La gran niña

Peonía recién nacida en el jardín

La gran niña

–Maximina Perucha Bodega–

¡Acaba de reventar el reloj, la eternidad ha irrumpido en la Tierra –en mi corazón–, la mañana nublada ha sido atravesada por un rayo fulgurante, una nueva deslumbrante: la abuela–niña, mi amiga, Maxi, ha llegado a su Cielo anhelado!. ¡Ya está toda guapa, ya canta sin cesar esa su oceánica espectacular sonrisa!. ¡Ya está toda sana, toda ágil, ya respira limpiamente con sus nuevos vigorosos pulmones!. ¡Ha alcanzado la victoria su corazón feliz, ya su vida es plena, rebosante de gloria pura e incesante!. 

Algunas noticias no pueden esperar a ser contadas, se vuelve indómita de cantar la pasión cuando es tan hermosa la canción. Un día llegó la abuela Maxi a la residencia y con ella su río de alegría. Me tocó el gran premio de acostarla cada noche. Pronto descubrí que esa abuela era una niña, cuando la oí reír y cuando la oí llorar: ambos actos los realizaba con tremenda vehemencia. Su llanto era estrepitoso, clamaba, por el corría la sangre de sus heridas. Su risa era la de Dios, jubilosa, todo brío, canto y belleza. Reía más que lloraba. Sonreía más que padecía. Su llanto vivo reclamaba compañía, comunicación, ganas de jugar a vivir. Su risa era el cauce por el que discurría su felicidad, que ocupaba su rostro por entero, inflamaba el de todo aquel que lo mirara de verdad y llegaba veloz al fondo de esos corazones abiertos para sanarlos. También su niñez estaba estampada en sus ojos. Ojos muy, muy abiertos, atentos, sensibles, inquietos, dulces, sinceros. Ojos de niña. Ojos de vida. Ojos de amor.   

Cada noche a su lado, al llegar a su habitación para acostarla, se convertía en una pequeña gran fiesta. Ya al ponerle el pijama, cuando escuchaba de mis labios “¡guapa!”, “¿cómo está mi amiga Maxi?” y las cariñosas exclamaciones que espontáneas salían de mis labios, se iba calentando su risa como el motor de una moto, a acelerones. La habitación se iluminaba. La primera cotidiana carcajada sucedía al echarla a la cama. Al principio, lo hacía sólo, pero por su volumen y peso, decidí pedir ayuda a algún compañero que pasara cerca. Al aterrizar en la cama, tronaba su risa, pienso yo que celebrando la heroicidad de que hubiéramos podido con ella una noche más. Qué risa grande y redonda. La segunda carcajada llegaba cuando, ya tumbada y tapada, le deseaba buenas noches con un beso potente –¡cómo le gustaban los besos!, eran como la cinta que subía de corrido las persianas de su sonrisa, dejando lucir su corasol– y estas palabras: “que duermas con Papá-Dios, con Mamá-María, la Virgen, y con el ángel de la guarda de Maxi, que te quieren y te cuidan; yo también te quiero y te cuido y mañana estaré contigo”. Era pronunciar las palabras “Papá” y “Dios” y su risa volaba de puro gozo, de puro placer, teniendo otra cresta de sonoridad en María y otra en su ángel. Asomaba por sus ojazos una grandiosa libertad, una desnuda felicidad. Qué ufana llegaba la niña Maxi a las orillas del sueño. Y qué sonriente y renovado marchaba yo cada noche de su habitación: por tener la dicha de jugar con ella, de entrelazar nuestras alegrías, de abrazarnos, de vivir un ratito en el Cielo, y por acercarme cada día un poquito más a ese granito de mostaza que mueve montañas, por sabernos a ella y a mí en Tan Buenas Manos. 

El quinto de este mayo de 2018, sábado blanco, me regaló el último adelanto –risa pura, sonrisa clara– de esa Gloria que alcanzó en la mañana del décimo del mes de las flores, día de la fiesta del Apóstol de Andalucía, san Juan de Ávila, y también, a partir de ahora, de la gran niña Maxi, Maximinina, que proviene del nombre propio latino Maximinus, variante de Máximo, que significa "grande".

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.