La sonrisa del pirata

María de Villota

La sonrisa del pirata

–Juanita Yebra–

Era tremendamente inquieta, sin duda la anciana más inquieta de la residencia y, tal vez, de España. Todo lo cogía, lo enredaba, lo desenredaba, se quitaba un zapato, un calcetín, se sacaba una manga, trataba de alcanzar el mando de la grúa del baño, las cuerdas del arnés, el pañal, todo lo que estuviera cerca. Y sonreía, sonreía con una honda fuerza, con una loca y limpia alegría. Se llama Juanita. 

Tenía un ojo cerrado y durante algún tiempo llevó un parche –pronto dejaron de ponérselo porque le duraba un suspiro antes de que se lo quitara y lo tirara–. Su cuerpo era muy enjuto y su pelo liso era blanco como la nieve y algo alborotado. Mirándote desde abajo y lanzándote esa sonrisa traviesa, se parecía a esos piratas buenos de los dibujos animados o las películas, traviesos y aventureros pero de muy buen corazón –que es lo más importante–. Sí, esa sonrisa tan divertida que coloreaba sus días y que ha navegado con ella hasta el Gran Azul, más allá de su demencia senil, me habla de la alegría de su corazón, que es fruto del amor: la única realidad que nunca muere. 

Nunca olvidaré –aunque mi cabeza dejara de funcionar–, por estar impreso en el corazón, aquellos primeros días difíciles en la residencia, en pleno enero, cuando me tocaba darle la gelatina a Juanita: su sonrisa llamaba intrépida a la puerta de mi alegría, me sacaba del tiempo y me llenaba entero de ella, me volvía también a mí pirata feliz, lleno de ilusión por hacerme a la mar para abrazar. Y luego, a lo largo de este año que hemos compartido en la tierra, más allá de mi falta de paciencia con ella por su agitada inquietud –perdóname, Juanita–, he sido atravesado una y otra vez por su flecha de alegría, hasta tal punto, que ahora que Juanita ya ha llegado a la Azul Felicidad, al contar aquí su amor, preside esta elegía –y me acompaña cada día– esa foto viva e imborrable: la sonrisa del pirata. Con la diferencia de que su ojo ya no está cerrado por una fragilidad física, sino que es un risueño guiño eterno. 

¡Gracias por tu sonrisa, querida Juanita!.

¡Hasta pronto!

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.