La sexta

Foto de Teresa LG

La sexta

a Luis Agius

Vivíamos un poco asilvestrados, sobre todo en verano, cuando no había escuela y los días transcurrían en el huerto, en el jardín, en los corrales, en los cultivos y en los establos, porque en ese ambiente crecimos mis hermanos y yo desde que vinimos al mundo. Probablemente por esto, de música sabía poco, entonces las radios escaseaban y otros inventos más modernos, como la televisión, no existían. Un día, apareció por casa mi hermano mayor con un veraneante, con el que había hecho buenas migas. Porque al pueblo, guarecido en las laderas boscosas de una modesta cordillera, acudía gente de la ciudad a librarse de los calores veraniegos. Aquel era un chico de su misma edad, delgado, rubio, que se notaba a ojos vista que procedía de zona urbana. Más que participar en nuestros juegos, en los que no faltaban golpes, caídas ni peleas, nos observaba con curiosidad y a menudo buscaba alguna sombra cerca de la fuente del jardín para leer. Mostraba mayor interés cuando en vez de lanzarnos desde un almiar o de subirnos a un árbol o de apuntar con el tirachinas nos dedicábamos, guiados por nuestro hermano mayor, a la búsqueda de coleópteros y de mariposas para su colección. Un día en que quiso imitarnos, se subió a una higuera, que es el árbol más traicionero que conozco, y cuando se dio cuenta estaba ya en el suelo con un brazo roto. Después, supe que su madre, delgada, pálida, que parecía una figurita de porcelana, allá en la ciudad tocaba el piano. En la casita que ocupaban en el pueblo durante las vacaciones, no podía hacerlo porque no había espacio para tanto. Su padre se asemejaba más a nosotros, los del pueblo, un hombre moreno, fornido y jovial, animoso y resolutivo, con una voz poderosa. Tenían una hija más pequeña a la que traté poco.

Pero llegó el verano de nefasta memoria y todo cambió. Especialmente los mayores, porque a nosotros al principio no nos afectaba mucho, estábamos en vacaciones y correteábamos como siempre. Pero los mayores dejaron de hablar en voz alta, todo eran susurros, frases que no acabábamos de entender, repentinos silencios y miradas de complicidad cuando irrumpíamos de modo inesperado donde estaban ellos; y rumores de todo tipo y, a veces, incluso lágrimas en los rostros de las mujeres, y miedo y desconfianza; y, más tarde, el hambre. Para entonces, Ramón, el amigo de Pepe, mi hermano mayor, era novio de mi hermana Cecilia y la relación entre ambas familias se había intensificado. Se hablaba de la guerra y de otra palabra horrorosa –el frente–, cuyo significado no terminaba de comprender; incluso llegué a pensar que  tal vez se tratara de alguien muy malo del que había que alejarse a toda costa, pero no me atrevía a preguntarlo, porque los mayores nos respondían con evasivas desde los inicios de aquel verano funesto. La escuela se cerró en diciembre y después de Navidad seguimos de vacaciones. Por mi hermana, supe que Ramón se había presentado entonces como voluntario en un hospital de sangre, cerca de la ciudad en la que vivía. Era otra expresión que nadie me explicaba, porque pensaba que en los hospitales la gente se curaba, pero lo de la sangre me sonaba muy mal. El verano siguiente él y sus padres regresaron a la casita que solían alquilar. Parecían desmejorados, como casi todo el mundo, aunque los que venían de alguna ciudad mostraban peor aspecto, pues en el pueblo a pesar de todo conseguíamos comer. Más tarde, supe que el bueno de Ramón no había soportado el ambiente de aquel extraño hospital –al fin descubrí que lo de la sangre era porque allí ingresaban a los heridos y moribundos víctimas del dichoso frente–, y tuvo que dejarlo.

Los pequeños nos enterábamos poco, tarde y mal de lo que pasaba. Un día nos cambiaron de habitación y mi hermano mayor con uno de los ayudantes de mi padre en la finca, persona de toda confianza, estuvo trabajando con mucho cuidado en la habitación que habíamos ocupado los pequeños hasta entonces. Nadie tenía que enterarse de aquello nos repitieron una y mil veces. El cuarto tenía un gran armario de obra en el que se guardaba las prendas y los zapatos que no se usaba en invierno o en verano. Resultó que abrieron un boquete en el suelo, tapado por una rinconera, para comunicarlo a través de un pasadizo con la casa antigua, paredaña con la que ocupábamos nosotros, que se usaba como establo y como almacén, y tenía aspecto de abandono. El agujero quedó fácilmente accesible y muy bien disimulado. Por las noches, alguno de los mayores se escondía en aquel singular armario para escuchar la radio de modo clandestino e informar luego a los demás sobre las noticias que llegaban de diversas emisoras extranjeras acerca de la marcha de la contienda, porque de lo que decían los de uno y otro bando uno no se podía fiar mucho, pura propaganda, pues parecía que todos ganaban y esto hasta los niños sabíamos que, en una guerra, resulta imposible. Pero el asunto no terminaba ahí, porque, por el pasadizo que comunicaba con la casa antigua, se accedía al granero, donde había un escondrijo, oculto por una trampilla tapada con paja. Los candidatos a meterse en aquel refugio eran Pepe y Ramón, porque los dos estaban en edad de ir al aciago frente y se trataba de evitarlo a toda costa. 

A nosotros, nos informaban poco de lo que realmente pasaba y, cuando nos enterábamos de algo, nos repetían una y otra vez que de aquello no podíamos hablar con nadie. Entonces, mi hermano mayor y el novio de mi hermana cambiaron sus costumbres. Por el día, pasaban bastante tiempo escondidos en la guarida del granero. A veces,  aparecían para comer o para cenar con todos, pero no siempre, dependía de unas señales convenidas que les dejaba Cecilia en algún lugar visible para ellos. En cambio, por la noche salían a dar largas caminatas, porque decían que necesitaban estar en buena forma para “pasarse”. Lo de pasarse, sin más complementos, era otra expresión que no conseguía entender. Además, me molestaba mucho que no me dejaran acompañarlos en sus correrías nocturnas, pues ya de niño era muy buen andador. En esto, mi hermano Pepe, siempre tan comprensivo y blando con los pequeños, se mantenía extrañamente inflexible. Era evidente que los mayores estaban enloquecidos y al parecer todo era por culpa de la dichosa guerra y del espantoso frente.

Una tarde lluviosa, estaba aburrido en casa y apareció Ramón. Me preguntó si me apetecía acompañarlo a escuchar las noticias. Subimos a nuestra antigua habitación, la que ahora ocupaban él y Pepe, abrió el gran armario, removió la ropa colgada hasta dejar un hueco suficiente en el que cupiéramos los dos, cerró la puerta, encendió la lamparita de la rinconera y puso en marcha el aparato allí escondido. Al principio, aquello sonaba como una pelea de gatos, pero con paciencia consiguió sintonizar una emisora. Se oían voces que yo no conseguía entender.

–Es una emisora francesa –me dijo, y estuvo escuchando un rato. Así supe que el novio de mi hermana entendía perfectamente ese idioma. Después cambió y sonó música.

–¡La BBC! –exclamó. Yo no sabía qué significaba. Aumentó un poco el volumen.

–¿No estará demasiado alto? –susurré. Pero ni caso. 

–¡La sexta! –añadió maravillado. Yo seguía sin entender ni torta. 

Entonces, buscó una postura más cómoda y me dijo: 

–¡Escucha! 

Me fue guiando como un lazarillo a un ciego. Lo maravilloso fue que lo que decía era cierto y que aquella música era como la vida en el campo: el arroyo, la brisa, los trinos del ruiseñor, de la codorniz y del cuco…; y luego relámpagos, truenos, tormenta… Nunca había escuchado nada igual. Me habría gustado retroceder unos minutos y que se repitiera aquella música tan acorde con lo que me iba explicando el novio de mi hermana. Luego me habló de Beethoven y por unos instantes estábamos en el paraíso y ni él ni yo pensábamos en la guerra.

De repente, se abrió la puerta y apareció mi tía Soledad con el rostro demudado: 

–¿Qué hacéis?, están subiendo los del registro, ¿no habéis oído el timbre?

No nos dio tiempo a que Ramón se ocultara. Lo detuvieron y, al cabo de unos meses, en pleno invierno, murió en una de las batallas más duras y sangrientas de la guerra, allá por el frente de Teruel. El último recuerdo es el de su mirada sobrecogida, cuando se lo llevaban… Se había olvidado de que la música no es para las batallas y a mí me contagió su pasión para siempre, aunque me he sentido desde entonces algo responsable de su detención  y de su muerte por no haber estado atento a la dichosa señal. Después de fallecimiento de Ramón, no sabía qué cara poner ante sus padres y ante mi hermana y la suya, consternados por el dolor, aunque ellos nunca me reprocharon nada…“La guerra”, decían en voz baja y con pesar.

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Sobre el Autor
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L. Ramoneda

Escritor y poeta. Filólogo y apasionado de la buena lectura.