La senda dorada

La senda dorada

La senda dorada

Se me ha ofrecido recientemente un trabajillo en casa de una mujer en la sierra de Madrid: limpiando los lechos de unos gatos, poniéndoles agua y comida…; se me puso tan en bandeja, que acepté el regalo. Y lo acepté con ilusión, con la ilusión que me suscitan las pequeñas oportunidades de la vida. Y lo recibí con agradecimiento.

Y siempre que avanzas ilusionado y agradecido, diciendo “sí, quiero”, pronto encuentras sorpresas... Resulta que para llegar a la susodicha casa hay que tomar una carretera serrana, que a media mañana y entre semana no es muy transitada, por lo que invita al placer de viajar conduciendo. Y resulta que tras las lluvias generosas de esta primavera, toda la vegetación está frondosa. Gracias a la vida de toda esa agua, en los flancos de algunos tramos de esa carreterita entre pueblos han crecido con vigor unas espigas magníficas: altivos juncos dorados, enhiestas flechas de marfil. En contraste con el oscuro verdor de los árboles, su oro luce en todo su esplendor. Y prendidas por el sol, brillan en todo su ardor. Cimbreadas por la suave brisa estival, bailan en elegante bamboleo.

En el coche, animado por la dulce voz del Ruiseñor de Avignon y por el arcoíris tropical de María Teresa Chacín, con las ventanillas bajadas, un mar celeste en lo alto, avanzo por esa senda dorada como si fuera el rey del mundo: ¡y es que verdaderamente lo soy, es que todo ese oro fino y sutil del jardín del planeta es para mí, para mi gozo y mi alegría, para la sonrisa de mi corazón!. 

Apareció un nuevo pequeño regalo. Dije “sí”, lo abrí y la ganancia ha sido sustanciosa: un tesoro de luz de oro y paz inconmensurable. 

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.