A la luz de la vida

El rincón de Caldea
Destacados: 
  • La vida es en sí misma hermosa, apasionante, luminosa. Otra cosa es la muerte, el egoísmo y sus hojas secas, los negros agujeros de las ausencias.
  • La vida es estremecedoramente bonita. Por ejemplo: una madre.
  • Una madre buena, un corazón ilusionado, con ganas de vivir, de abrazar más, de conquistarse primero y conquistar después el mundo en cada uno de sus habitantes. Qué hermosa tal madre, qué hermosa la vida en ella.

A la luz de la vida

La vida es para comérsela, para saborearla en todo su jugo

Pascual Boublé

La vida es en sí misma hermosa, apasionante, luminosa. Otra cosa es la muerte, el egoísmo y sus hojas secas, los negros agujeros de las ausencias. La vida es estremecedoramente bonita. Por ejemplo: una madre. Una madre buena, un corazón ilusionado, con ganas de vivir, de abrazar más, de conquistarse primero y conquistar después el mundo en cada uno de sus habitantes. Qué hermosa tal madre, qué hermosa la vida en ella. 

Qué preciosa la vida cuando una madre así es la tuya, cuando una madre así vive a tu lado un día más, un año más: ¡qué presteza para celebrar!. A la madre ilusionada –guapa por sonriente, de piel morena y ondulada graciosa melena, albo el vestido: matices de la ilusión– monté en el coche y puse rumbo a la sorpresa –común–, al abrazo de cumpleaños. 

Pronto las caricias hicieron acto de presencia: la tranquila carreterita que roza Alpedrete y Collado Mediano y saluda a Becerril de la Sierra, el verdor de los robles y de los pinos cerrudos hasta hollar el puerto, las vistas al valle y el plácido cantar del caminito de Cotos y más allá, hasta llegar a Rascafría: el pueblo de la sorpresa, en el valle de El Paular. 

A la entrada del pueblo, junto a la fábrica de chocolate San Lázaro –conjunta amable bienvenida a este terruño serrano–, se halla Caldea: la casa de la sorpresa. Un día del último invierno disfrutado en amistad en este tranquilo pueblo, me invitaron a asomarme a este rincón singular y, en una simple ojeada…: el ojo quedó cautivado y una futura visita se dibujó en mis sueños. Ahora, llegaba la oportunidad de comprobar si aquel guiño decía la verdad…

Aprovechando la gracia del sol de agosto, unas mesitas con sombrillas alegraban la entrada y la madre apeteció un improvisado preámbulo al aire libre, bajo el amable sombrero de una nube propicia, que resultó encantador. Dos cervezas rubias –suave dorado beso de Leffe Blonde para el niño–, la chispa de unas orondas aceitunas y dos petites joies de paté de berenjena, brisas del inminente espectáculo. Y un primer abrazo inesperado surgió, gracias a la despejada alegría de esta familia de dos –la madre y el niño–: sus palabras inopinadamente brillantes envolvieron de gozo a dos lindas personas –tal vez sobrina y tía, nieta y abuela, hija y madre…–, que reemprendieron al poco la marcha al cogollo de la vida renovadas con el tan sencillo como poderoso deseo de ser buenas aclarando sus cabecitas y animando sus corazones. 

Bien refrescados los gaznates, bien abiertas las bocas y bien dispuestos los sentidos, se hizo el momento de cruzar la campesina puerta de madera acristalada que abrió ante nuestros ojos el mágico mundo de esta casa que un día fue un gran pajar. La cálida presencia de la madera abraza por todos lados. La piedra vista agrada a los ojos e infunde su cobijo. Por una magnífica escalera –por supuesto, de madera– fuimos invitados a subir –cual reina y cual príncipe–; fuimos invitados a tocar los románticos cielos de este hogar, donde nos habían preparado una sugestiva mesa para dos con idóneas vistas para contemplar distintos espacios de la casa –el piso de arriba, el de abajo, la barra, la entrada e, incluso, la puerta abierta a la fábrica de los sueños…: la cocina. 

Nada más poner el pie en el piso, tras el último peldaño, comienza la coreografía iniciada por la obertura de la sabia madera: las flores sonríen graciosamente abrazadas en sus floreros, los cristales de las copas lucen límpidos, la luz baila en donoso juego de lámparas –un par de ellas, en su intimidad, se besan–, los manteles tan diversos como las sillas engalanan la estancia en armoniosa danza, a la que se unen un conjunto interesante de cuadros y muebles artesanales. Caldea, además de restaurante, es una tienda de decoración. De entre su selecto y variopinto abanico puedes adquirir esa clase de enseres que proporcionan a las casas luz, calor, color, encanto…

Buen augurio es que el decorado vista magia, pero si los actores no saben bailar en el escenario… la obra resulta una apariencia muerta.

En el arrobado navegar de nuestros ojos por el mar de los detalles, vino a aparecer Gema con su sonrisa de bienvenida, bien abierta como sus ojos y sus palabras, y con la carta de locuras sólidas y fantasías líquidas. Y se retiró con el mismo sonido que hacen las bailarinas de ballet con sus pies sobre la tarima.

Paté casero de queso Cabrales y dátiles, acompañado de mermelada de cerveza y de pimiento rojo... Chipirones rellenos con crema de nécoras… Tosta del fraile: anchoa del Cantábrico sobre escalibada de verdura… Todo poesía fascinante, pero si el bocado no acaricia… es palabra insulsa. 

Nos decantamos en comunión por el paté de cabrales y dátiles, las quenelles de berenjena y queso parmesano en salsa de pimienta rosa y las carrilleras al chocolate blanco –de cerdo ellas y de la fábrica San Lázaro él–. De momento.  Y como agua para esta huertecita escogida de manjares, el diamante blanco de la familia Yllera: el 5inco.5.

Primero, un abreboca cremoso de verduras y chocolate blanco: delicioso. Cortesía de la Casa en las manos de Gema. 

Sobre la noble pizarra, el estupendo sol de cabrales y dátiles coronado por un alquejenje en flor. En dos cubitos, las mermeladas. A los flancos, tostaditas de buen pan. Apetitosa invitación, los ojos abrillantados. Tomamos una rebanadita…, vestimos el pequeño elegante cuchillo… y la untamos; la pintamos de rojo pimiento y…: umm…, ohh..., festival de ronroneos, erizamiento de pieles, asombro de ojos, palpitar de corazones. La templada conjugación del queso y el dátil es impresionante. Una suavidad enamorante enardecida por la exquisita esencia del pimiento rojo, primero, y por el feliz contraste con el lúpulo después. Pan, divino ungüento, mirarse, llorarse palabras enamoradas…

Y la pálida lluvia limpia de Yllera…: guiña en nariz, besa en boca y garganta, entona cuerpo y despabila mente; y te coge de la mano y te va marcando los pasos…, los besos…

Tras el epatante inicio, vinieron las quenelles de Caldea, perfectamente elaboradas: por fuera, de piel fina y brillante, encantadoras; por dentro, la jugosa pulpa de la berenjena se alza en sabroso vuelo gracias a las alas del parmesano, tomando del cielo rosa el salero de sus estrellas. Intensos los bocados…, serenos los tragos…: la madre y el niño, extasiados.

Explotada la tenaz burbuja del tiempo, aparecieron las carrilleras sobre la mesita, arrebatadoras en su jugo a la vista: recuerdo del beso del aperitivo, no hizo falte hincarle el diente a esa ternura de piel de chocolate, de sueño blanco, acompañada con patata asada en su punto de amor. “Oh, cómo puede estar todo tan bueno”, “¡me encanta!”, fueron los dos cantos que los versos de este plato –unidos a toda la previa poesía– trenzaron en los labios de la madre que, con toda la fuerza de la expresividad femenina, desnudaron la entretela del niño y ensalzaron con justicia las manos, sutiles y enamoradas, de Carmen, alma de la cocina. 

Las luces seguían bailando vivas, como el vino en las copas y los manjares en las bocas…: todo uno, todo cuento, sueño vivo. El niño se descubrió, ahora, tras la apasionante oleada de arte y fruición, enamorado hasta los huesos de la eternidad

Con tamaño espectáculo sobre los platos, ineludible era el sabor del postre. Queríamos seguir conociendo a Carmen y Gema nos sugirió –otra vez acertada– la especialidad de la Casa: hojaldre con frambuesas relleno de crema pastelera. Y para acompañar la dulzura, el niño se dejó aconsejar por Carmen: una copita de don PX –Pedro Ximénez–, D. O. Montilla-Moriles, de la fértil tierra de Córdoba. 

Solamente las personas que saben querer bien –hacer bien– consiguen, pues el amor es en esencia siempre nuevo, no sólo que permanezcas suspendido –abrazo largo y profundo–, sino que la vibración sea creciente, la sorpresa incesante: es tan sublime este postre, tan excelente y tan excitante, tan delicado y cariñoso, que las letras sólo pueden invitar a la experiencia para poder rozar su perfección. Una aproximación en escala podría ser: sensual y fascinante crujir, vaporoso bocado, tacto irresistible, duendes rojos, sabor precioso… Un puro placer de los sentidos. Más que un postre, más que una triunfante rúbrica a una catarsis gastronómica: toda una obra de arte.

Su compañero –hicieron muy buenas migas–, vestido entre ámbar y anaranjado, tono de tierra buena, tiene la lágrima tranquila, los labios dulces e intensos y deja, tras su paso, un mar de vivas cabrillas. 

¡Vaya colofón!: con la maestría de mantener, hasta el final, en lo alto la emoción. 

En tal estado de gracia, nos levantamos para apreciar de cerca las lámparas y los muebles, para seguir soñando con los ojos. Por su elegancia, sus colores, su graciosidad…, algunas varias prendas nos placieron, si bien,  lo más oportuno era seguir deslizándonos hacia la gloria, dejando para una próxima –ya ilusionada– visita su adquisición.

Escaleras abajo, retornamos al sitio del comienzo, a la placentera terraza, a degustar un tabaco tranquilo la madre y la miel de Córdoba el niño. Y seguimos respirando vida a la vera de nuestra común amiga María –María Arbeo: ¡la más guapa del mundo entero!–, flamante habitante del Cielo; nos empapamos de toda su luz, saboreamos la dulce realidad de su cariñosa estrecha compañía. ¡Alegría de tres corazones!. 

Nos despedimos muy contentos y agradecidos, conquistados tras la estancia en este lugar, que ya sabemos ideal para cuando en torno a una mesa se haya de abrazar: porque donde a gusto se vive, se ha de volver

Buen augurio es que el decorado vista magia, pero si los actores no saben bailar por el escenario… la obra resulta una apariencia muerta.

Gema es una camarera profesional: baila sobre las maderas, por entre las mesas, a la luz de las lamparillas, con brío pero silenciosa, tan oportuna para servir como para desaparecer en pos del abrazo de los comensales. Sencilla, afable, agradecida, portadora de una clara sonrisa. A Carmen no la vi bailar, pero buceando en cada uno de sus platos me puedo imaginar la destreza en los fogones, el mimo posándose en cada detalle, los sentidos ágiles para conseguir ese punto excelso de belleza en cada bocado.

El corazón de Caldea goza de muy buena salud, por sus venas corre la alegría del trabajo bien hecho, el que a golpe de esfuerzo se reinventa cada día para hacer las mismas cosas, nuevas.

Gracias a Gema, a Carmen y a todos los que, con el amor de su trabajo, día a día, mantienen abiertas al Mundo las puertas de Caldea.

En un paseo muy sereno por el pueblo, nos descubrimos tan ligeros y tan fuertes como el junco, y es que cuando se es abrazado con buenos alimentos: ¡qué fortaleza y qué bienestar!. Sí: físicamente, somos lo que comemos –como espiritualmente somos lo que pensamos y nos convertimos en lo que amamos, like William Lawson says.

Un poquito más allá, camino de vuelta a casa, paramos a recorrer el arboreto de De los Ríos, Giner, que sin vestir sus mejores galas, púdose degustar –especialmente, gozó el niño de los ñires suramericanos: de sus diminutas hojas reveladoras de la maravilla escondida en las cosas pequeñas.

Frente al arboreto, se yergue el majestuoso monasterio de El Paular. Para otro día –¿el de la próxima visita a Caldea?–, queda pendiente contemplar sus entrañas. De su tienda, sí que se llevó el niño unos yogures de la fábrica de Rascafría –de textura emocionante y sabor profundo y genuino– y unas rubias Gabarreras de Mataelpino –muy rica la afrutada Ipa. 

Acariciados como en la ida por los verdores del camino, bajo la luz de un gran sol vespertino, arribamos a nuestros hogares colmados de nueva vida, de vida buena. Hechos uno. De Dios y en Dios.  

Existen, viven, regalan sus presencias, personas que eligen hacerse todo ellas abrazo. Personas como mi madre, como Carmen, como Gema: gracias, gracias os doy simplemente por vuestra bendita libertad. 

Existen, viven, son presencia…: gracias a Dios.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.