La más guapa del mundo entero

Rumba en Matanzas, Cuba

La más guapa del mundo entero

María Arbeo Allende

¡Qué grande su sonrisa!

María: María Arbeo, la más guapa del mundo entero, la niña de La Habana –tierra que la vio nacer–, la niña de la sal y la alegría. 

“¡María Arbeo, la más guapa del mundo entero…!”, así me acercaba todas las tardes a María, con pasión, con cariño, con fuerza, con el amor al que invitaba por sus ventanas abiertas. Ella se sonrojaba y esbozaba una candorosa sonrisa, mientras giraba la cabeza hacia un lado entonando su gracioso uuuh, dejando lucir una de las perlas de su preciosa personalidad: la humildad. Después del sincero piropo, apostillaba yo: “…¡por lo menos!”. Y, como quitándole toda importancia, como aceptando con cariño el halago, ella repetía la coronilla en tono más templado: “por lo menos”. 

Y no exageraba yo, no…, tan sólo, niño admirado, contemplaba… Contemplaba su belleza, manifiesta en otra de sus perlas: la alegría. ¡Qué poderosa y fresca alegría la de María!. ¡Qué luminosa sonora sonrisa ocupaba su rotundo rostro!. 

María vivía, fundamentalmente, bañada en alegría. Por eso, tan a menudo, cuando te llegabas a ella, sonreía, derramaba vida en la mirada, reía, cantaba, bailaba con las manos, soñaba… A sus 89 años, rezumaba alegría, una alegría que –según me confesó su hija– ha llevado puesta toda su vida. Nuevamente, saco a la palestra la gran libertad del ser humano, me reafirmo en mi pensamiento de que se muere como se vive. María sonrió de niña, de joven, de adulta y, como el vino bueno, como el buen guiso, su sonrisa fue ganando garbo y embelleciéndose más y más. Y en su vejez: ¡qué donairosa, amplia y colorida, qué grande su sonrisa!, ¡fuego bueno que deshace los hielos del corazón!, ¡modelo de visaje triunfal!.  Y como parte aneja a ella y signo de su veracidad y profundidad, siempre en armonioso baile, sus ojillos tan graciosos: guijarros de luz, perlillas azuladas, reflejos de fe, estrellas de esperanza, centellas de amor, espejitos de Dios.

De la mano de su alegría, llego a una nueva prenda: la generosidad. Esa alegría viva que le regaló Dios no la guardó para su exclusivo disfrute, lo que hubiera supuesto su marchitamiento, sino que la empleó para lo que el Amante Donante se la dio: la aspergió sobre los de su vera, les empapó de ella; sí, sus hijas y sus nietos, que venían a estar con ella a la residencia de ancianos con bonita frecuencia, son gentes espontáneamente alegres. Y no sólo a los más próximos engalanó de fiesta: a todos, entre los que me incluyo. ¡Cuántas personas a lo largo y ancho de su vida habrán sido despertadas, reanimadas, abrazadas por su florido balcón!.  

No me hace falta pensar ni remover su baúl para encontrar un tesoro más, a alumbrar mi pensamiento viene instantáneamente otra preciosísima joya: la bondad. ¡Qué buena era María, qué buena era María, qué gozosamente buena!. Sus palabras, sus actos, su presencia, su mirada, permitían llegar al centro de su corazón y contemplar la maravilla que, escrita, podría sonar así: te quiero.

Su mayor “pecado”, su más grave falta, era su inquietud: ¡y quién no, siendo vivaz como María, estaría inquieto entre las cuatro paredes de un mismo salón!, por muy mayor que uno sea, por muy así o asá que le funcione la cabeza. María no paraba quieta, bien sentada, bien caminando, bien en el cuarto de baño, bien cenando… Y, entonces, idóneo momento es de recordar la que sí ha sido tacha mía en algunas ocasiones para contigo, querida María; de recordarla para pedirte perdón en público; y de recordarla para pedirte con confianza, querida amiga, que me ayudes a corregirla: la falta de paciencia. ¡María, ahora que me miras con profundo amor: ayúdame a ser paciente para abrazar!. ¡Paciencia: abrazo: Cielo!.

Conocí a María en la tarde de los Reyes Magos de 2017: ¡qué buen momento para conocerse dos niños felices!. Tan risueña, tan expresiva, tan afable: ¡revolera de luz buena!. Muchas tardes compartí con ella, rico tesoro compartido: sonrisas, besos, miradas, guiños, palabras cariñosas, cantos…, ¡cosas de niños!. ¡Qué bien nos llevamos, cuánto disfrutamos!. 

Y llegó el último agosto, el último pedacito de desierto para María antes del deseado inimaginable Vergel. Y sucedió un acontecimiento muy hermoso: María conoció a otra María, María Victoria, otra niña feliz como ella. Y al unirse esas dos radiantes alegrías…: ¡qué formidable espectáculo, qué flamante arcoíris, qué apasionante encuentro!. ¡La una vertiendo en la otra su cantar formando un deleitoso concierto!. ¡La otra mezclando sus flores con la una para trenzar un fascinante aromático ramo!. ¡Las dos bailando por la vida como si no hubiera un mañana!. Y no es recurso de la pluma para adornar el cuadro, no son palabras recibidas y afinadas: el mismo niño que escribe, ¡invitado fue en vivo a la gran fiesta!, ¡con ellas cantó, bailó, voló, rió y sonrió!. ¡Alegría de Marías!.

Arbeo se llenó de Victoria, María se llenó, más si cabe, de alegría. Tanto se llenó, que el décimo de agosto, jueves, en la fiesta del brillante loco Lorenzo, tras recibir la visita de su nieto y gozar con especial frescura…: ¡su corazón reventó, se volvió océano sin límites para acoger, por fin, rompiendo la barrera de la decrepitud, la Alegría que mana incesantemente novedosa por toda la eternidad!. Y María Victoria: ¡se llenó de la jocunda inolvidable belleza de la niña más guapa del mundo entero!. ¡Qué bonita la vida y qué llena de sentido!. 

María Arbeo, la más guapa del mundo entero, nueva primavera que enjaeza el Cielo: ¡gracias por tu vida y gracias por tu alegría!, ¡alúmbranos en la veredita que nos conduce al Festín que tú ya disfrutas y que juntos, bien pronto, celebraremos!, ¡píntanos una sonrisa en el rostro cuando lucirla se torne heroico!

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.