Hombres de luz

Foto archivo El Capricho de Galicia

El faro

La diferencia entre una muerte fría, oscura y tremendamente desgarradora, y la vida es, simplemente, una luz en el horizonte: gracias a Dios, existen personas que han nacido para ser faros.

Antes de que existiesen los faros nadie se atrevía a volver de noche a casa. Sin embargo, se dieron cuenta de que los alrededores de la casa siempre estaban a oscuras, y necesitaban traspasar esa oscuridad, ese vacío que existía alrededor, para llegar al calor del hogar: para poder ser ellos mismos.

Así fue cómo el bendito Dios nos mandó esas personas –los faros en la oscuridad–, auténticos conservadores de vida. La luz no les pertenece, pero se ha quedado con ellos. Nunca darán la vida, pero a su lado todo se conserva.

Es por eso por lo que los faros siempre viven solitarios en agrestes puntas al borde de la tierra, al lado del abismo. Su misión es dura, pero preciosa a la vez: mantener a salvo lo poco queda de vida en esta Tierra, gracias a lo poco que queda de luz.

Y no es bueno que los demás quieran ir a acompañarles, mejor resulta dejarles así, solos, porque los demás no tienen la fuerza necesaria para estar al borde del abismo. No hay que olvidar que donde hay luz también se reúnen millares de seres que quieren fagocitarla, quieren que reine la oscuridad.

Sí, cuando estás perdido en un mar embravecido y violento, a punto de destrozarte –es decir, casi siempre–, aparece en lontananza esa luz que te guía, esa luz que te salva. Pero no quieras llegar hasta ella, tú dirígete a tu hogar y deja que la luz brille sola al borde del abismo; si intentaras alcanzarla acabarías entre las fauces de los caníbales que la asedian día tras día.

En ocasiones se da la cruel circunstancia de que uno de los caníbales que rondan la luz toma aspecto de víctima dolorosa e intenta tomar el faro a base de dar pena. Olvidan esos seres que la luz no pertenece al faro, olvidan esos diablos que el faro siempre estuvo vacío, nada hay en él que puedan llevarse a la boca…, por eso se instaló allí la luz: tenía todo el espacio del Universo en aquel sencillo lugar y, desde allí, podía lanzarse por doquier en su afán de ser esperanza en tantas pupilas.

Pero los pobres y lerdos diablillos nunca entenderán lo que significa entregarse, donarse, darse… Y pasarán toda su vida en busca de aquello que les pueda aliviar la profunda sed que sienten, sin comprender que el remedio está no en beber, sino en deshacerse en gotas para que los demás se sacien.

En fin, así es como tiene que ser, y el faro volvió a quedarse solo, aislado en medio del final de la vida, al borde del abismo, rodeado de millares de engendros que, tras parar un momento para intentar entender una breve intuición de cordura, se volvieron a lanzar en estruendoso vociferio tras sus piedras.

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Sobre el Autor
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D. Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.