La Edad de las Tinieblas (aniquilando España II)

Heridas del pasado y del presente
Destacados: 
  • Corren tiempos inquietos en estos lares.
  • El dolor y la desesperanza se ceban en millones de hogares, en millones de almas.
  • La soberbia y el egoísmo están haciendo estragos.
  • Y muchas personas comienzan a sentir que la muerte es la única salida.

La Edad de las Tinieblas

–Aniquilando a España II–

No sabe absolutamente nada y cree saberlo todo… Está perfectamente preparado para la vida política.

Cfr. B.S.

Corren tiempos inquietos en estos lares. El dolor y la desesperanza se ceban en millones de hogares, en millones de almas. La soberbia y el egoísmo están haciendo estragos. Y muchas personas comienzan a sentir que la muerte es la única salida.

Aún así, el hombre resurge de las cenizas, cual ave fénix, potenciando su creatividad y su buen hacer. Muchos dan ejemplo de esperanza, ilusionándonos a todos con su fortaleza, con su magnanimidad, con su honor. El amor no ha muerto, y sigue invitándonos a que nos abracemos.

Los países desarrollados están profundamente heridos, envejecidos por el odio, por un cientificismo decimonónico, por el trágico abandono de sus raíces más trascendentales, por una absurda idea de justicia, por una enana, penosa y absolutamente esclavizante realidad educativa, por una dolorosísima pérdida en la identidad de las personas, por un insultante rechazo del ser humano en sí mismo, por la ignorancia sobre el mal y el bien y por un desesperado y angustioso afán de jamás tratarnos como hermanos. Los mal llamados países desarrollados están podridos.

Aún así, entre tanta basura surgen las mejores flores, las más fuertes, las más bellas, y consiguen renovarlo todo; porque el día en el que esto no ocurra, esta tierra, tal y como la conocemos, habrá dejado de existir.

Normalmente, cuando alguien se plantea ayudar, suele mirar a las zonas menos desarrolladas del planeta y, concretando más, a los niños más pobres. Les toca más “la patata”. Resulta algo más difícil que se ocupen de sus padres, aunque menos de sus madres (esto también les toca “la patata”). Y de los ancianos... Pues muchísimo más difícil es que se queden a sacar adelante su propia familia, su propio barrio, su propia región.

Normalmente, cuando alguien quiere trabajo en estos tiempos se larga de su país desarrollado o no desarrollado para hacer fortuna en otros sitios, sobre todo se larga si es España, por ejemplo. Resulta muchísimo más difícil quedarse, unirse y dar solución al asunto.

Aún así quedan hombres que juntan sus hombros y, mano a mano, ayudan, crean, trabajan y hacen que los demás vuelvan a creer en la profunda fuerza de nuestra inteligencia y de nuestro amor cuando trabajamos unidos.

Dentro de la realidad que es el ser humano, es muy posible que lo más importante sea llegar a conocernos, para así poder aceptarnos y superarnos. Pero para eso deberíamos dar más importancia al ser que al tener –de hecho, la felicidad está en lo que somos no en lo que tenemos–, y hoy en día esto brilla por su ausencia... Salvo en cierto tipo de personas.

Decía Etty Hillesum, que nadie que quiera sanar a otra persona podrá lograrlo si no le ama. El amor sana, lo demás es poner parches. Por eso no nos extrañamos de que hayan querido –y sigan haciéndolo– corromper no sólo la palabra, sino también la realidad del único remedio que puede salvarnos y devolvernos nuestra grandeza: el amor.

Vivimos tiempos oscuros, donde los que deberían ser ejemplo están podridos, donde demasiados sólo miran por su terruño y ascienden a base de utilizar a los demás como peldaños. En estos tiempos, la mayoría de las diversiones consisten en herir al otro o a uno mismo. En estos tiempos, la búsqueda absoluta de felicidad ha llevado a la irracional búsqueda de placer y de gozo a toda costa.

Queremos tener..., tener de todo; pero, principalmente, queremos tener seguridad y control. Procurar la primera es una de las mayores tentaciones de nuestro siglo, acceder a la segunda –a parte de espejismo vano y sueño utópico– es conseguir dominar, llegar al poder, tener fama: la patraña más inservible que nos podamos creer, aunque tanto daño pueda llegar a ocasionar.

El amor que más necesitamos es aquel que jamás nos mereceremos: antes de existir nada éramos, por lo que no nos ganamos la vida. Todo el sustento que nos dieron hasta conseguir valernos por nosotros mismos tampoco lo merecimos, pues nada podíamos hacer para lograrlo, salvo vivir...: pero también vivíamos gracias a otros. Y lo poco o mucho que hemos aprendido antes de decidir qué queríamos saber, y todo el universo en el que existimos, jamás hicimos nada para merecerlo –aunque a ratos sí hacemos cosas para corromperlo–, al igual que la verdad, o nuestra grandeza, o la maravillosa inocencia de tantos...

Resulta profundamente penoso ver los valores que priman hoy día: el éxito material a toda costa, el control mental de los demás utilizando el maltrato psicológico principalmente; la adorada utopía de la salud, que acaba transformándose en la búsqueda de la eterna juventud; al absurda creencia en que la velocidad y la rapidez son síntomas de eficacia y eficiencia; el profundo individualismo que ha destrozado cualquier intento de familia libre, creativa y amante de la vida; la tan ponderada razón, que igualaron a ciencia y, por ende, a verdad; la palurda creencia en el evolucionismo bioquímico del ser humano, o en que es un compuesto dualista de alma y cuerpo, o, lo que es peor, en que descendemos de unos extraterrestres tremendamente evolucionados y asquerosamente inmortales.

En fin, cuando los hombres empiezan a pensar en lo que realmente les gustaría que fuera todo esto no hacen otra cosa que parir infiernos a cada cual más desgraciado. El hombre siempre ha sido un misterio para él mismo, y pocos se aventuran en el asombroso viaje que lleva hacia uno mismo: lo que antaño se llamaba conversión. Llegar hasta lo más hondo de nuestras raíces es comenzar a querernos, es iniciar la mayor aventura que alguien puede vivir. Y es cierto que nuestra raíz está enferma, pero con paciencia, cariño y la verdad que descubrimos cuando trabajamos juntos todo puede llegar a sanar.

En uno de los editoriales anteriores comentamos que algunos nosferatus nos han llevado hasta la Edad de las Tinieblas, pero no es menos cierto que, aunque vivamos en penumbra, siempre nos quedarán hálitos de esperanza con los que poder ver y distinguir dónde están el honor, la lealtad y todos esos hijos de puta que quieren aniquilarnos. Gracias a eso, sabremos luchar donde hay que hacerlo y descansar cuando llegue el momento, con una sonrisa en los labios y una luz en el alma, amando siempre, que no es otra cosa que vivir la verdad aunque nos lleve a la muerte –de todas formas..., morir, lo que es morir, todo el mundo lo cata; mejor, pues, entre abrazos. La alternativa es inhumana: sucumbir a la fuerza del sino y al cinismo trágico que le acompaña (cfr. A. de Silva).

Por eso, en los Ritmos del Siglo XXI, luchamos por el gremio y la cita de dos amantes; por memorias que nunca mueren y por el posible encuentro entre los hombres; por aquello que hace de la vida todo menos una pesadilla incontrolable. Luchamos por el brazo largo del honor y del recuerdo; por todo lo que puede levantar a un ser humano por encima de las arenas movedizas de sus propios estados emotivos, y darle el dominio sobre el tiempo pasajero (cfr. G. K. Chesterton).


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Redacción

Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.