La Taberna de Moralzarzal

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La Taberna de Moralzarzal

–La Taberna Don Moral–

Amparado por los bellísimos cordeles de la sierra de Guadarrama descansa el tranquilo pueblo serrano de Moralzarzal. Por sus calles, nos dejamos caer dos amigos en el Domingo de Ramos, a la hora del yantar, para la amistad y la dichosa fecha celebrar. Investigando –incansable explorador de lugares gastrosimpáticos–, había descubierto, a propósito del encuentro, una taberna que se me hizo sugerente por las palabras de agradecimiento a sus regentes y por el aplauso sincero a su tradicional cocina. Bajo un sol generoso, lanzados estábamos en su búsqueda deseosos de corroborar los buenos augurios.

En la calle de la Huerta, descubrimos su fachada empedrada que invita a su hogar; desde sus bonitas ventanas en arco y enrejadas nos saludaron variopintas dragonarias y también, desde una maceta colgante, nos guiñó su ojo un valiente pensamiento amarillo. Tras la fresca bienvenida exterior, cruzando la puerta, nos encontramos de frente con Patricia, que nos acogió cálida y diligentemente, disculpando a los interlocutores de su conversación. Nos ofreció tres mesas con amabilidad y buen humor –“la de la estufa”, “la del biombo” y “la cotilla”, junto a la ventana–; enamorados como vivimos, la romántica escogimos. Recibimos la carta, alguna sugerencia y, antes de darnos cuenta, como el río se funde con el mar, ya estábamos en casa de Patricia y charlábamos con ella como si nos conociéramos desde niños.

El rincón es pequeño –como son la mayoría de lugares donde acontece lo grande– y está decorado con gracia, con objetos clásicos de madera, pequeños cuadros y una lamparita de piel encendida. Con honrada recomendación sobre las cantidades, marchamos la feliz comanda: huevos con jamón, padrones, papas y pimentón, salmorejo para el capitán Smithwicks y bacalao con pisto –sugerencia de Patricia– para servidor. Para beber, Smithwicks escogió su favorito refresco de naranja y el menda la 1906 de Estrella Galicia, con su toque torrefacto y su mágico ámbar tras el cristal.

Entre toma pan, moja yema y pincha papa –lo que se dice un platazo–, la conversación creció fuerte y sana, intercalando el reciente super viaje a Chile del capitán –los paseos marítimos de Viña del Mar y sus hileras de palmeras, las casitas de colores sobre los cerros de Valparaíso, los barrolucos humeantes…– con las palabras alegres y la sonrisa musical de Patricia, con la que compartimos los grandes artes y placeres de la literatura, la música, el cine y las flores. Las otras mesas se fueron ocupando, y Patricia tenía para todos: junto con los platos y las bebidas, reparte espontáneamente piropos, refranes –“más suela y menos cazuela”–, guiños, agradecimientos… y siempre, siempre su sonrisa; todo el abanico que viste su corazón, lo canta su boca. Patricia es sencillamente cariñosa y cristalinamente amable. 

Del platazo –del que no dejamos ni los granillos del pimentón– pasamos al salmorejo –refrescante y sabroso, escandaloso– y al bacalao con pisto con corona de cherry: el pez, rebozado con delicadeza, desalado a la perfección y lleno de sabor y de mar; la guarnición, con sabor a fuego lento y color de amor; los dos, combinados, te llevan con Dios. Para maridar tal manjar, Patricia me sirvió el Albariño Inmortal –con su caricia personal: un par de moradas uvas congeladas–: maduro, fresco, cítrico…, encantador y. efectivamente, te roba a la Muerte, te llena de Vida. De postre, nos zambullimos en el mágico mundo del chocolate con dos coulants… très bien, Monsieur!.

Antes de subir al salón de arriba, que se cierra para celebraciones al gusto del cliente –sólo el espacio o añadiendo un menú al detalle; con una pequeña terraza incluida–, pude saludar a la mitad de este equipo auténtico: Antonio –esposo de Patricia–. No pudo dedicarme más que dos minutos, pero me los dedicó de verdad: Antonio es un romántico, amigo del detalle, del mejor ambiente, del estar a gusto, de lo bien hecho; y tiene unas manos amantes para la cocina. 

Al aire fresco, junto a la ventana florida, departimos con Patricia y nos despedimos con el sabor feliz de la sorpresa de haberla conocido: una de esas personas que se adelantan en el servir y en el sonreír, una de esas guerreras que mantienen en alto la bandera de la esperanza, una de esas mujeres que saben cuidar. 

Para cuando nos apetezca disfrutar de platos tan generosos como sabrosos y, sobre todo, hacerlo al calor del abrazo, ya tenemos casa en Moralzarzal: la Taberna de Patricia y Antonio, la Taberna Don Moral.

Nos quedaba la sobremesa, que esta vez decidimos gozar a pie. La primavera, arrebatadora, nos brindó sus encantos: un esplendoroso rosal escarlata muy amigo del sol, el grana puro de los prunos, otro rosal que agracia una antigua casita de piedra… En un hermoso caminito hacia la nívea majestuosa montaña, acompañados por saltarines conejos, exaltados grillos y una simpática culebra, el capitán Smithwicks y el grumete que escribe siguieron esbozando nuevas aventuras y sonriendo juntos…

Sirva de homenaje este triunfante hallazgo y toda la gloria vivida para el tercer mosquetero, que por gajes del enfermero no pudo asistir: Little Xavi.

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Sobre el Autor
Imagen de B. Rodríguez

B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.