La Universidad ha muerto

Universidad de Bolonia
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  • Acabo de terminar la universidad para entrar en el mundo laboral, y tengo que decir alto y claro que la universidad ha muerto.
  • ¿Dónde están las revoluciones más allá de un sistema tan pésimo como pesimista?
  • ¿Dónde está el amor a esta verdad por encima de la ideología de turno en mitines, propagandas y revistas científicas corruptas, influidas por lobbies, sectas y farmacéuticas?

La Universidad ha muerto

No nos interesan los planes educativos estatales, eclesiásticos o sectarios. No queremos universidades o colegios, al menos no como están paridos a día de hoy. 

D. Luengo

Acabo de terminar la universidad para entrar en el mundo laboral, y tengo que decir alto y claro que la universidad ha muerto.

Ilusionado y entusiasmado empecé mi carrera de psicología tras el arduo y duro bachiller, esperando por fin descansar un poco del sistema educativo, pensando que la universidad se adaptaría un poco más a los intereses personales (ya que por fin uno estudiaría lo que le gustaba) y que me acercaría algo más al mundo, al conocimiento de la verdad y a mi profesión. Pero uno se queda acongojado ―y acojonado― al ver la mediocridad y la cutrez de esta sociedad, que no termina así sin más. Esperando la filosofía, la enseñanza, los pensadores, la ciencia, la reflexión, las humanidades y los debates, el intercambio de ideas, la investigación y los clásicos o el conocimiento universal… uno se queda solo y lleno de preguntas que se resumen en la primera: ¿Dónde está la universidad?

Y sin más vuelta de hoja, regresa uno a casa tras estos años pensando: ¿Dónde están las revoluciones más allá de un sistema tan pésimo como pesimista? ¿Dónde el pensamiento y la crítica por encima de esta democracia demagógica? ¿Ha vuelto a morir Sócrates, el que daba la vida por la Verdad en tiempo de los sofistas? ¿Dónde está el amor a esta verdad por encima de la ideología de turno en mitines, propagandas y revistas científicas corruptas, influidas por lobbies, sectas y farmacéuticas? ¿Dónde el amor a la enseñanza y la vocación más allá del amor a una plaza de funcionario? ¿Dónde el libre acceso a la verdad, a la formación y a la divulgación del conocimiento? Hacen un negocio incluso de eso. ¿Dónde está la formación integral y universal, más allá de los puntos de vista parciales, inconexos y reducidos? ¿O dónde la humildad por encima del ego de tantos profesores que no les interesa tu existencia? ¿Qué ha sido de ese espíritu de innovación más allá de un viejo carbón que lleva 40 años enseñando como lo hacían hace 200? ¿Dónde está la vida, la calle, el mundo, la práctica del aprendiz o el "pasante" y las vivencias más allá del catedrático o doctor ilustrísimo y archi-excelso, teórico como una rata ―de biblioteca―, que no ha pisado el lugar de trabajo de su profesión en la vida y es el que más poder tiene, el que diseña los planes de educación y el que más cobra?

Pero, sobre todo, ¿dónde está la filosofía, la imaginación o la intuición, por encima de este método científico tan limitado para resolver problemas y para encontrar la Verdad? (se puede leer una crítica al método científico en el ensayo Del error no se aprende de este mismo diario). Es mejor vivir la pedantería racionalista, formalista, empirista y estadística. Como nos dicen nuestros profesores: hasta que no llevéis 20 años de profesión e investigación, lo que sea que aportéis no será relevante. Siempre supieron cómo darnos ánimos. Desde luego, cada artículo publicado en revistas que no lee ni su abuela es una medallita para el pechito. Y, por supuesto, hay que leer mucho, o infinito, para hacer una sola afirmación… vaya a ser, en todo momento, que nos estemos equivocando, porque ahora todo es subjetivo. Como decía Chesterton: en cualquier esquina podemos encontrar un hombre pregonando la frenética y blasfema confesión de que puede estar equivocado. Cada día nos cruzamos con alguno que dice, que, por supuesto, su teoría puede no ser la cierta. Así, no cesa de encontrarse esa aburrida falsa humildad entre altos señores de La Academia. La gente se ha creído el solo sé que no sé nada de Sócrates más que el propio Sócrates. ¿Ya no importa ese impresionante conocimiento universal del que hablaba el padre de la filosofía? Toda verdad puede ser falseada ―dicen― porque, realmente, ni en su propio método científico creen desde Mr. Popper.

¡Cuánto daño ha hecho el racionalismo! Y qué sentido común tenía Chesterton cuando decía que loco no es aquel que ha perdido la razón, sino aquel que lo ha perdido todo, excepto la razón. El hombre se ha visto solo en el universo desde que rompió con Dios y hemos pasado de querer entenderlo todo poniendo nuestra fe en la filosofía y en la ciencia, a fracasar en esa imposible Teoría del todo y así desesperar por completo de la razón ―y del hombre― hasta perder la cabeza y ahora no desear comprender nada. Nos hemos vuelto prácticos, pragmáticos, utilitaristas, sofistas, relativos en el conocimiento.

Sin embargo, en este relativismo, podría ser la Belleza y la imaginación lo que sostuviera los cimientos de la Verdad y la cordura, pero… ¿dónde está la Belleza en el arte por encima del sentimentalismo chillón, el cachondeo, el egocentrismo y el sexo? Mejor inspirarnos en lo dramático, en lo aparente y en lo falso vaya a ser que escribamos, que cantemos, que pintemos o que conversemos con el corazón. Luego nos echamos a ver Juego de Tronos en Netflix para terminar de perder la fe en la humanidad, vaya a ser que nuestra fantasía nos lleve a soportar el misterio, a unirnos y a creer los unos en los otros y a trabajar mano a mano, como en el que considero el antónimo directo de George R. R. Martin: que es nuestro querido John R. R. Tolkien. El arte, la imaginación, la creatividad y la fantasía han roto con la Belleza. Puede leerse Música y Belleza en estos mismos Ritmos para comprender mejor de que va el cuento, pero digamos que los protagonistas ya no son las hadas sino los monstruos, de colores grises y vestimenta de traje y corbata.

¿Y dónde está en la universidad el Bien que nos ilusione para triunfar contra el mal? ¿Y esa hambre y sed de justicia? Nada… mejor fumarse un porro, que trae menos movidas después de ver la serie que parió este Gorgias R.R. Martin, artista del drama y la manipulación. Es que eso de buscar el Bien es demasiado polémico y hoy no es políticamente correcto, mejor creamos en el mal y que el hombre es un lobo para su santa madre, su hermana, su prima y su amigo, y desconfiemos del ser humano, empezando, por supuesto, por la raíz de la familia. Luego vas a la facultad y, efectivamente, la mayoría de los profesores solo creen en su ombligo, su sueldo y su plaza.

Hemos pasado del racionalismo al utilitarismo pragmático; del culto a lo bello que soporta el misterio guiándonos hacia la salud mental, al culto de lo feo que desnuda su morbo sin dejar ya nada a la imaginación; y del antropocentrismo al existencialismo y seguido del nihilismo, el materialismo, el hedonismo y, finalmente, el narcisismo exacerbado que se ahoga a sí mismo mirando su propio reflejo mientras el rostro da asco, la piel escuece y el corazón se desangra. Solo falta que nos volvamos todos masones o budistas. O de la nueva religión: la adoración a la tecnología; desde la que están prometiendo el oro y el moro: desde la vida eterna hasta una futura omnipotencia en el dominio de la materia, pasando por las mejores formas de masturbarse con prototipos llegados desde Japón.

La universidad de hoy huele a porro tirando a mierda, como reflejo de la sociedad en la que vivimos, y no se aprende nada o casi nada. Y el casi es por eso de que incluso de ese estiércol se saca un estupendo abono; o porque algún profesor bueno se salva, no gracias al sistema o a su mísero sueldo, sino a pesar de. Desde aquí agradezco a todos esos profesores que de verdad poseen vocación, que nos devolvieron la ilusión y que poseen tanta pasión que han seguido trabajando a pesar de. Pero una cosa está clara: ya no se canta el Gaudeamus Igitur con el corazón. Yo más bien lo cantaba con el recto anal, para digerir tal pantomima que estaba siguiendo. Creo que muchos ―con la suerte de haber mantenido su visión realista tras la comedura de coco― han tenido esa sensación de paripé cachondo mientras entonaban el himno universitario en la ceremonia de graduación, con la certeza de estar saliendo de ahí sin habilidades ni conocimientos para ejercer su profesión para cual supuestamente les han formado.

La universidad se ha convertido en un título, en una secta por la que hay que pasar para obtener dicho título y en un gran teatro para publicitarlo. Somos lo que pensamos y soñarán que influyendo en nuestro pensamiento podrán dominarlo todo. Pero no: somos más que eso, también somos ―y más profundamente― lo que amamos. Pero, indudablemente, la univérsitas, la cuna del pensamiento, de la Verdad, de la creatividad, de la innovación y de la inteligencia, ha muerto.

Quizás algún día resurja. Mientras tanto, en estos Ritmos, seguimos proponiendo una revolución de este sistema educativo a un sistema de formación reinventado: pasar de la universidad a la Universálitas. Por eso, y como pregonaba nuestro presidente y director Don David, quien quiera irrumpir en este nuevo siglo revolucionando algo que nadie se atreve a tocar pero sí a corromper cada día más, que se una a la revolución, que se universalice.

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Sobre el Autor
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JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudié psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.