La llama de un niño

Foto de B.C.R.
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  • Recuerdo perfectamente el día que llegó a la residencia. Eran las tres de la tarde y estaba profundamente dormido, su expresión destilaba paz, sabor de ángeles.
  • Y recuerdo que pensé: “ha llegado un hombre tranquilo”.
  • ¡Pues, ándale, cuán lejos de la realidad me hallé!, había llegado un culo inquieto–lengua suelta, había llegado al salón un hombre auténtico de muy bonito corazón: Gregorio Calzada Ladrón.

La llama de un niño

–Gregorio Calzada Ladrón–

Recuerdo perfectamente el día que llegó a la residencia. Eran las tres de la tarde y estaba profundamente dormido, su expresión destilaba paz, sabor de ángeles. Y recuerdo que pensé: “ha llegado un hombre tranquilo”. ¡Pues, ándale, cuán lejos de la realidad me hallé!, había llegado un culo inquieto–lengua suelta, había llegado al salón un hombre auténtico de muy bonito corazón: Gregorio Calzada Ladrón. 

Por su mirada despierta, por su cara cómica, su ingenio genial, su vivo sentido del humor, su sonrisa grande como su corazón, pronto le apodé, cariñosamente, “el profesor”. Y le cayó el mote como anillo al dedo: Goyete, el Príncipe de los Ladrones –por su apellido–, en su paso por la residencia, nos dejó la hermosa sabiduría de una sonrisa, la fresca presencia de un corazón de niño.

Parece ser que trabajó en el cine, en el desierto de Tabernas –Almería–, encargándose del decorado y, seguramente, conociendo su inquietud, de mil cosas más. Aventurero por esencia, debió beberse muchos rodajes, debió aprender a interpretar, porque: ¡cuántas risas con sus exclamaciones nos regaló!. Por iniciativa de algunos compañeros suramericanos –estandartes de la alegría–, empezamos a pedirle que dijera frases en alto relacionadas con otros compañeros –bromeando, piropeando…–, para ponerle un poquito de ají a la tarea, un poquito de salsa a la vida. Y era desternillante escuchar el énfasis, la improvisación, los gestos, el genio que le metía el profesor al mandado. Verdaderamente, nos hemos doblado de la risa. Siempre prendido en su corazón el fuego de la Vida, ese fuego cálido, amable e inextinguible. 

Goyo era genial, era especial, era muy auténtico. Recuerdo aquella otra anécdota con una compañera que normalmente trabajaba en el otro salón –el de los “cuerdos”–, pero esa tarde le tocó trabajar en el nuestro –el de seniles y alzhéimeres–, y no le apetecía porque decía que con estos no se podía conversar como con aquellos. Yo le dije que claro que se podía, es más, ensalcé la originalidad, la espontaneidad, la diversión de ese fantástico salón. E, improvisando, le dije: mira, tú aquí le preguntas algo a quien sea y seguro que te contesta una genialidad. Y estando providencialmente Goyo al lado, me lancé al ejemplo y le pregunté con fuerza y alegría: “Goyete, ¿qué te cuentas?”. Y respondió: “¿yo?, pues hasta diez”. Magnífico. Ejemplo perfecto. 

Más allá de las anécdotas propias de un ser ingenioso, lo importante, lo honorable, lo maravilloso, es la personalidad de Goyo: era deliciosa la dulce inocencia conque respondía –con sus ojos y su voz–, era encantadora su sonrisa, era ameno su trato, daba gusto llegarse a él para entrar en comunicación. Disipaba prisas, seriedades y desazones, solía despertar lo mejor de cada cual, siempre quedaba tras su presencia una estela de paz, un relajo, una invitación a la alegría. Sí, podría decir que guardo vivos –¡activos, ahora, eficaces, amantes! cientos de momentos –de palabras, de miradas, de silencios…: de maravillas– a su lado: esos cientos de detalles, de hilos de mil colores, que trenzan la existencia, que entrelazan vidas, corazones, conformando la poderosa solidez del amor. 

A un ser sencillo y afable no puede faltarle el ser agradecido. Goyo, por supuesto, lo era. Siempre que me acerqué a preguntarle sinceramente qué tal estaba –“¡Gregorio Calzada Ladrón, del Mundo el campeón!: ¿cómo va la marcha, cómo te encuentras?”– o a animarle o a hacerle una broma, respondía con entusiasmo y naturalidad  acompañando sus palabras de un “muchas gracias”. 

Su ánimo siempre fue excelente, hasta el final, ¡hasta el Principio triunfal!. Un día le llegó una fiebre y se llevó el color de sus mejillas y pronunció los huesos de su rostro, sin quitarle su gracia, pues esta tiene sus raíces en su inmarcesible corazón. Fue trasladado a la enfermería de la residencia. Horas antes de su muerte, pude pregustar con él la Gran Fiesta que estaba a punto de vivir: cuando le pregunté, después de merendar “¿qué tal la merienda, Goyete?”, me respondió con brillante claridad, con una sonrisa literalmente de oreja a oreja, su tan común sonrisa: “¡cojonuda!”. Sin duda, aquel rostro no provenía de unos músculos viejos a punto de ser incapaces de recibir órdenes de un cerebro casi agotado, que apenas iba a dejar de ser irrigado por un corazón gastado, ¡no: ese rostro era el rostro de la alegría, de la alegría que en seguida iba a estallar en toda su plenitud y por siempre!.

Gregorio Calzada Ladrón, un hombre preciosamente singular, llevó siempre prendida, en su paso por la tierra, una llama en el corazón, la llama de la Vida Mejor, que es ya su única dichosísima realidad, ad eternum.

Gracias, querido profesor, espero cada día y te pido con alegría, recibir el aliento de tu felicidad, tus pequeñas sabias lecciones.

¡Hasta pronto, tan querido hermano y amigo!. 

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.