La Ronda de El Cano

La Perdiz Roja (Foto: Shutterstock).

La Ronda de EL CANO

Aunque el camino no sea siempre fácil, vale la pena emprenderlo.

J. Philippe

La Dehesa se extendía por tierras pobladas de monte bajo, cuajado de una intrincada mescolanza de jaras, madroños y otras especies de arbustos hasta formar un horizonte en el que se divisaban cerros y mesetas cubiertas de vegetación y se adivinaban valles y tierras bajas. Desde las montañas cercanas, discurrían las aguas de un río que se secaba en verano y retenía remansos de agua limpia en los que se veía un fondo de piedras redondas y alguna vegetación en las orillas.

Era verano y los animales montunos habían agotado las bellotas caídas en los encinares. Al atardecer, saciaban su sed visitando algunas charcas, salpicadas en el monte y distanciadas entre ellas. Entrada la noche, recorrían los rastrojos de los llanos, limpios de maleza, en busca de espigas y granos perdidos en la siega.

Juanines había tomado la firme determinación de acabar con un verraco solitario, de gran tamaño y pelaje blanco, que eludía la pericia de los más diestros furtivos del pueblo y parecía mantener con ellos un reto de supervivencia. Amparado en la oscuridad, le había recechado a la luz de la luna y su pequeña perrilla Chispa había perseguido su rastro en los rasos y en las trochas del monte. Parecía que el viejo cochino se burlaba de todos los acosos y se proponía acrecentar la leyenda de su astucia en los corrillos de cazadores de la plaza del pueblo y en las tabernas. 

Recorriendo los rastrojos de los llanos, se detuvo al encontrar muestras recientes de piedras removidas y la huella de un gran macho. Sospechó que, tal vez, fueran los rastros de El Cano y que,  siguiendo el instinto de guarro viejo, hubiera acomodado su encame en algún puntal, cercano al bebedero y a su fuente de aprovisionamiento.  l alcanzar una charca cercana, rodeada de monte, decidió que, tan pronto aflojara el rigor de la canícula, regresaría para comprobar si el gran verraco acudía a beber en ella. Completaría el aguardo, apostando a un compañero en la espesa maleza que rodeaba las orillas y tendría una visión limitada, pero él coronaría la barrera que remataba en el agua y entre ambos dominarían todo el entorno. Cazar a la luz del día y renunciar a la posibilidad de una huída rápida en la oscuridad de la noche era una decisión arriesgada que exigía una prudencia y sigilo que habría de compartir con alguien de su confianza.

Levantó la tapa del arcón y extrajo la vieja escopeta, de empuñadura negra y culata pulida por mugre de sudor y pegamento viscoso de la jara. Un alambre retorcido reforzaba la seguridad del posamanos y la firmeza del caño en el disparo. En un envase de hojalata oxidada, guardaba un amasijo de cartuchos reutilizados, postas de plomo y pistones que ajustó a las vainas. Tras rellenarlas con pólvora apelmazada, introdujo en cada una de ellas tres postas de plomo que taponó con un taco de corcha, minuciosamente recortado.

Entreabrió la puerta de la calle y comprobó que estaba desierta. El calor sofocante había vaciado las estrechas callejuelas que discurrían hacia la ribera del río. Debía evitar que alguien delatara su paso. Los guardias del cuartel atenderían el soplo de algún vecino malintencionado y añadirían credibilidad a las constantes denuncias de Remate, el guarda de La Dehesa. Al cobijo de la sombra las paredes, acudía al encuentro de su compadre Argimiro,  quien debería aguardar, oculto entre la maleza que bordeaba el cauce del agua.

Silbó y no obtuvo respuesta. Espació los silbidos y dejó transcurrir un tiempo. Finalmente concluyó que el compadre se encontraría en la taberna, bebiendo y ajeno a todo compromiso. Juanines se desahogó, murmurando para sí una retahíla de maldiciones, ocultó la escopeta entre tamujas de la ribera y echó a andar hasta alcanzar la taberna de El Gorila. Argimiro se apoyaba con los codos sobre el mostrador, volvió la cabeza hacia su compadre y esbozó un gesto, mezcla de temor y de sorpresa. Juanines se situó a su lado y le susurró algunas palabras al oído. Argimiro se irguió de inmediato, echó la vista en derredor y comprobó que todos los clientes de la taberna le observaban. Con gesto lento y cansino,  depositó unas monedas sobre el mostrador, dio algunos pasos inseguros y traspuso la puerta del establecimiento.

Avanzaba la tarde y ambos compadres caminaban por veredas enmontadas, a cubierto de curiosos, cruzaron las escasas aguas del cauce del río, saltando sobre las piedras que salpicaban un remanso y Juanines trató de apretar el paso, cuando Argimiro se detuvo. Estaba empapado de sudor y se sentía exhausto e incapaz de mantener el ritmo de marcha que pretendía su compadre. Ambos se intercambiaron insultos y maldiciones, pero Juanines terminó por dar la espalda a su compañero y echó a andar.

A cierta distancia abandonó la vereda y tomó una trocha abierta por el paso de los animales que se acercaban a beber a la charca. Desde el río subía una brisa incipiente y decidió rodear el perímetro de la charca para remontar cautelosamente la falda de la barrera que la limitaba. Apostado a medio aire, apartó la broza y dio vista a la charca y a un área holgada de monte cerrado y muy espeso.

Hacía rato que el sol había traspuesto los cerros cercanos y la oscuridad caía lentamente, cuando sintió el crujido de varas rotas en la trocha que él había seguido. Calculó que se aproximaba una res de buen tamaño, tensó el percutor de su escopeta, presionó el alambre del posamanos y se dispuso a disparar.

Instantes después, avistó la silueta de un hombre encorvado que se aproximaba con cautela. Juanines se puso en pié y silbó con todas sus fuerzas. Estaba realmente irritado por la torpeza de su compañero en innumerables correrías nocturnas, experto en todas las artes de la caza furtiva, que irrumpía en el cazadero en el momento más propicio para avistar a las reses. Sin duda, se encontraba ausente de la realidad  y embriagado por el vino.

Al oír el penetrante silbido, Argimiro se detuvo y dio vista a Juanines, que agitaba los brazos y le ordenaba que se detuviera. Avergonzado y sumiso, obedeció, depositó el arma al alcance de la mano y se recostó contra un haz de monte. Luego, entornó los párpados y decidió que se encontraba confortablemente instalado.

Menguaba la luz del ocaso y la visión desde el mirador. Una cochina se abrió paso en la espesura para beber en la charca, acompañada de lechones que juguetearon en sus orillas y regresaron al cobijo del monte. Juanines no pretendía obtener carne y ni siquiera se encaró el arma. Al rato, se repitió el chasquido de una vara rota. Clavó la vista en aquel punto y supo que una res agitaba las medras de las jaras y de los chaparros y que otra de mayor tamaño avanzaba tras ella. Pensó que eran artes de macho viejo y astuto que se hacía preceder por otro menos experimentado que le garantizaría la seguridad en la descubierta. Un mirlo saltó desde la espesura y rompió el silencio con su canto escandaloso. Juanines preparó su arma y desvió la vista hacia la apostura de Argimiro. No se atrevió a avisarle lanzando un silbido. Un guarro de pocas arrobas asomó el hocico y sació la sed en la charca. Después, permaneció inmóvil y escuchando. Finalmente, giró sobre sí mismo y regresó a la espesura. 

Juanines contuvo la respiración. El gran macho continuaba su avance con pasos lentos. Pensó que extremaba sus precauciones y se mantendría oculto hasta alcanzar el agua. Entonces, estaría al alcance del arma de Argimiro, apostado en la orilla.

El gran guarro prosiguió recorriendo en paralelo las orillas de la charca. Se detenía, olfateaba, escuchaba y emitía algún gruñido sordo. A poco, reemprendía la marcha y volvía a detenerse. La escopeta temblaba en las manos de Juanines.

–El Cano, jodido guarro, qué listo y qué tuno es –repetía para sí mismo. 

Allí estaba, frente a él, receloso y desconfiado, rondando el perímetro de la charca con exasperante lentitud.

Bien entrada la noche, el aguardo había llegado a su fin. El Cano había dado muestras de su astucia y abandonado la charca sigilosamente, sin atropellar monte ni hacerse sentir en su huída. Tal vez, se venteara del rastro engendrado al acceder a la trocha o se rebotara al percibir los efluvios de alcohol que emanaban del aliento de Argimiro. Una vez más, el condenado verraco se había burlado de las artes y de la pericia del cazador y había herido a su perseguidor en su orgullo y en su prestigio.

Juanines fue al encuentro de su compañero y le encontró recostado en el matorral y profundamente dormido.

Argimiro abrió los ojos y pudo comprobar que Juanines le observaba con desprecio, al tiempo que le decía,

–El Cano ha venido a vernos, pero nosotros no le hemos visto –le dijo Juanines.

–Volveremos otro día –protestó Argimiro.

–Nunca más volverá a sorprenderle nadie en un bebedero –respondió secamente Juanines.

Pensó continuar y decirle muchas cosas, pero prefirió guardar silencio y desandar el camino hacia su casa. Esta vez, no se acercaría a beber vino en la taberna, ni departiría con Bruno, el tabernero, ni soportaría la compañía de Argimiro ni escucharía sus divagaciones y sandeces. Ambos habían protagonizado un acto de esperpento y de sarcasmo y no toleraría las  ironías y las chanzas de los parroquianos.

En los siguientes días, eludió el encuentro con sus vecinos. Prefirió cultivar el huerto, cercano a las últimas casas del pueblo, en la ribera del río, y partir leña en el corral trasero de su vivienda. Sospechaba que Argimiro carecía del sentido del ridículo y habría dado cuenta en la taberna del fracaso protagonizado por ambos. Imaginaba las risotadas de los clientes de El Gorila, cuando Argimiro relatara que dormía profundamente, mientras se desarrollaba el lance.

Dio de comer a su perrilla “Chispa”, la colocó sobre sus rodillas y meditó mientras la acariciaba. Era una perra de pequeño tamaño y de raza indefinida que le acompañaba en sus correrías nocturnas. Se decía de ella que su singular instinto le facilitaba una perfecta compenetración con su dueño en los ardides de la caza, de forma que, tan pronto sentía el disparo de la escopeta, acudía velozmente a su encuentro, para facilitarle una huída inmediata.

Empleó la mañana en madurar una idea. Hablaría con el administrador de La Dehesa. Su casa, cercana a la plaza, destacaba entre las vecinas por el empaque que le aportaban las bonitas rejas de las ventanas y las gruesas puertas de cuarterones que franqueaban la entrada. Juanines sabía que el señor Villena alternaba sus estancias entre el campo y su vivienda del pueblo y se aseguró de que, aquel día, le encontraría.  Confiaba en su talante de cazador veterano, soltero, ilustrado y de trato afable a quien, en ocasiones, se le veía tratar con gente de izquierdas en la Casa del Pueblo.

Golpeó la gruesa aldaba de la puerta y oyó voces de una mujer, de edad avanzada, que respondía desde el interior de la vivienda. La mujer entreabrió la puerta y recorrió con su mirada a Juanines, de arriba abajo.

–¿Pretendes que te reciba el señor Villena?

Juanines afirmó con la cabeza.

–El señor Villena no recibe a furtivos –gritó, elevando el tono de voz.

El administrador intervino desde la escalera que comunicaba las dos plantas de la casa. Invitó a entrar a Juanines y la mujer se retiró, airada y refunfuñando entre dientes.

Ambos permanecían de pié en el zaguán. Juanines había preparado un preámbulo, pero atajó su discurso, exponiendo su ofrecimiento de colaborar en la captura de un viejo cochino al que apodaban El Cano

El administrador arqueó las cejas y  sonrió, haciendo una mueca jocosa.

–¿Me estás proponiendo que nos asociemos para cazar a un cochino?

–Usted es cazador viejo y yo no he hecho otra cosa en mi vida que cazar.

Hizo una pausa, para concluir, con énfasis:

–Ese jodido guarro se burla de todos nosotros.

–Es decir, que se trata de un reto personal –comentó el administrador.

–El Cano desafía a todos los cazadores del pueblo, a usted también, y no debemos darle la espalda.

–Por lo que yo conozco, hace mucho tiempo que das la espalda y huyes si te sorprenden los guardas.

Era una cuestión prevista y Juanines había preparado la respuesta,

–Ambos procuramos hacer bien nuestro trabajo y sobrevivir. Nunca he amenazado ni amenazaré con mi escopeta a un guarda.

Desde tiempo inmemorial, los cazadores de Altamira habían mantenido un pulso constante con los alguaciles y corchetes que servían a los grandes señores, dueños de las tierras, quienes castigaban con veinte azotes en la plaza pública a cuantos fueran osados de cazar o varear bellotas en sus dominios. Ahora, Remate, el guarda de La Dehesa les vigilaba, conocía los hábitos de los cazadores y de sus presas y se esforzaba por sorprenderles y entregarles a los guardias del cuartel.

El administrador cruzó los brazos tras la espalda y dio pasos por el zaguán. Siempre le había apasionado el ejercicio de la caza y guardaba cierto grado de respeto y tolerancia hacia aquellos hombres que desafiaban todo tipo de incomodidades y riesgos para obtener su medio de sustento.

–Si yo accediera a lo que me propones, se dirá que nosotros mantenemos cierto tipo de entendimiento y cooperación. Me temo que provocarías la enemistad y el desprecio de tus compañeros –observó el administrador.

–Si a un hombre le plantean un reto debe hacerle frente o dar la espalda y huir para siempre. Si algún compañero quisiera decirme algo, no necesitará buscarme. Me encontrará, de inmediato –respondió Juanines con aplomo.

La espontánea elocuencia del cazador furtivo impresionó al administrador. Posiblemente aquel hombre fuera analfabeto, pero expresaba sus argumentos con notable naturalidad y tono convincente.

Juanines continuó exponiendo el plan que había concebido para encontrar y abatir al gran cochino.

–He llegado a la conclusión de que solamente lograremos acabar con él, haciéndole la ronda. Yo no dispongo de caballerías y perros y trato de convencerle a usted para realizarla.

Era preciso acorralar y rematar a aquel cochino en una ronda nocturna, a la antigua usanza, lance que se practicaba en los montes y encinares de Extremadura y centro de España con anterioridad a la aparición de las armas de fuego. Apostados a la luz de la luna, los cazadores dan suelta a una nutrida fuerza de perros y aguardan hasta sentir la algarabía de sus ladridos que anuncian haber logrado cercar al cochino, para acudir al agarre a galope tendido y darle muerte a cuchillo.

–¿Qué te hace creer que daremos con el guarro que tú buscas?

–Creo que ese guarro merodea en los rastrojos de los llanos y sé que puedo confiar en mi perra Chispa, si encuentra su rastro, le distinguirá y seguirá entre decenas de rastros.

El administrador no quiso comunicarle su decisión antes de prevenir al guarda de La Dehesa Debía evitar que Remate considerara una humillación personal cualquier muestra de colaboración con los furtivos.

A cualquier hora del día, la taberna estaba llena de peones del campo desocupados que, obligados por su falta de recursos, se integraban temporalmente al grupo de los furtivos y enconaban el enfrentamiento con los terratenientes.

Juanines departía en voz alta y  para que todos le oyeran, sobre su propuesta al administrador de hacer la ronda a El Cano.

–Si puedo contar con vosotros, le diré al administrador que cuento con hombres bragaos en el manejo del cuchillo y decididos a echar al lance todo el coraje que sea menester hasta lograr que hocique El Cano

La propuesta suscitó murmullos y algún gesto de desaprobación,

–Necesitamos carne y no pedirle favores al administrador ni rompernos los cuernos para acabar con El Cano –observó alguno que estaba sentado en una mesa cercana–. Algún día le llegará su hora –concluyó estirando las piernas.

El Cano sabe más de caza que todos nosotros y, si no lo remediamos, terminará muriendo de un ataque de risa –le respondió Juanines, volviéndose hacia él.

–Tranquilízate, Juanines –intervino otro, en tono socarrón–. A estas horas, El Cano dormirá a pata suelta en el monte, mientras que tú sigues dándole al jarro para ahogar tu desazón. No me parece bien que busques consuelo acudiendo al administrador.

Juanines se reprimió para no responder violentamente a lo que consideraba una burla.

–Sé que algunos me consideraréis un tiralevitas, pero tengo claro que quiero acabar con ese cochino y no me desviaré de ese camino.

Situado a prudente distancia y apoyado en la encimera del mostrador, ausente y desentendido, se encontraba su inseparable compadre Argimiro. Juanines giró el torso hacia él, como si esperara su respuesta.

Argimiro alargó el brazo, asió  la botella de vino y se recreó echando un trago.

–No cuentes conmigo para acariciar el lomo de los ricos –dijo observando de reojo a Juanines.

–¿Qué pretendes decir, que yo soy  un jodido tiralevitas?

–No te comprendo. No sé lo que es una levita, pero puedes responder al administrador y al cabrón de su guarda que todavía quedan hombres en este pueblo y que aquí hay uno, que se llama Argimiro, que no necesita lamerles la mano para cazar en sus tierras.

Juanines golpeó la encimera del mostrador con la palma de la mano.

Maldita sea ¿a mí me vas a venir presumiendo de hombre?. Tú eres un jodido borracho, un payaso que no sabe beber y un furtivo que espanta la caza porque le apesta el aliento.

Argimiro se apartó de mostrador e hizo intención de encararse al compadre, pero sintió que sus piernas flojeaban y terminó sentándose en el suelo, murmurando entre dientes: 

–En este pueblo solamente queda un hombre y se llama Argimiro.

No tardó en enderezar sus pasos titubeantes hacia la puerta, lanzando soflamas sociales y políticas.

Juanines le siguió con la vista hasta comprobar que abandonaba la taberna. Luego, clavó la mirada en Bruno, el tabernero, buscando complicidad, pero no tardó en templar el ánimo y dar muestras de haber recuperado el dominio del lenguaje.

–Argimiro está siempre más que borracho –exclamó en voz alta e hizo una pausa para continuar–, no he necesitado lamer la mano del administrador de La Dehesa para proponerle que se asocie conmigo.

Los parroquianos guardaban silencio y escuchaban. Resultaba evidente que todos apoyaban la actitud de Argimiro. Los ojos de Juanines brillaban y parecía dispuesto a iniciar una discusión o, tal vez, un enfrentamiento, pero finalmente decidió que la prudencia le aconsejaba  zanjar la conversación y abandonó la taberna.

Mi futuro compadre Veneno, el hermano de mi novia, vino a buscarme para proponerme que acompañáramos a Juanines en la ronda nocturna que se proponía realizar. No éramos furtivos habituales y no nos sentíamos condicionados por la inquina que dominaba a los parroquianos de la taberna contra los terratenientes y sus guardas. Al caer la tarde, acudimos a su casa y escuchamos la exposición del plan que había urdido para lograr la captura de El Cano.

Si El Cano se encontraba en los rastrojos y barruntaba el acoso, buscaría su huida natural, orientando su hocico en el sentido del aire que, a esa hora, remontaría desde el río. Juanines habría cerrado aquella vía de escape, impregnando la ribera de olor a tocino rancio, que él arrastraría previamente. Después, proseguiría su camino, bordeando el monte, hasta que Chispa diera con el rastro generado por el guarro en su acceso al encame del monte. Más arriba, a buena distancia y al final del llano, Veneno y yo aguardaríamos con el administrador reteniendo los perros y las caballerías. Tan pronto oyéramos el ladrido continuado e insistente de Chispa, daríamos suelta a los perros y les seguiríamos hasta el agarre.

Acudimos a la cita en La Dehesa, ataviados con nuestros morrales, zajones de cuero y provistos de largos cuchillos de monte. Ante la puerta principal de la casa, Remate, el guarda, daba pasos perdidos y nos observaba de soslayo. Sin duda, se sentía humillado. Hacía años que intentaba detenernos y, ahora, estaba obligado a soportar nuestra presencia, como invitados del administrador. Juanines le contemplaba impasible, sin hacer una mueca, sujetando por la correa a su perrilla Chispa que no cesaba de importunar al guarda con sus ladridos insolentes.

El administrador ordenó sacar de las cuadras dos caballos ensillados, robustos, de buena alzada, y hechos al monte. De un cobertizo cercano soltaron varias colleras de perros de diferentes razas y tamaño, dos eran mastines vigorosos, otros podencos, alanos, y algunos más ligeros. 

Antes de caer el sol, Juanines señaló el paraje en el que confiaba se produciría el encuentro con El Cano. A cubierto de ruidos y del aire, avanzamos en silencio por el sopié de un extenso balcón cuya falda remontaba desde el valle y se quebraba en la mesa donde habríamos de emplazarnos de atalaya. Más adelante, el terreno ascendía suavemente hasta alcanzar un cerro que coronaba una casa de labor de paredes blancas. Desde aquel punto, al débil resplandor de la luna creciente, dábamos vista a una espaciosa llanura que abarcaba relieves de encinas y corros de chaparros salpicados por los llanos. Más alejados, intuíamos los rastrojos. Preparamos haces de pasto seco y nos sentamos a esperar. El administrador retenía las riendas de los caballos, mientras Veneno y yo nos repartíamos las colleras de los perros y les acariciábamos, tratando de contener su ansiedad.

Tras un largo intervalo de silencio, los perros comenzaron a gemir y se alzaban sobre sus patas traseras con la vista clavada en un punto preciso de la oscuridad. Un débil ladrido de Chispa nos avisó de que podría haber encontrado el rastro del cochino que perseguíamos. Puestos en pie, nos afanamos en sujetar a los perros y susurrarles palabras en las orejas. Transcurrió un tiempo hasta que los ladridos de Chispa se volvieron insistentes. Tuvimos la certeza de que acosaba a un guarro poderoso que le hacía frente y no buscaba la huida. Era la señal que esperábamos. 

Soltamos las colleras y la rehala se precipitó en tropel acudiendo al reclamo de Chispa. El administrador y Veneno les seguían, cabalgando en la semioscuridad y esquivando con temeridad y valor, gavias, ramas de encinas y chaparros. Yo corría tras ellos,  concentrando mi atención en el punto donde ladraba la perra. Oía ladridos, rumor sordo del galope de los caballos y voces de Juanines que se apresuraba a alcanzar el encuentro alentando a los perros. 

La jauría intensificaba la frecuencia de los ladridos y el eco de la algarabía: el agarre había comenzado. Apreté el paso y saqué mi cuchillo. Al rato, distinguí en la oscuridad siluetas de perros y cazadores que se agitaban al compás que marcaba un gran cochino blanco. Los perros le rodeaban y le mordían con furor enloquecido. Un perro voló despedido y cayó a mis piés desventrado. Más allá agonizaba otro y un tercero, ensangrentado, temblaba con la cabeza humillada.

–Nos está matando a los perros –gritó Juanines.

Las amoladeras y colmillos del poderoso cochino trazaban movimientos bruscos y veloces que rasgaban la piel de los perros. Dos mastines hicieron presa en sus orejas y le sujetaron. Armados con nuestros cuchillos, tratábamos de eludir las defensas del verraco y las mordeduras de los perros y encontrar un hueco para introducir el brazo y nuestros cuchillos. Con un giro brusco y poderoso de su cabeza El Cano hizo retroceder a la rehala y obligó a los dos mastines a soltar las orejas rasgadas por sus colmillos. Uno de ellos  se apartó, sangrando por una profunda herida en el cuello, dio unos pasos y se tumbó. Al observar que se había liberado de perros, el administrador pensó que era el momento de entrar al remate desde atrás. El Cano se venteó, giró en redondo y, preso de coraje, hizo caso omiso de los perros y eligió el cuerpo del hombre que le acosaba y retrocedía, caído  de espaldas.

–No adelante los brazos, le rasgará los tendones –le gritó Juanines.

Los perros volvieron para acorralar y atacar a El Cano desde todos los ángulos. El administrador trataba de defenderse alzando las piernas, protegidas por el cuero de sus botas de caña. Era un momento de riesgo y desconcierto. Inesperadamente, vimos que la pequeña Chispa, prendida con sus dientes del morro del cochino, danzaba en el aire, como el péndulo de un reloj. Juanines se abrió hueco entre las bocas de los perros, calculó a ciegas la posición del codillo y clavó su cuchillo. Cuando se apartó, su brazo estaba desgarrado y rojo de sangre. El Cano se detuvo, exhaló un ronquido bronco y, finalmente, se desplomó sobre el vientre.

En nuestro derredor, se veía sangre en los cuchillos, perros desventrados y otros que agonizaban. Se me antojaba imaginar que un monstruo de múltiples cabezas había mantenido aquella lucha despiadada y enloquecida. Tratábamos de recuperar la calma y el equilibrio entre voces que reclamaban asistencia al administrador y gruñidos enfurecidos de los perros que peleaban entre sí por morder la res abatida. Chispa se apartó para juntarse con su dueño. Juanines, ausente y concentrado en sí mismo, limpió la sangre de su cuchillo sobre las cerdas blancas de la piel del cochino y le abrió la boca para examinar sus desafiantes amoladeras y colmillos. Luego, desvió la mirada y la cruzó con la de Chispa que, acomodada sobre los cuartos traseros, permanecía inmóvil a su lado y le observaba insistentemente, tratando de transmitirle su complicidad.

Cuando Juanines entró en  la taberna, los parroquianos trocaron el tono de sus conversaciones por murmullos. Argimiro le observó de reojo, se aproximó a él con talante amistoso y echó el brazo sobre los hombros de su compadre. Bruno, el tabernero, colocó vasos de vino sobre la encimera. Uno a uno, buena parte de los parroquianos aceptaron la invitación, bebieron y, antes de retirarse, tendieron la mano a Juanines.

Regresó a su casa por callejuelas estrechas y mal iluminadas. Le molestaban las heridas de su brazo, pero su mujer le reprochaba que hubiera desatendido las obligaciones de su oficio y no aportara alimentos a casa. Descolgó el morral y depositó en su interior algunos cartuchos. Estaba satisfecho, pero necesitaba repasar todas las emociones y calmar la ansiedad que le había perturbado a lo largo de aquellos días. Al día siguiente, regresaría al monte y buscaría carne, pero aquella noche dormiría. Le complacía imaginar que, tal vez, la astucia y la sabiduría de El Cano, su mito y su leyenda, perdurarían en la memoria de los cazadores furtivos de Altamira.

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Sobre el Autor

F.A. González Morcón