La cobardía del vouyer

La ventana indiscreta
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  • No sé si Hitchkock o el francés a la virulé se acordaron de las primeras miradas: las que nos hacen hombres, la mirada de un padre y una madre que ama a un niño que enfermará de muerte si no aprende a amar.
  • Con toda sinceridad, si no se acordaron no me importa.
  • Los que me importan son los hombres de hoy, hombres a los que se pueda ver citándose consigo mismo en la mirada del otro.

La cobardía del vouyer

En esta vida, lo claro ha de eliminar lo oscuro y lo sencillo –esa mirada limpia y agradecida– ha de transformar lo complejo.

David LC, Infinitas maneras de llorar, Ed. F.G.

Si fuera pintor –como lo fui en mis fantasías de niño– y me pidieran que pintara un cuadro que reflejara el mundo de hoy, pintaría algo estilo voyeur, a alguien mirando por una ventana o por el hueco de una cerradura antigua.

Detrás de ese agujero, no pintaría una escena mezquina o macabra, al estilo de Hitchkock en “La Ventana Indiscreta”, ¡qué va! Pintaría las escenas más representativas de la vida, las que hacen que ésta merezca las penas pasadas y venideras: pintaría un nacimiento, una declaración de amor, un abuelo con sus nietos o un nieto que aprende de su abuelo, o una de esas escenas donde los pequeños de esta tierra miran como sólo ellos saben, con agradecimiento. En definitiva pintaría todo aquello del mundo que, cuando pasa, hace que el mundo deje de ser el mismo… para siempre.

Esa sería la escena de hoy, no la del paisaje, sino la del hombre que mira: la del cobarde. Un filósofo y dramaturgo francés del siglo pasado, con mucha labia y un ojo a la virulé, se atrevió a hablar de la mirada del otro, como una mirada que amenaza nuestra libertad, una mirada que promete el infierno y que nos pone en una situación indefensa.

Esta era para él y para el que aplaudió en sus teatros o lo buscó en las bibliotecas la típica mirada del otro; esta es hoy también –para el que cruza los brazos, para el que desprecia la vida– la mirada típica, una mirada a la virulé, de cobarde, de vouyer.

Hoy, como en La Ventana Indiscreta de Hitchkock, la tierra está plagada de esos hombres: enyesados, en sillas de ruedas, aburridos, confinados en un apartamento. Verdaderos discapacitados que miran al amor con desprecio y no saben mirar a los ojos de aquellos a los que quieren querer con sinceridad, con las manos desarmadas y los brazos abiertos.

Es curioso que nos encontremos en la era en la que más se habla del eros, y en la que menos se ama. Estos son los tiempos donde son los cínicos los que narran cada capítulo, capítulos en los que no existe ni el sufrimiento ni la alegría y en los que todo lo que tenga que ver con la vida se viste con tonos burlescos y de mofa. Son los tiempos en los que Edipo volverá a extirparse sus ojos.

No sé si Hitchkock o el francés a la virulé se acordaron de las primeras miradas: las que nos hacen hombres, la mirada de un padre y una madre que ama a un niño que enfermará de muerte si no aprende a amar. Con toda sinceridad, si no se acordaron no me importa. 

Los que me importan son los hombres de hoy, hombres a los que se pueda ver citándose consigo mismo en la mirada del otro, con miradas que hablen palabras eternas y de compromiso, miradas plagadas de fertilidad y que guarden los arcanos que descubrieron nuestros antiguos: que el hombre que mira y se descubre en las pupilas del prójimo es un hombre al que se le hace presente una nueva y secreta oportunidad de amar. Este será el auténtico superhombre, un hombre agradecido.

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Sobre el Autor

J. Carrillo