemente, cristianas. Además,¿ no se escondían tambien los antiguos ante fe para con la realidad?Estoy de acuerdo sobre la existencia del bien, del mal y de la verdad y de con esfuerzo se podrá romper todo misterio del mundo: no más biombos, lo que estoy en contra es de esas personas que saben, sin duda, cual es la verdad, el bien o el mal. Por ejemplo, podemos entender que está mal insultar.

Germán Pinto Sa... (no verificado)

Mié, 30/01/2013 - 18:50

Me parece excelente, Marcelino. Gracias.

Pueblo sumergido (no verificado)

Mié, 13/02/2013 - 18:33

Da gusto leer un artículo sobre la importancia de coherencia , artículos que hoy en día por desgracia escasean.