La salud de la persona

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  • Lo más grande que existe en el universo no son los planetas, los sistemas, las galaxias, o las supernovas, sino el ser que ha podido comprender en su cabeza a todas ellas juntas, al Dios que las creo e incluso a otros nuevos universos y realidades inventadas por él mismo sin necesidad de que existan.
  • El hombre es algo nuevo porque no es algo puramente físico, sino que se mueve también por algo más, por una potencia muchas veces superior a las leyes físicas espacio-temporales.
  • Para el hombre lo peor de la enfermedad no son los síntomas sino permanecer enfermo y consciente de ello, sin mejorar, sin crecer, sin superarse: para el hombre, el mayor sufrimiento no es el que duele sino el que no acepta.

Salud de la persona

La vida exige a todo individuo una contribución y depende del individuo descubrir en qué consiste.

Viktor Frankl

En el universo hay una inmensidad de realidades. La mayor de todas es el hombre, y la que le da el carácter de infinito¸ por ser algo más allá de éste ―una revolución―, por poseer una dimensión más allá del tiempo y del espacio, de lo físico, por poseer ese carácter suyo metafísico, inteligente y libre, por ser espiritual: un espíritu encarnado. Lo más grande que existe en el universo no son los planetas, los sistemas, las galaxias, o las supernovas, sino el ser que ha podido comprender en su cabeza a todas ellas juntas, al Dios que las creo e incluso a otros nuevos universos y realidades inventadas por él mismo sin necesidad de que existan. Lo único infinito en el universo es el ser que puede imaginar las realidades presentes, las que ya no existen sino que existieron, las que no existirán jamás, las que no existen aun pero existirán, o las que solo existirán porque él las previó y las inventó. Un ser que no es solo presente ―no está limitado al conocimiento sensible, a lo que percibe inmediatamente, como los animales― sino que también es pasado y futuro porque piensa: vive consciente y conociendo en el tiempo las propias leyes que rigen su historia. Un ser que trasciende el tiempo. El ser que, por su capacidad de relación, trasciende también las fibras del espacio, participando de todo lo que conoce ―abstrae esencias, verdades, propiedades universales―, de todo lo que hace, de lo que le interesa y de lo que ama. Un ser que, con toda esta inteligencia que le hace libre ―más allá de ser un animal programado que meramente responde a estímulos―, es un ser que vive relacionado con el mundo transformando la realidad y dejándose transformar por ella. Un ser que, con toda esa inteligencia, esa libertad y esa capacidad para intervenir en la realidad ―llamémoslo capacidad de relación―, puede mejorarla, esto es, hacer un bien mejor con ella: amar.

El hombre no posee límites, salvo los naturales, gracias a su trascendencia: su libertad, su inteligencia, su relación y su amor (Leonardo Polo). Y no solo hace del universo una infinitud sino una entre todos gobernable: pues es el único ser vivo que no solo se adapta al entorno, sino que lo transforma: el hombre cambia el mundo. En palabras de G.K. Chesterton: el hombre no es mero producto de una evolución sino más bien una revolución. 

O en palabras de Leonardo Polo, el hombre no es algo más sino un además, algo distinto, una excepción en medio del universo, y la diferencia radica en que es una persona. El hombre es un ser personal porque posee los atributos personales o trascendentales personales como los llama Polo: Libertad, Inteligencia, Co-existencia (o relación) y Amor. Eso que hacemos cuando personificamos a un animal en los dibujos animados, o a un objeto, o a un sol sonriente es darle inteligencia, libertad, relación y amor. Estos cuatro trascendentales son la esencia de su espíritu y por ellos puede trascender el espacio-tiempo, superar las leyes de la física y de la naturaleza y ser el único ser vivo sobrenatural, esto es, el único ser vivo que se mejora a sí mismo, que se conoce, se acepta y se supera más allá de lo que eran sus propias capacidades. También es el único que puede destruirse a sí mismo, perjudicarse y generar problemas.

El hombre es algo nuevo porque no es algo puramente físico, sino que se mueve también por algo más, por una potencia muchas veces superior a las leyes físicas espacio-temporales. Más allá de lo físico: es metafísico, espiritual. Y a la vez es de carne y hueso: el hombre es un espíritu encarnado.

Por tanto, el hombre es su cuerpo, pero además de su cuerpo es su espíritu; y, como consecuencia, también es sus sentimientos: dinamismos interiores ―llamados psíquicos― entre el cuerpo y el espíritu.

Además, el hombre es sus circunstancias; por tanto, es en el mundo, y especialmente es en la sociedad: en el otro y para el otro. En conclusión, es un ser social.

Y, por otro lado, todo hombre es indudablemente una narración. Como lo explica Julián Marías: estamos instalados en el tiempo y nuestra vida es un proyecto hacia algo ―una vocación― que le da sentido. Nuestros proyectos empiezan y se dirigen hacia fines concretos; de igual manera nuestra vida solo es plena si tiene sentido en el tiempo. En resumen: somos una historia.

Y, en síntesis, somos nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, nuestro espíritu, somos una historia y somos sociales. Por tanto, cada uno de estos aspectos genera una dimensión humana; concluyendo en las cinco principales: biológica, psicológica, espiritual, histórica y social. Estas cinco se integran también desde dos perspectivas del yo: yo soy yo (la esencia bio-psico-espiritual) y mis circunstancias (la estancia mundana socio-histórica y material).

Partiendo de estas cinco dimensiones del ser humano se edifica la salud de la persona poseyendo como centro el lado más profundo, amplio e independiente de su ser: el espíritu; también llamado a veces el ser, el acto de ser, la existencia, la identidad, la esencia personal o personalidad, la persona. La tradición teológica cristiana, incluida por el pensamiento grecolatino, le ha llamado de forma coloquial el alma, por una mala traducción de la Biblia, pero desde los inicios de la filosofía alma posee todo ser vivo, sin embargo espíritu solo el hombre.

Desde este centro existencial se desdoblan en proyección todas las demás dimensiones, desde dentro hacia fuera. Desde este centro siempre existirá y manará una libertad, una independencia, superior a las demás partes del hombre; por ello, muchas de las enfermedades nacerán, en última instancia, de ahí: de un mal uso de nuestra libertad, de nuestra inteligencia, de nuestra relación o, como explica el doctor Francisco Moya, de un exceso de amor, o una forma desordenada o mala de amar. En síntesis, la mayoría de las enfermedades nacen de una mala decisión personal.

Hablamos de decisiones importantes, existenciales, es decir, las enfermedades nacen de una mala orientación vital, un sentido erróneo de la vida. Cierto es, también, que no controlamos todo en las circunstancias y podemos sufrir un accidente, una gran crisis, estrés, un trauma, engaños…, en definitiva, podemos sufrir maltratos. Y los sufrimos a diario, nos afectan, nos marcan más o menos… Pero, por otro lado, siempre seremos dueños de lo verdaderamente importante: la actitud que queremos presentar ante ellos. Y siempre tenemos la conciencia ―que reside en el espíritu, en la inteligencia―, como una pequeña consultora, para discernir lo que hace bien ―y genera actitud― de lo que hace mal; lo que es bueno o malo tanto para nosotros como para el resto. El problema es que normalmente ignoramos la conciencia y acabamos enfermando y desenamorándonos. Cuando no, otras veces acabamos maltratando y haciendo enfermar a otros.

La actitud nace del espíritu personal y por ello es la fuerza más poderosa y realizadora que posee el hombre. Pero el centro humano espiritual es proyectivo, y no solo porque posea el punto de origen donde nacen sus decisiones y sus intenciones, también porque posee un fin, una vocación. Somos un vector con origen, sentido y un fin que perseguimos pero al que nunca llegamos porque siempre amamos crecer más; somos una flecha: una flecha lanzada al infinito.

Todo hombre debe darle un sentido a su vida: bien lo ha demostrado Viktor Frankl, el hombre no soporta vivir a la deriva, mediocre, sin ser dueño de sí mismo. Para el hombre lo peor de la enfermedad no son los síntomas sino permanecer enfermo y consciente de ello, sin mejorar, sin crecer, sin superarse: para el hombre, el mayor sufrimiento no es el que duele sino el que no acepta. Pero no le basta con dar un sentido a la vida, sino que necesita darle un sentido bueno: aquí entra la ética y la ley natural y social. Pero, más allá aún de darle un sentido a la vida y un sentido bueno, debe darle el sentido correcto para él, el sentido propio de su vida: todos tenemos una vocación, una misión concreta, personal. No hay nada mejor que saber para lo que uno ha nacido, salvo quizá conocer la respuesta de por qué ha nacido (D. Luengo). Esta meta está marcada por nuestro ser, prediseñada en nuestro interior trascendiendo todas nuestras circunstancias, y solo en ella seremos felices. El orientador especialista Ken Robinson lo llama nuestro elemento; la tradición ha acostumbrado a llamarlo nuestro quicio o nuestro norte. Es en esta misión donde descubrimos la mayor y la mejor actitud que podemos generar, es en este camino donde todo cobra sentido y aquí donde encontramos la mayor pasión desbordante para generar en nosotros todo conocimiento y toda capacidad, y un único sitio donde de verdad podremos enamorarnos. Solo en este camino encontraremos los frutos verdaderamente importantes como la alegría o la paz –más allá de los sentimentalismos que esta sociedad neurótica nos vende–. Solo en él podremos ser felices porque seremos nosotros mismos, nuestra mejor versión.

Y, como explica el doctor Francisco Moya García desde su revolucionaria medicina de la persona, cuando nos apartamos de este sentido enfermamos. De esta manera, el doctor Moya define la enfermedad y sus síntomas como un mensaje simbólico de cambio que viene desde nuestro interior, y así lo ha demostrado mediante su método terapéutico llamado Palingenesia

Si la vida es el espíritu, la enfermedad es morir un poco, es perder el espíritu, desencarnarse de este. Por ello hablaba Kierkegaard de la enfermedad mortal. Pero además, la enfermedad lleva un síntoma, un mensaje, concretamente originado inconscientemente por la sindéresis de nuestro espíritu que en un momento discierne que vamos por mal camino, un camino que nunca nos va a hacer felices. Efectivamente, la enfermedad y sus síntomas, más que una especie de castigo despiadado es un mensaje con significado natural. El problema es que hace tiempo dejamos de estudiar los símbolos que naturalmente entendíamos y aparecían en nuestro cuerpo y nuestro entorno, desde que hemos dejado de contemplar la realidad, observarla y reflexionarla. Es desconcertantemente interesante la cantidad de información que se puede sacar de cada enfermedad ―entre otras manifestaciones psicosomáticas―, sus síntomas, su ubicación, su tiempo de aparición, y más desconcertante ver cuánto ignoramos de ello.

¿Cuál es el origen de la enfermedad? ¿Cuál fue esa mala decisión? ¿Qué acontecimiento nos improntó, nos marcó inconscientemente? La memoria olvida, sobre todo lo que duele y no puede resolverse. Aunque no olvida para siempre: todo está ahí en la profundidad psíquica. Por ello hay que aprender a hacer consciente lo inconsciente. Somos una historia, por tanto, hay que escrutar el pasado y el futuro de nuestra narrativa: los deseos y recuerdos interiores. Y hay que sacarlos fuera, por muy dolorosos que sean los sentimientos que nos generan en nuestro presente. Hay que escrutarlos manteniendo la calma para resolverlos (José Luis González de Rivera), y así ser por fin libres. Hacen falta técnicas de ampliación de conciencia o de regresión para hacer consciente lo inconsciente: esta será la verdadera evaluación psicológica. Y desde ahí ¿cuál será la terapia, la solución? En definitiva, la orientación: dar a nuestra vida el correcto sentido que en su tiempo no supimos darle. Debemos poder mirar al pasado con paz y sin dolor porque estamos curados. Estaremos seguros y alegres porque estábamos perdidos pero hemos sido hallados: nos hemos conocido, nos hemos encontrado con nosotros mismos. A partir de ahí todo fluirá en una natural y paciente maduración ―desarrollo personal―, apoyada por una buena formación y entrenamiento ―ahora lo llaman coaching― en el ejercicio de las virtudes.

Esta es nuestra antropología y nuestro modelo de salud. ¿Qué se hace hoy día en la terapia? Todo lo contrario: tapar síntomas, despersonalizar, poner parches. El hedonismo, el egoísmo, el relativismo, el existencialismo no resuelto del siglo pasado, el materialismo y el capitalismo solo nos llevan al sin sentido y a la alienación constante de la conciencia. Constituyendo lo que Javier de las Heras ha denominado La sociedad neurótica de nuestro tiempo en su libro de igual título. Todo oculta un vacío existencial que constantemente se necesita tapar con el placer hasta saturarse y acabar dejando finalmente insensible nuestro ser en la simple ausencia.

Muchos muertos vivientes caminan ausentes de amor y libertad: desorientados, desdramatizados, desenamorados, a la vez que desenfrenados y llenos de prisas. Enfrentarse con uno mismo puede ser de las cosas más duras que hay. El día que abran esa habitación en la que se sigue acumulando mierda, bien se abra por accidente, bien obligados por las circunstancias, será terrible, desgarrador. A menos que se haga con ayuda, con terapia, con un profesional o con uno de esos santos que muchas veces acaban salvándonos el cuello. Y aún así será duro, dolerá muchísimo, pero descubre el sentido de las lágrimas: el primero un despertar para volver a sentirse vivo, el segundo el de dejarse querer y el tercero el de resucitar.

El modelo universal de salud desplegado de nuestra concepción antropológica integral es muy distinto al propuesto por la Organización Mundial de la Salud. La OMS entiende salud como el completo bienestar biológico, psicológico y social, olvidando la dimensión espiritual del hombre, que es la radical. Por no hablar de nuestra realidad histórica. Erran, además, en lo esencial: no somos un estar, no somos seres puramente estáticos (en un eterno presente), sino que nuestra vida posee un dinamismo y un sentido crucial, una orientación y un fin hacia el que caminamos. Digamos que la salud, si es humana, no puede radicar en el estar ―que se refiere siempre a un estado estático, presente y físico; se refiere, al fin y al cabo, a los sentimientos o al estado actual de nuestro cuerpo―; sino que la salud humana debe verse a largo plazo englobando todo lo que somos. Y el centro del hombre es el espíritu, el ser. Salud no es tanto bienestar sino bienser

El modelo de salud universal que proponemos es el completo e íntegro bienser biológico, psicológico, social, histórico y espiritual.

Otro problema es que bienser suena a ser buenos, a ética, a obligación; y peor suena en una época de relativismo profundo. Pero la ética no debe entenderse de forma moralista como si esclavizara hacia una ley, sino como una guía o una serie de orientaciones hacia donde se es feliz. Y no por miedo a los síntomas de dolor superficial sino por superar el vacío del absurdo y la ausencia. Desde esta ética y esta antropología han de construirse las terapias y las herramientas de diagnóstico. Las terapias serán en el fondo técnicas de resolución de problemas (problemas médicos, psíquicos, históricos, sociales) basados en la introspección de la conciencia espiritual que nos marca el camino; y las evaluaciones serán técnicas de introspección de nuestro ser inconsciente (corporal, psíquico, histórico y social). Por otro lado, los problemas más gravemente espirituales serán mucho más íntimos y dependientes de una raíz inescrutable, para ello solo es respetable recomendar la meditación sencilla con la propia conciencia personal o, en caso de necesidad, la consulta a un director espiritual.

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Redacción

Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.