Introducción a la Historia de la Grafología

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Introducción a la Historia de la Grafología

Existen numerosas referencias y citas antiguas que indican la inquietud por la interpretación del carácter de las personas, y ya Aristóteles y Demetrio anticiparon que la escritura revelaba el carácter. El sistema de la Grafología actual fue creado por el abate francés Juan Hipólito Michón (1806–1881), quien escribió el primer tratado de grafología que da nombre a esa ciencia.

En realidad, el interés por la escritura es muy lejano en el tiempo y han existido culturas muy desarrolladas, como la del antiguo Egipto, en donde era considerada como algo sagrado o en China, que se le tributaba un culto especial. No fue fácil conseguir representar los sonidos emitidos por la voz humana en algo material y por eso su evolución tuvo tres etapas: la pictográfica, la ideográfica y la fonética, sin que podamos atribuir el invento a ningún país en concreto.

Posiblemente cada raza o grupo de personas tuvieron su propio sistema, lo que explicaría la gran cantidad de idiomas y dialectos que existen en la actualidad. Los que más perfeccionaron el sistema fueron los egipcios, con sus populares jeroglíficos o pictogramas, a los que añadieron poco a poco elementos fonéticos y pietográficos. Después vinieron los fenicios, que adaptaron el sistema egipcio y sus signos alfabéticos, modificándolos para dar paso con el transcurso de los años a las escrituras hebreas – samaritanas, arameas, griegas, etruscas y latinas. Simultáneamente, y sin que parezca existir una conexión entre ambas, se desarrollaba la escritura china, basada en ideogramas y que poco a poco se convirtieron en signos convencionales que representaban escenas y comportamientos. Este sistema, que aún perdura en gran medida, fue adoptado por los japoneses. La escritura cuneiforme se elaboró en los territorios del Éufrates y el Tigris, de Persia, Armenia y parte de Egipto, aportando la peculiaridad de caracteres con forma de cuña o clavo. Esa escritura era ideográfica, con caracteres silábicos, y poco a poco se esquematizó y se hizo casi definitiva.

En América, sus habitantes también desarrollaron formas de escritura que plasmaban en rocas, maderas o papel. Los Jeroglíficos aztecas son una prueba de ello, aunque no consiguió evolucionar después de la conquista de sus territorios, algo que se consiguió con la de los mayas cuando paso de jeroglífica a alfabética. Ambas formas de escritura, la pictórica y la ideográfica, permanecieron en sus países de origen y casi has desaparecido en la actualidad, dando paso a una forma generalizada de escritura fonética y alfabética que consiguió ser casi universal por la facilidad de aprenderla. Esencialmente, la escritura tal y como la conocemos ahora en Occidente, es de origen fenicio, cambiando poco apoco a las ramas griegas, latina, cartaginesa, hebrea, aramea, árabe, etíope e hindú.

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Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.