Las aventuras de Espigüete y Astudillo

Foto de Borja CR

Las aventuras de Espigüete y Astudillo

Dulces valles y blancos picos

–León–

 

I

Espigüete y Astudillo –que además de un pico majete el primero y un pueblo, “refugio en el altillo”, el segundo, son dos buenos amigos– se lanzaron nuevamente a recorrer despacio la tierra de España, a saborear sus fascinantes rincones. Y nuevamente, vino a coincidir su salida con la fiesta de Todos los Santos, que vienen acompañándoles siempre en su soñadora andadura.

Esta vez, tras sobreponer su memoria y su imaginación en el mapa de España y recordar las distintas lindezas saboreadas, cuando sobrevolaba la sublime cordillera Cantábrica, Espigüete posó al fin sus ojos allí donde se alza el macizo más guapo del mundo: los Picos de Europa; en concreto, en dos pueblecitos apacibles que laten en dos valles bajo el hechizo del colosal macizo: en dos Sotos, el de Valdeón y el de Sajambre. Astudillo, ávido como vive de conocer más y más encantos de su tierra, dio gracias a Dios por la mirada y la memoria de su amigo y con él echó a volar entre las aves de la ilusión hacia el próximo viaje.

Llegó el viernes 28 de octubre de 2016, día establecido para comenzar su nuevo periplo otoñal. Desde el corazón de España, lanzáronse rumbo al norte, echáronse a las graciosas carreteras –bohemias y recoletas– y dejaron el cronógrafo en el cajón de casa.

Por sencillos buscadores de la belleza, premioles el Señor de la Naturaleza. Y bien rápido lo hizo. Habiendo escogido esta vez el camino de Burgos, atravesaron Soto del Real hasta ese giro silencioso señalizado con poesía –Miraflores de la Sierra–… ¡y prendiose la magia!, aferrada a las crines de esa carreterita que lleva al mencionado pueblo y después a Bustarviejo, antes de conectar con la vieja autovía de Burgos. Prendiose con la grata voz de la mañana, con el pardo y risueño robledal, con los haces de la luz hiriendo el paisaje entre los virajes de la calzada y el encanto, sólo visible al ojo despierto y sereno, de algunas casas –templos firmes todavía ante la desafiante y desalmada bola de demolición modernista–. Es el arte y placer del paseo en coche: la carretera, río; y barco el coche. Un paseo que suena, entre las silbantes voces que produce el vertiginoso ritmo de este siglo, casi a blanco y negro. Un paseo que lima los desajustes de nuestro ritmo vital, enlazando armoniosamente nuestro corazón y nuestra mente e introduciéndonos en el ritmo de la felicidad: el ritmo de la contemplación.

 

¡A pasear les invita este apasionado narrador,

a pasear, bien andando, bien en coche, bien a caballo…,

para el alma hermosear!

 

Ya en la vía más ancha, dejaron a un lado la Pradera del Amor –ojo al mapa de este narrador y guiño a los dos amigos– y al otro el extremo este de la Cuerda Larga, la espléndida crestería de La Cabrera con su flamante proa besada por el sol: el Pico de la Miel. Y un poco más adelante, conquistaron todavía más el ritmo mejor parando para un pequeño almuerzo en el puerto de Somosierra.

Allí, abrieron tres regalos. El primero fue el descubrimiento de la austera mas cálida –amén del frío portense– ermita de Nuestra Señora de la Soledad –según Espigüete, normalmente cerrada–. En ella, recogieron un alentador mensaje sobre el dolor y agradeciéronlo, como buenos caminantes. ¡Y dejáronle puñados de besos a la Señora, que ya no está tan sola!. El segundo regalo fue el anuncio del sol, que hizo de bienvenida estufa para que volaran los primeros sueños del viaje, desde el nido de una mesita con dos cafés bien calientes y sándwich jugoso; Lorenzo, no solamente besaría la miel del pico, sino que iba a venir a alumbrar todas las etapas del viaje. El tercero y mejor sorprendió con suave olor: la fiesta de la amistad, el saberse amigos, el redescubrir el valor inconmensurable de ese amor que es el más alto: el amor de amistad.  

Ahogada la Prisa y sus siempre aviesas intenciones, subieron a bordo del plateado bergantín y continuaron la travesía. De entre el otoño que se ofrecía, este año algo tímido, comenzó a brillar, hasta sus ojos y sus corazones conquistar, la luz aguda de los chopos: ígneas flechas de lustre sensacional. Junto con ella, fue también la luz de las iglesias y ermitas su estrella: ¡cuántas hay en España y todas bonitas!.

Una de ellas –iglesia en este caso–, que aluza a pie de la carretera, les sedujo, y animados como venían por los tambores del vientre, vieron oportuno hacer en ese tranquilo lugar la santa parada del yantar. Clara y luciente, grave y hermosa es esta iglesia que se aupó en el siglo XIII y no ha perdido hasta hoy –al menos, externamente– ni un ápice de su elegancia y su majestad. Pertenece al pueblo de Pisón de Castrejón, tierra palentina, y está bendecida a la Virgen de la Asunción. A su cobijo y a la sombra de un viejo olmo, sentáronse y desplegaron sus sencillas y apetitosas viandas: pan con tortilla y pan con fuet; y de postre, sabroso y excitante: ¡pan con negro chocolate!.

Retomaron el camino, la mar, y tras alguna parada para recibir algún beso del otoño o alguna flor sorprendente capturar, beberse el sol sobre algún puente y con grato hablar el ambiente caldear, hicieron el último alto antes del destino en la cima del puerto de Pandetrave. Asomáronse a su mirador y embelesáronse con la vista: dos cuerdas magníficas de picos cruzadas y en impresionante baile de luz, la de la izquierda sombreada y la de la derecha con sus crestas encendidas por el resplandor del sol, y abajo, el valle deseado, el de los pueblos de idéntico apellido: Valdeón…

Se deslizaron por el último tobogán y dejaron a la izquierda el primero de los Valdeones, Santa Marina, no sin posar sobre su gracioso conjunto de casas sus ojos, no sin abrigar el deseo de volver en alguno de los días siguientes a pasearlo, a fotografiarlo y a respirarlo. Poco más abajo, aparece Prada –que también atravesarían más adelante–, antes de llegar a la bifurcación de la carretera, justo enfrente del descomunal macizo Central, donde dos letreros llevan años soportando muchas nieves. Indicando hacia la derecha, Caín “el bueno”, el de Valdeón: ¡la dirección de la ilusión, la ruta del Cares, el ineludible mojón!. Pero esa era vereda de otro sol, ahora tocaba virar a la izquierda, hacia Posada de Valdeón: bonita entrada, plazuela abierta, como el bar y la hospedería, iglesia de santa Eulalia a un lado, casa rural…: ¡campo, campo!. 

Pasado Posada, se adentraron en el último pedazo de carretera escondida entre la vegetación y llegaron hasta la última señal de la jornada: Soto de Valdeón. Dos codos a la derecha, y al final de la calle hallaron la Casa Vieja, convertida para ellos en el hogar de sus tres próximos días, gracias al calor de sus jóvenes corazones anfitriones. Una casa remozada con gusto, con solera –de piedra, geranios y madera–, con una fachada –soberbio balcón– invitadora.

Al punto de llegar, Iñaki salioles a recibir, a convidar, no hizo esperar ni quiso analizar para su calidez mostrar. Iñaki es un hombre sencillo, campechano, liberal. Pronto pudiéronlo comprobar, nada más la noble puerta de entrada cruzar. Parece que la calefacción no quería arrancar y la leña de la chimenea del comedor tampoco quería prender. Tal vez a Iñaki le había pillado el toro –o le habían dejado frente a la bestia en el ruedo–, pero en su afán por solucionarlo, se hizo él mismo templada hoguera y, sin darse cuenta, les transmitió que todo iría bien; acompañamiento de ese saber que estábamos donde queríamos, fueron su cervecita en la barra y Johnny Mathis –descubrimiento musical– en el altavoz: buen trago y buena música sólo pueden correr por la garganta y el espíritu de un buen hombre.

Y efectivamente, pronto llegó un paisano y los radiadores comenzaron a latir. Tras volver de un paseíto por el pueblo para las piernas estirar y la voz de la luna escuchar, ya habían llegado dos almas más del equipo para su cena preparar: José Luis y su mujer, Pilar. José Luis –que igual vale para un roto que para un descosido– sacó adelante la chimenea y no perdió el tiempo, pues hízose después sobre la mesa, de las manos y la sonrisa buena de Pilar, un prodigio espectacular: dos sopas de ajo y cientos de lágrimas de alegría, en la cazuela de barro, con su manteca, su tierno pan y su pimentón; ¡qué suculento inicial agasajo!. Hubiéronles de llegar más delicias: dos fenomenales chorizos cocidos y un cuenco de morcilla de León, manjar alegre y picantón: ¡pan y sopón!. No faltoles vino de la tierra: un amable clarete regoles y animoles y sacioles los coletos. Y como en todo lugar donde lo primero es el cuidar, el colofón llevoles a reinar, a como reyes gozar: un arroz con leche encantador para una noche que, eternamente, vive en flor. Suena a pantagruélica cena, pero, como siempre donde en acción el cocinero mago entre, no cupo del empacho la pena, sólo el alma de los dos comensales viose llena.

 Así presentóseles José Luis: con palabras sencillas y rostro amable y un arte en los fogones… realmente adorable. Y así Pilar: con la luz de la sonrisa y de la amabilidad la brisa. E Iñaki…, Iñaki es un genio: por rodearse de gente buena, halló el premio.

Otro caminar bajó la luz de las estrellas dio con sus huesos sobre el catre y con sus corazones bañados en los lagos del agradecimiento por la venturosa jornada primera de esta su nueva vacación y aventura.

 

II

Amaneció suavemente y amanecieron en sus faces dos tranquilas sonrisas, como no puede ser de otra manera cuando entre ángeles se duerme y se cena entre delicias. Un par de duchas mañaneras, ¡y al sol naciente!. La corta distancia que separa Soto y Posada –menos de un kilómetro– se les hizo eterna por gozosa: tras el verde abrazo de la montaña y los rayos del sol entre la espesura, se abre la vista y aparecen los imponentes picos saludando con solemnidad.

En la placita de Posada de Valdeón, se levanta desde hace décadas la popular Pensión Begoña, donde quisieron su primer desayuno celebrar. Allí, hallaron la sorpresa y placer de a Begoña –Leandra, de pila– conocer: una mujer de las que no abundan, que gasta sin medida una estupenda vitalidad y trabaja con el ritmo adecuado, el de las cosas bien hechas; con esa prudencia se mueve por esta vida. Lo mejor, la alhaja del desayuno y novedad para Astudillo, fueron los frisuelos: pedazos de gloria espolvoreados con azúcar.

Bendecidos por el casero desayuno, agradeciéronle a Begoña su entrega y dejáronla, mandil e ilusión en ristre, junto a los fogones y marmitas de su clásica bonita cocina: qué bien almorzarían ese día algunos privilegiados...

Ya a bordo del posante velero, comenzáronse a recrear con el caprichoso otoño que se les ofrecía. En Santa Marina, hubieron deseado  detenerse para conquistarlo, pero no quisieron alterar la ruta marcada con emplazamiento tan misterioso como apetecible: el monasterio de santo Toribio de Liébana –que guarda en su corazón un preciadísimo diamante de madera–. Y bien hicieron, pues poco más adelante, en el puerto de Pandetrave, asistieron a una escena única: los vivaces abedules, convertidos en coloridos protagonistas por los dedos del sol, buscaban hollar la cima entre granates fabulosas alfombras de hayas. Y luego, otra maravilla: en cada flanco de la carretera, formando una triunfal puerta, se erguían los dos chopos más bonitos del mundo: dos plumas doradas de cuento de hadas acariciando el cielo con sus puntas afiladas. Seguro, pues viajaban en manos de la Providencia, acertaron en cumplir con lo previsto: pudieron paladear de la poesía de la luz el inigualable manjar.

Finalizado el puerto de Pandetrave, dejando atrás la villa de Portilla de la Reina, tomaron el puerto de san Glorio que les llevaría a cambiar de paisaje y de comunidad autónoma, saltando de Castilla y León a Cantabria. Culminado el puerto, parece que se abriera ante los ojos el mundo entero, sensación en sí maravillosa. Sinuosísima se torna la carretera, según el antojo de las montañas, invitando al rico charlar y dando lugar a pueblos para soñar, en recónditas gargantas, en enclaves insólitos; apuntaron los dos aventureros algunos de ellos, por su encanto, para futuros descansos –por ejemplo: Vada, Ledantes, Dobres, Bárago, Cucayo–. Dejando a un lado y a otro un buen número de pueblos, llegaron al más famoso Potes y, tomando la carretera que une este pueblo con Fuente Dé, pronto encontraron el desvío hacia el monasterio buscado y, al fin, hallado, recio sereno luminoso: santo Toribio de Liébana, ilustre habitante de la comarca de mismo apellido y faro universal entre los Picos de Europa.

Allí buscaban, además de conocer el santo apartado lugar y su tradición, asistir a la Santa Misa, recibir el Abrazo Sin Igual, y, otra vez, la Providencia les tenía preparadas prósperas sorpresas. No habiéndole quedado claro a Astudillo los horarios y los días de celebración, se acercó nada más poner el pie en tierra a la puerta donde le indicaron podía averiguarlo, a través de los franciscanos que allí moran. Un monje con tono amable y claro le dijo por el telefonillo que no había misa de lunes a sábado –y sábado era–, pero que en apenas una hora…, daría comienzo una misa extraordinaria, de bodas de oro:

¡Albricias! –se dijo a sí mismo y se regocijó–. ¡Bendita puntería! –le espetó al franciscano, que rió–. ¡Resuelto estaba el Abrazo, el niño Astudillo estaría del Blanco Amor en el regazo!.

La dicha fue grande y además no vino sola. Nada más entrar y a Dios saludar, en la capilla donde la doble fiesta –la divina y la humana– iba a tener lugar, unas pocas personas se arremolinaron en torno a don Juan Manuel –el mismo fraile de la primera nueva–, que invitó a los dos recién llegados a la segunda formidable sorpresa: el beso del Lignum Crucis, un fragmento –el más grande conservado– de la cruz de Cristo. Está serrado e incrustado en una bella cruz de plata dorada con cabos flordelisados, quedando entero el agujero sagrado donde clavaron la mano de Cristo –brazo izquierdo de la Cruz–. La especie botánica de la madera es Cupressus Sempervivens –siempre verde–, una madera extraordinariamente vieja e imputrescible.

Tras una breve e ilustrativa explicación sobre el hallazgo de la Vera Cruz por parte de Santa Helena y su posterior difusión por el mundo entero, llegó el momento tan especial del beso: ¡qué emocionantísimo beso, qué labios locos!. Enseguida vínole a la cabeza a Astudillo la liturgia del Viernes Santo que, al destapar la cruz velada que simboliza la muerte del Salvador de los hombres, canta así de emotivo: “Mirad el Árbol de la Cruz donde estuvo clavada la Salvación del Mundo”. Ahora, él también puede cantar, con ese tono que tras el dolor la victoriosa ilusión comienza a reflejar y con la misma emoción contenida: “¡he besado el Árbol de la Cruz donde estuvo clavada la Salvación del Mundo!” –confiésase este narrador, ahora que, mientras la cuenta, se introduce en el acontecimiento, atravesado por ese beso, su piel cual la de gallina y su corazón cual estrella de Belén.

Con una fuerza sobresaliente, con el espíritu agigantado por tan puro beso, dispuestos estaban para la doble fiesta. Hízose esperar, pues los invitados de honor, Gloria y Antonio, volviéronse novios de nuevo por un momento, convirtiéronse en mariposas que a vuelo lento y enamorado dirigíanse a celebrar que llevan cincuenta años siendo dos en uno, a su fiel unión renovar.

Comenzó la fiesta. Celebraba, hombre llano y vivaz, don Juan Manuel. Gloria es ecuatoriana y se notaba, sus sentimientos se le escapaban por los ojos. Antonio es liebaniego, así lo decía su campechanía. Tras una vida de luchas entre Ecuador y España, ahí estaban los dos, unidos los dos, con su familia en torno a ellos, enamorados delante de Dios. De alegría contagiáronse todos los presentes. En el momento de alzar el corazón al Cielo en el Padrenuestro, don Juan Manuel se acercó al pueblo e invitó a todos, incluidos Espigüete y Astudillo, a unir las manos entre ellos y con las suyas, conformando una vibrante cadena de niños asombrados, una familia de iguales hermanos. Y sí, los arrobados rostros de cada uno de los eslabones, indicaban que verdaderamente –y tal vez, personalmente, de forma más clara en adelante– así se sabían, hijos del mismo Padre. Después llegó la paz y con ella los besos, de los que fueron partícipes, unidos a la familia, los dos improvisados invitados. Y luego la Comunión. Y la acción de gracias. Y las fotos y las sonrisas pletóricas y las lágrimas de vida buena. Y como postre del magno festín, otro beso al Leño del Amor… ¡y unos labios nuevos, nuevos para cantar por el mundo entero la Noticia Radiante: que la Vida sobre la Muerte quedó por siempre triunfante!.

Agradecidos y atravesados de júbilo, los dos protagonistas cruzaron palabras con el dorado matrimonio y los familiares, les felicitaron y les entregaron los más sinceros deseos de alegría. Cruzaron sonrisas y grandiosas intenciones con don Juan Manuel y agradeciéronle la acogida, la invitación a la gran fiesta y el ponerles en bandeja y bajo propicia atmósfera el inolvidable suceso. Bajo el faro de la Cruz, el hombre camina imparable hacia la Mejor Vida…

Aprovechando el cantante mediodía, decidieron comenzar la ruta de las ermitas, que nace en el monasterio y se va extendiendo por las montañas que lo guarecen. Tras impregnarse de la magia de la montaña y visitar las ruinas de una de las ermitas, apretando fuerte el sol y llamándoles a la mesa la panza, desandaron la ligera senda, abordaron la flecha de plata y retornaron a Potes, para recuperar fuerzas y hallar reposo.

Aunque muy turístico, conserva este pueblo arrullos de poesía. Ante la múltiple oferta gastronómica expuesta en cada restaurante y azuzados por las ganas de hincar el diente, acabaron algo mareados y finalmente eligieron uno por su localización, pues lo importante es la estancia compartida: romántico lar para el feliz par. Realmente romántico: el puente sobre el río, los ufanos visitantes, la farola, las hogareñas casas de piedra, los tejados en desorden y los árboles entremezclados, una cruz pequeña –pétrea maravilla silenciosa–, los regios picos al fondo y un diáfano infinito azul.

Holgados y renovados en ese beso de pintor, salieron a pie tranquilo para hacer la digestión a la par que deambulaban por alguna callejuela de cuento. Nada más rumbo poner al siguiente hito soñado –Fuente Dé y el mundo a sus pies–, todavía en Potes, pararon providencialmente en la oficina de turismo para ver si había algo que averiguar sobre dicho lugar. Y sí que lo había: durante algunas semanas, estaba cerrado el paso a él por ciertas reformas. Otro sería el día en el que se asomarían al impresionante mirador.

Como siempre, cuando se cierra una ventana, otra se abre. En la oficina, les invitaron a visitar una de las aldeas más interesantes en dirección a Fuente Dé: Mogrovejo, declarado Bien de interés cultural y Conjunto histórico, perteneciente al municipio de Camaleño.

Situada a pocos kilómetros, pronto arribaron a ella y supieron acertada la elección. Descansa en las faldas del Macizo de los Urrieles –el Central– y está rodeada de bellísima geografía. Aquel día, estaba avivada por las gentes en sus calles y caldeada por las caricias del sol.

Tres construcciones atrajeron a los dos espectadores. Primero, su iglesia, de Nuestra Señora de la Asunción –como la de Alpedrete, que bien conocen Astudillo y Espigüete–. Sobria y hermosa, esbelta y de espadaña muy graciosa. Un deleite para la vista y una calidez en el espíritu.

A poca distancia de la iglesia, vive una casa con rostro de niña; rostro que ese día concreto, estaba rozagante, pizpireto, arrebatando todas las miradas: sus ojos luminosos de madera encendidos entre sus frescos cabellos de hiedra, cubrían sus mejillas de piedra; una pamela celeste sobre su tejado, decorada con cinta blanca y serrada en vuelo donairoso. ¡Qué fina estampa!. Astudillo, con unas fotos del vivaz rostro en su hatillo, encontrose con unas señoras de canas que charlaban bajo el soportal de la casa de enfrente. En un afín cruce de miradas, descubrió la broma que una de ellas le quiso hacer a Espigüete –haciéndose pasar por enfadada propietaria de la niña bonita y de la tapia desde la que éste afinaba la captura del instante– e hízose cómplice escondiendo la risa bajo serio semblante. Luego de la broma, con esta buena señora –ciudadana de Amurrio y dueña de una casita en esta aldea–, amiga del buen humor y gustadora de la tranquilidad y la belleza de estos paisajes, charlaron amenamente y disfrutaron juntos de la placidez que reinaba ese día en la aldea.

El tercer pilar en cuestión es la torre de Mogrovejo. Desgastada por el tiempo, rodeada de ruinas y en proceso de restauración, su gracia despierta, además de por la decoración de alguna planta trepadora, cuando se la mira de lejos, en el conjunto arquitectónico, descollando seductora entre las casas. Una de las inscripciones que conserva, reza así:

Subiedes, peña fragosa,
sobre los moros cayó
y a los cristianos libró:
¡ved qué cosa milagrosa!

 

Junto a la torre, comienza un sendero que debe terminar en los pies del macizo. Por él ascendieron los dos caminantes: Espigüete a paso más ligero, tratando de alcanzar los últimos rayos de luz buena para fotografiar; Astudillo, fiel a su ritmo, a vuelo de mariposa: oliendo, admirando y respirando las variopintas flores de algún otro amante de ellas, asomándose por las ventanas naturales a gozar de la vista –laderas, desfiladeros, picos y el cielo en comunión–, disfrutando del juego de la luz, contemplando a una madre y a un niño jugando, amándose… Juntos descendieron placenteramente y con ellos el sol, lamiendo con gran fulgor las montañas y sumiendo al pueblo en la sombra, concediendo una panorámica de ensueño.

Así despidiéronse de la luz del día y antes de retornar por la misma ruta mañanera hasta el dulce viejo hogar, Astudillo, amigo de lo sencillo, pudo recibir dos unidades de eso que abunda tanto como se desestima y que el gusta de llamar caricias, flores, brisas, amores…: la limpia sonrisa de una gasolinera que indicole donde poder echar el carburante que gasta su bastimento y la sonrisa y el ánimo briosos del trabajador de la gasolinera donde finalmente repostaron para poder seguir viajando los próximos días –en tierra de montañas, las estaciones de servicio son contadas–. Tan sólo fueron dos sonrisas, dos milagros…: la llama inextinguible del cariño, el latido de la Vida.

Al llegar a la casa, dejaron las mochilas, bailaron bajo las duchas y salieron a la vecina Posada para terminar el día donde lo comenzaron, en la animada casa de Begoña. Allí les atendió Amador, el hijo de Begoña. Descansar y poder con él unas palabras cruzar, con puntos de vista distintos y comunes ganas de compartir, fue lo mejor que se llevaron de la estancia.

Luego de la cena, como es su sana costumbre, pasearon la noche. En un puente sobre el río Cares –que nace en Posada–, alzaron los ojos al negro tapiz del firmamento y, tumbados en vertical, bebiéronse multitud de estrellas.

Andado, felizmente andado este día único, arribaron a su abrigo valdeonés. Encontraron en la cocina, en amena charla, a los anfitriones y tras contarles los exultantes episodios de la jornada, concertaron el desayuno del día siguiente y se retiraron a sus alcobas, al país de los ángeles, a recobrar energías.

 

III

Trigésimo de octubre, y tercer sol consecutivo desde que pisaron León cantando por la ventana. Diéronle a Dios gracias por el benigno clima e hiciéronse escaleras abajo para los buenos días repartir. Encontráronse al animoso equipo en acción, todos a una en la cocina, que olía a chocolate y manjares. Como el sol en la mañana, calentaba la amplia sonrisa de Eduardo. No esperaban, sin duda, semejante banquete matutino: zumos de naranja, delicias de papaya, chocolate de Astorga –puro y sabroso–, pan con aceite y azúcar y con aceite y ajo, bizcocho casero de nueces y otros sabores, cafés... Un desayuno acariciante, de los que te deja la cara enamorada.

Tras disfrutarlo con deleite y sosiego, Astudillo salió a la calle el primero: ¡al día de domingo, día de Locura y Abrazo!. Con el pueblo todavía en sombra, sintiendo la bondad de la frescura en su rostro, caminó hacia la iglesia grande de San Pedro Advíncula. Descubrió, en pequeñas eras junto a las casas, feraces matas de frescas flores. Cerca del templo, junto a un hórreo desgastado y unas flores muy mozas –¡muy blancas unas, muy amarillas otras y otras de elegante lila!–,  bajo los primeros rayos de sol que entran calentando por el oeste del pueblecito, junto al rumor del río frente a la montaña, un poco más adelante del cementerio, en el manso regazo de unos cuantos picos de Europa, levantó su oración… inexorablemente enamorado. Tras un ratito en la eternidad, aproximose la hora de la Santa Misa –donde la Eternidad misma se hace Pan– y a la puerta de la iglesia, al lado de todos los varones venidos, encontró a Espigüete y ambos entraron sin tardanza: ¡se acercaba del Abrazo la danza!. Allí estaban las mujeres, cerquita del Sagrario, dichosas comulgantes. Los hombres…, los hombres entraron al final, se sentaron en los bancos de atrás del todo… y no…, ninguno de ellos comió el Pan que alimenta para el resto del peregrinaje. Aquellas mujeres son las mujeres de Jesucristo.

Al salir de la Gran Celebración, tomaron unas resplandecientes instantáneas: casas, montañas y celeste, de fondo, y la bella ermita de la Virgen Blanca de protagonista. Luego, un par de malvas reales –también llamadas alceas–, de cuerpo rosáceo y el corazón prendido como una vela, les dieron ocasión, al ensalzarlas con la cámara y prenderlas en el alma, de conocer a un par de francas señoras, que les llenaron los bolsillos de granas de esa planta de exquisita flor y de granas, en más abundancia todavía, de la bondad que hace florecer los corazones todos. ¡Qué gente buena habita este Mundo!.  

En la suya Casa, abasteciéronse con unos bocadillos bien completos –preparados con la rauda dadivosidad de los hospederos– e hiciéronse a la mar, directos hacia a uno de los hitos fijados antes del comienzo de la aventura: la ruta del Cares – una parte del desfiladero del río Cares, que se alarga mucho más, atravesando las montañas, en dirección al mar.

En Posada, volviéronles a sorprender, silenciosos y señoriales, los picos. Ya en la carreterita que lleva hasta Caín de Valdeón, una deslumbrante y caprichosa cresta, perfectamente visible bajo un cielo claro y un sol pleno, impulsoles a parar, bajarse y… ¡los ojos llenarse!.

Poco a poco, fueron introduciéndose en túneles vegetales que, como grandes manos de mago, escamoteaban y devolvían a la vista diferentes picos en pueril fascinante espectáculo. Sin darse cuenta, embelesados en la película de sus vidas, dieron con el lugar dispuesto para dejar las ruedas y coger las botas: Caín de Valdeón, uno de los dos límites de la ruta –el otro es Puente Poncebos.

Animado por un buen número de amigos del sol y del camino, el pueblo, abrigado por las montañas, casa de genuinos pastores, latía vida. Como signo de la fiesta, una maceta de margaritas amarillas: ¡exuberantes saetas!. Algunos excursionistas acababan de realizar la ruta, mientras otros –como los dos andariegos– se disponían a ello. Los primeros traían el rostro lleno de jirones de magia. Los segundos, ilusionados, tomaron esos retazos como aperitivo de la gran marcha, puesta a punto de los sentidos y despertar del espíritu contemplativo.

El cartel antes de comenzar el sendero luce radiante y sugestivo: la Divina Garganta del Cares. El azul de las aguas que se deslizan tranquilas hacia la presa, susurra ya esa divinidad que amansa y sobrepasa y hace soñar…

La presa marca el comienzo del desfiladero, las montañas se acercan atractivamente hasta casi besarse, pero sin llegar a hacerlo, sabiéndose nada más que instrumento de gozo para el ser humano que, este sí, dejándose enamorar, asombrándose ante tamaño regalo, experimenta unas profundas ganas de besar y ser besado. ¡Cuántos besos habrán dado lugar a los más bellos sonidos de este encantado lugar, más bellos aun que los de su portentosa naturaleza!. ¡Cuántas heridas con ellos se habrán curado!. ¡Cuántos seres viejos habrán sido arrancados de las garras de la desesperanza y se habrán recuperado para vivir entre esos inteligentes quehaceres de niños!.

Espigüete y Astudillo, que son de los enamorados, se adentraron en los primeros túneles excavados en la roca, que se traspasan, por momentos, prácticamente a oscuras, y que les suscitaron esa jovial emoción de los aventureros. Tras un tramo de túneles, se abre la vista y se palpa, al descubrir la estrechez del sendero ya sin los muros, la grandiosidad del lugar. Mirando hacia arriba, sobrecoge la altura de los picos a ambos lados, majestuosos edificios naturales, y maravilla la cantidad de árboles que han nacido entre la pura roca y que crecen y se sostienen en formas imposibles. Mirando hacia abajo, lavan los ojos las cristalinas y espumosas aguas del Cares y limpia su cantar los oídos. Absortos y deslumbrados ante la realidad, los dos camineros descubrieron que la voz principal del cantar del río había sido sustituida por el coro de los sonidos de la montaña y, entonces, al bajar de nuevo la vista, les sorprendió la hondura y la lejanía del Cares, reducido a un insignificante hilo azul. Avanzaron por la cinta de arena que rodea la roca y los ojos se les multiplicaron y las bocas se les abrieron: el capricho de un recodo, la esplendidez de una nueva vista, la osadía de una hilera de encinas, la magnitud de una brecha, la adrenalina de los puentes sobre el aire, el juego visual de la coreografía del desfiladero, los surcos de luz entre las sombras, las múltiples siluetas de los picos, un par de las famosas, burguesas y mansas cabras montesas de la garganta, la pequeñez física del hombre y la grandeza de su espíritu, la capacidad y la pasión que le llevó a trabajar la roca para llevar agua –en su primera intención– y para trazar esta salvaje divina ruta. Disfrutaban, disfrutones, disfrutaban…

Tal vez como a mitad de la ruta, encontraron una apertura en el camino –apenas las hay– que da pie a una escabrosa pendiente por la que dejáronse caer levemente hasta el terruño de un notable tilo, cuya sombra juzgaron idónea para el almuerzo: ¡bendito exótico paraje!. Sacaron las cariñosas viandas y comenzaron a degustarlas, como si fueran frutas de los árboles del Paraíso. Recorrieron el paisaje con vista serenísima, se miraron, sonrieron… La vida exudaba todo su sentido y su belleza. El tiempo se congeló. El sol fuerte brilló. La sombra del tilo acarició. Espigüete y Astudillo deleitáronse en la mutua compañía y en los latidos del Corazón que vivifica este Mundo y que hizo posible ese sagrado por placentero momento.

Emprendieron la vuelta hacia Caín tan contentos como el sol, tan llenos como él de luz, cantarines, desenfadados, sabiéndose bendecidos por haberse podido colar entre esos muros increíbles sostenidos por el mismo poder amante que levantó prodigiosamente las aguas del Mar Rojo. Al volver, Caín lleno de vida seguía, aunque con otro ambiente: poca luz, el humo de una chimenea junto a la ermita y la paz palpable de muchas gentes llenas del sabor de la naturaleza y la felicidad de la fraternidad.

A bordo de la goleta, recorrieron de vuelta la ondulada y divertida carreterita, dejáronse rozar por las manos del viento, supiéronse henchidos de alegría. Al llegar al sitio donde se juntan los carteles de Caín y Posada, torcieron a la izquierda, en dirección al otro Valdeón pendiente de degustar: Santa Marina.

Pronto hallaron un antiguo camino asfaltado y muy estrecho –apenas el ancho de la goleta– que intuyeron interesante, y tomáronlo justo cuando el redondel dorado cambió su rumbo, cubriéndose lenta y románticamente de sombra el pueblecito de Santa Marina. Bordeando un prado, dejando atrás un cerezo de fuego y unas bonitas casas, llegaron al pueblo. Junto a su iglesia, sobre una tapia, sentáronse frente al otoño, en silencio… Bañáronse de colores hasta que, pronto, la noche vínoles a acunar. Entonces, recorrieron sus quedas calles y visitaron –para recordarla Espigüete y conocerla Astudillo– la casa rural Ardilla Real, regentada por Laura –que enseñoles las habitaciones– y Julio, amantes de la montaña. Acogedora, bien decorada y limpia, con rincones sugerentes: un confortable refugio para quien guste de la holganza campestre.

Ahora por la carretera más nueva, decidieron atravesar esta vez Prada –quieto bajo la luz de sus farolas– hasta Posada, para arribar de Soto a su lar, donde, como el primer día, les esperaba la fruición de una cena leo-montañesa.

Nuevamente fueron sorprendidos por la largueza de la Casa, el ágape fue casi de palacio: sopa de fideos, sopa de locura de ajo –impresionante–, gulas con huevos fritos y cama de papas, boquerones en vinagre –excelentemente aliñados por Eduardo y su esposa–, maruca con pimientos, ajitos y una salsa muy rica en cazuelilla de barro –una auténtica gozada–. Todo regado con un tinto de Cigales suave y enamorante.

José Luis es un chef de primera, de los que le ponen arte, pausa y mimo. Qué gustosa es la vida con gente que sabe querer.

Tras haberles pintado un festín de color y locura, sabor y ventura, en una mesa contigua, comenzaron los posaderos su descanso gastronómico. Y pronto las tertulias se mezclaron y comenzaron a compartir los jalones de la jornada y otras vivencias. Astudillo, sin buscarlo expresamente, esencia de sus entrañas, metióse de lleno –tras cortas incursiones anteriores– bajo la piel de sus contertulios y trascendió con ellos hasta donde Dios quiso, más allá de lo ligero, hasta las prodigiosas profundidades que habitan en el centro de cada ser humano. Tras el estupendo ratito de ciencias –sociología, antropología, filosofía, teología–, cortesía de los vivos corazones de los presentes, primero Dios, agradecieron la compañía y el haber ido a parar a esta casa vieja; vieja, si acaso, por sabia: sabia por su sencilla y total acogida, por sus brazos abiertos y sus sonrisas en ristre, por su calurosa campechanía.

Justo es proceder, al final de la última noche en sus brazos, a las perlas de esta familia al Mundo ofrecer:

Iñaki: esa inocencia que lleva en los ojos el sabor a gloria.

Pilar: esa sencillez y cercanía, esa buena palabra y buen hacer que hacen de los momentos encuentros y del encuentro ese compartir que llena la vida.

José Luis: un noble maragato, con una delicadeza y una diestrísima mano en la cocina, y una atención cariñosa, floreciente de detalles.

Eduardo: una sonrisa musical, unos oídos abiertos que quieren más y por la vida una ilusión que siempre le llevará hacia adelante, hasta proclamarse campeón.

 

IV

El desayuno con el que fueron despedidos la última mañana fue pantagruélico: con huevos y bacon. Bien sanos, salieron a dar el último paseo en la zona antes de saltar de valle, por una vereda que nace justo en el otro extremo del pueblo. El sol brillaba vivísimo. No fue largo el recorrido, pero sí suficiente para un estimable ramillete de regalos hallar... Un coqueto recoveco en la espesura, un fascinante instante para la cámara: a los pies de una revuelta de alfombras verdes y bajo cielos azules, unas hileras arboladas con los colores de la tierra; detrás, una suave colina y, al fondo, una familia de picos; de marco, un tronco, la valla y el ramaje. Un fresno luciente entre limas y limones. El canto del río y el trino del ave. La aventura de unos montañeros. Una manta cobriza salpicada de prados. Saltamontes muy contentos por el cálido “hasta el año que viene” de este octubre. La voz de la amistad.

Aunque les pillaba a desmano del siguiente destino, pendientes estaban de abrir el baúl del otoño en Santa Marina que les había cerrado la noche anterior. Arribaron al pueblo y coláronse por las callejuelas siguiendo sus olfatos de niño. Dieron con una casita que tenía en su fachada cantarines habitantes: de entre ellos, destacaban, por salvajes y lozanas, las dalias de Dios. Pudieron además, siempre a punto la Providencia, conocer a la risueña dueña. Una mujer tan joven como las coloridas alegrías que maquillan la cara de su bonita casa de piedra y madera y tan cercana como la bienvenida que de ellas se desprende: “venid y ved”. Aproximáronse a la cercana iglesia de intrépida espadaña. Y desde ella, a una antigua y graciosa caseta de la luz, perfecto mirador desde donde se abarca la familia de casas que conforma el pueblo y desde donde alcanzaron la miel del otoño, vestido con sus mejores galas en esa mañana, gracias al manto del sol sobre los bellos montes. Anduvieron entre la calma de las calles del pueblo, pasearon el prado que se extiende a sus pies, descubrieron unos vivaces geranios que rejuvenecen un viejo hórreo y, tras llenar de aire limpio los pulmones y la imaginación de lindos rincones, tomaron de nuevo la brújula dispuestos al derrotero del viaje cambiar, al otro valle arribar, al otro Soto: el de Sajambre.

Volvieron sobre sus pasos para atravesar Posada y dejar a un lado Soto –recordando lo bien vivido en aquellos dos pueblos, su espíritu exclamó en silencio agradecido–, comenzando a subir el puerto de Panderrueda. Con una ensalada de otoño y buena compañía, el tiempo voló y resultó que se encontraban en la misma carretera de la peregrinación que vivieron justo hacía un año prácticamente cabal. Durante un rato, les pareció retroceder ese año en el tiempo y estar navegando por aquella apasionante travesía. La imaginación les ilustró: el emocionante desfiladero de Beyos, la bienvenida de Rafa, Charo y Quique ante aquel ocaso impresionante, el dichoso despiste que les llevó a la casa y a la nueva sencilla vida de Conchi y Ricardo, el cobijo del manto de la noche y de la casa de Cristina –su casa aquellos días–… ¡Imágenes como latidos de luz y color!. Acercándose al nuevo destino, el cartel con su nombre devolvióles al presente: este año tocaba descubrir otro enclave del mundo. Cruzando Oseja de Sajambre, tomaron el desvío hacia el pueblo vecino y hermano de apellido: Soto de Sajambre. El ramal que a él lleva es atractivo: estrechos túneles de piedra, la gloriosa presencia montañosa y un elegante abanico vegetal. Con el pueblo al fondo de una hermosa panorámica, se decidieron los muchachos a orillarse en un verde prado y tomarse un tiempo para la manducación. Las viandas de batalla con las que se pertrecharon al comienzo del viaje les fueron suficientes para nutrirse y divertirse. Y seguidamente, aprovechando las últimas risas del sol, decidieron sestear con la pacífica compañía de unas vaques y la arrulladora nana de sus cencerros. Luego de la tregua, pusiéronse en marcha para, por fin, arribar en la nueva estancia, no sin antes aprovechar la oportunidad de recoger los frutos de un gran nogal que justo allí se levantaba: ¡eso sí que eran nueces de verdad, con sabor y salud!.

Retomando la senda, en un santiamén llegaron al pueblo, conocido como el Jardín de la Peña Santa de Castilla. Pueblo de montaña, pueblo con sabor a pueblo. A los pies de la susodicha peña –la cumbre más alta del macizo occidental de los Picos de Europa–, enclavado en el valle de su propio apellido, unas pocas casitas que huelen a hogar –las más combinando piedra y madera– van flanqueando asimétricamente la calzada. Visten la tradicional arquitectura de corredores y hórreos. Todo el pueblo está arropado por una generosa arboleda y robustas montañas, resultando así íntimo. En dos curvas llegaron al que iba a ser su techo por un par de días: el hostal Peña Santa, de aseada fachada. Se les ofreció una cálida habitación: de brazos de esperanza y sombrero de madera. Descargaron mochilas y pertenencias y salieron a descubrir los vericuetos y respirar el aroma del lugar.

Apenas sesenta habitantes viven en Soto en la actualidad, por lo que impera por sus calles un grato silencio. Algunas familias relajadas en sus casas y algunos excursionistas –se trata del Parque Nacional de Picos de Europa– aderezaban esa calma. Dejando atrás las casas, el paseo llevó a los andarines a adentrarse en el campo, iluminados por la última claridad del día. Encaramáronse a una loma junto a unas vacas y merendáronse el ocaso. En pocos minutos, se “apagó” el sol y se encendieron las luces del pueblo…: volviéronse a sumergir en el privilegio de la contemplación. Envueltos en la paz de la noche, regresaron diagonalmente loma abajo hacia el pueblo.

La memoria buena –la que almacena lo esencial– de Espigüete despertole momentos vividos, tiempo atrás, en esta tierra. Hízole recordar de Isidora el bar. Acercáronse al tal refugio y fueron justo a dar con el nieto de la señora –ya fallecida– que, amabilísimamente, abrioles las puertas de su casa –lo que era el bar– y las puertas de la interesante por llana historia de su familia. El fenomenal chaval, que gasta una sonrisa auténtica, se llama Jesús. Un día especial, cuando era niño, tuvo un terrible accidente: cayendo desde una considerable altura, un hierro le atravesó dolorosamente varias zonas del cuerpo. Gracias a que vivía un médico en una casa cercana, pudiéronle cortar la hemorragia y mantenerle con vida. Agradeciendo el milagro, hoy destila –sus palabras, su sonrisa, su humildad– una ancha paz. En la casa, estaba con él Santiago, su tío. Entre los dos, agasajáronles con historias de toda una vida entre el pueblo y el campo.

Santiago fue –ya es muy mayor– ganadero junto a su hermano Enrique –padre de Jesús–. Trabajaron de sol a sol –de sombra a sombra–, pateando los campos durante las cuatro estaciones –el invierno es especialmente crudo, en esta zona–, para cebar, cuidar, mover, guardar…, los ganados. El que trabaja en el campo, dicen, está todo el día liado. Vuelve para comer y, si acaso, echarse un rato en el escaño, para volver a la tarea antes de que caiga la noche. Hubo tiempos en los que aparecieron lobos que causaban serios estragos en el ganado. Hoy por hoy, se protege a la especie –al animal– antes que a los ganaderos –a las personas–, que pagan, y duramente, las consecuencias. La mayoría aplasta a la minoría: poderoso caballero es don dinero. Antes, guiándose por el justo sentido común, el guarda organizaba la cacería del lobo. En el pueblo se planeaban las batidas y “lo que se hablaba allí era todo, no se hablaba más”. Así protegían a su rebaño y, por ende, su oficio y el pan de su familia. Habláronles también de aquella época dorada en la que el pueblo bullía de vida, con familias de hasta quince hijos. Muchas veces en invierno venían grandes nieves y se iba la luz y el agua por días, pero a nadie le faltaba nada, todos participaban en el bien común y se abrían de nuevo los caminos sepultados. Fue por aquel entonces cuando don Félix de Martino Díez, un buen hombre que había emigrado a Méjico a finales del siglo XIX y se había abierto paso como empresario, regresó al valle –a su origen– para invertir gran parte de su fortuna en la educación escolar de sus paisanos y en infraestructuras que mejoraran la calidad de vida de todos. Construyó una escuela –arquitectónicamente magnífica; hoy convertida en museo–, la dotó de excelente material didáctico y buscó un maestro bueno –el mejor de su promoción–, tan bueno que enseñó de todo a todos los niños –ahora, ufano, Santiago cuenta que su madre Isidora, como el resto de habitantes, no cometían ni una sola falta de ortografía–. Invitando a todos a colaborar con materiales y mano de obra, se construyeron también una fuente, un lavadero y una fábrica de luz, fundamental para el suministro de energía eléctrica. Modesta y calmosamente fueron los campesinos trazando pinceladas de su vida, coloreando los oídos de los dos inopinados huéspedes.

Gracias a la visita de un vecino y de unos habituales forasteros madrileños amantes de la zona –padre e hijo–, se improvisó una reunión en la cocina; una de esas genuinas cocinas de leña o carbón hechas de hierro fundido, que hacen las veces de estufa, ¡y calientan con una fuerza que quita constipados!. Al padre, detalle genial, le dijo Jesús: “siéntate ahí, es tu sitio”. ¡Para todos hay sitio en esta casa!. ¡Cuántas buenas reuniones habrán acontecido y acontecerán bajo este techo universal!. Llegó la hora de proseguir la marcha y los dos invitados se despidieron efusivamente y muy agradecidos, quedando invitados a volver siempre que quisieran a esa casa de corazones abiertos. La lección de vida fue sobresaliente. Supieron cuántas cosas se pueden llegar a aprender en el campo –escuchando a la naturaleza, a los animales, a las plantas– y, sobre todo, el arte de la vida buena: aquellas gentes de pueblo, sin haberles faltado el sufrimiento –que ni ha faltado, ni falta, ni faltará a ningún ser humano–, son gentes felices, sencilla y profundamente felices –como aquellas señoras de Soto de Valdeón.

De vuelta en el hostal, sentáronse relajadamente a tomar una casera cena caliente. Satisfechos, salieron a celebrar su consuetudinario paseo. La noche era deliciosa. El fresco besaba el rostro como besa Dios a sus hijos. El silencio del valle se hizo canto abrumador. Las estrellas conformaban el coro encantador. Alejáronse de las casas y las luces hasta sentir la impresión de la oscuridad y regresaron, tras otra fecunda jornada –mezcla de viaje, contemplación y tertulia–, a la cueva, abandonándose al sueño para reponer fuerzas para la penúltima etapa del periplo.

 

V

Amaneció el primero de noviembre bien clarito, soleado, para la excursión que ni pintado: ¡fiesta de Todos los Santos, de los mejores amigos!. Desde el principesco ventanal del piso más alto del hostal, comenzaron los dos excursionistas a pregustar las venideras mieles... Lleváronse de recuerdo un cuadro más: en el primer plano, las casas graciosamente “descolocadas” con su hogareña multitud de viejas tejas; en el segundo, los prados y el cromatismo otoñal: fantástico ropaje natural; y al fondo, la sierra de monumentales picos con su capa blanco azulada al viento.

Vibrantes ya los ojos y deseoso el corazón de acción, bajaron a recoger las vitaminas necesarias en un saludable desayuno. Ya sólo faltábales por llenar el espíritu, antes de comenzar la excursión, que se titula así: la majada de Vegabaño. Para ello, acercáronse a la iglesia sajambriega y uniéronse allí a un puñadito de gente del pueblo. El templo, de estilo neoclásico, fue construido en el siglo XIX y bendecido bajo la advocación de Santa María de las Nieves. Pétreo y de buena hechura, por fuera, con un elegante campanario. Tan discreto como idóneo, por dentro, con un retablo barroco presidido por una dulce talla de Santa María del Pópulo con el Niño Jesús en brazos. Y sobre todo, en él acontece el más grande encuentro: cualquiera puede tocar a Dios y hacerse uno con Él… Así hicieron los dos valientes: celebraron la Gran Fiesta y comulgaron. Y más contentos que unas castañuelas, los más felices del mundo, se hicieron con sus petates y pusieron ¡pie al monte!.

Dejaron a un lado la fuente y el lavadero del pueblo, y al otro, un hatajo de vacas mugidoras en su corral. Y acompañados por la música del río Agüera, adentráronse en el camino –llamado Viejo–, que se aleja del valle y sube sin pérdida hasta la anhelada majada.  Pronto se hicieron ricos, encontraron una joya del otoño que destellaba entre la manta terrosa: un fresco fresno prendido de limas y limones; lámpara y guiño… Más adelante, internáronse en un espeso mar de hayas por el que no dejarían ya de navegar hasta a su puerto llegar. Un panorama les alentó justo antes de que el terreno se volviera más pindio: una pradera donde se alimentaban siete caballos y sobre la que se apoyaba una manta rojiza con algunos reflejos verdes; al fondo, se asomaba tímidamente la cresta de un pico y en lo alto, un limpio lazo celeste entretejido de vuelos blancos. Tras unos minutos asomados por esa ventana, aspiraron la gloria y comenzaron la ascensión.

La senda entre hayas es asombrosa. Envolvióles un túnel de amarillos, ocres, rojos y verdes. El silencio…: el silencio era azul. Los brazos de las hayas conformaban ojos por los que gozar de irrepetibles briznas otoñales, de inéditas vistas que lavan el alma del montañero. Bajo sus pies, esponjosas alfombras de cobre. Más adelante, comenzó el concierto de voces y percusión: mugidos y cencerros. Entre palabras, “bigotes” y sonrisas, conectaron con otra pista más ancha  –que también nace en el pueblo– donde las vistas se abrían y los picos se podían enfrentar en la distancia. Pasado un durín repecho, les saludaron el colorido abedul y el cuajado serbal, anunciándoles que cerca estaban ya de la meta. Y efectivamente, pronto se desplegaba ante sus ojos la admirable majada, bordeada de hayedos, salpicada de cabañas de pastores y cobijada por los grandiosos picos de Europa. Gozaron de su preciosa pequeñez dando pasos lentos y girando sobre sí mismos, asumiendo toda esa maravilla. Sublime, desde la campera, resulta la presencia y la fachada de la peña Beza, que embelesó a Astudillo: sobre un casco de hayas flotando en verdes aguas, se alza esa vela clara y enhiesta, poderosa, surcando el cielo. Recorrida la vega, antes de llegar al refugio de montaña, sentáronse sobre una ondulación del terreno para bailar con la belleza frontal: tras la valla de madera, dos colinas pobladas de hayas unidas en bello lazo, y tras ellas, descollante, el más extenso de los tres macizos de los Picos de Europa, el noble Cornión, con su más alta peña, la Peña Santa.  Qué a gusto estaban allí: aroma de Paraíso. Tras asomarse al refugio, perfectamente preparado para el alojamiento, saludaron a unos paisanos que andaban en sus labores campestres y siguieron sus indicaciones hacia la senda del emblemático “roblón” –un roble centenario de unos 18 metros de altura y unos 3 de diámetro–. Comenzaron la mágica incursión en el hayedo: piso de plumas de cobre, decoración de piedras con musgos brillantes, las carantoñas de la luz… Para poder contar con la antorcha del sol en el regreso, decidiéronse a parar en un clarito y tumbarse bajo el sol un ratito. Cerraron los ojos, acomodáronse en el mullido jergón… y soñaron. Tal vez, quince minutos: la risueña eternidad. Retornaron sobre sus pasos por entre el hayedo y, cerquita del río Dobra, al cobijo de una lozana haya, tomaron asiento en la infinita mesa verde. Alimentáronse, relajáronse y, Astudillo, como gusta de hacer en los espacios recoletos de los jardines del mundo, tendiose a volar por un sueño santo y profundo.

Espigüete, siempre despierto, hízole sonar el despertador: era hora de regresar. Traspasados de la belleza del paraje, enamorados por los ojos, lo abandonaron hasta la próxima oportunidad tomando el camino de vuelta a Soto, esta vez el más largo y suave: nueve kilómetros de verdes y amarillos –distinto ritmo el del otoño en esta zona–, de recodos sorprendentes, de sutiles pinceladas, de pasos emocionados entre millares y millares de hayas y robles. Hubo lugar en el recorrido para que asistieran los dos andadores a la estremecedora tala en directo de un haya: las sorpresas del peregrino.

A paso lento y entretenido, acabaron por avecinarse al pueblo, mas una sorpresa más iban a encontrar antes de llegar. Había al pie del camino, antes de las casas alcanzar, un pequeño arboreto que contaba, entre otras especies, con unos fornidos castaños que habían comenzado ya a regalar sus frutos, cuajando la tierra de ellos. Como dos niños, comenzaron a recolectar las castañas; hiciéronlo cuidadosamente, para evitar pincharse con las afiladas púas de los erizos que las protegen. Sentados en un banco cara al pueblo, con Dios, dieron buena cuenta del hallazgo: para merendar, ¡festín del castañar!.

Saciados y contentos, prosiguieron su andadura, se adentraron en el pueblo y llegaron al hostal, donde les esperaba otro acontecimiento.

Queriendo conocer por dentro el albergue anejo al hostal, dieron con Francisco, un caballero gijonés que allí se hospedaba. De hablar generoso, de mirar cercano, de imaginación rica, les hizo de cicerone no sólo del montañés albergue, sino de una de sus pasiones: la belleza de toda esta comarca. Tan a gusto se sintió con los dos jóvenes –y tan a flor de piel tenía el corazón–, que la confianza le llevó a explayarse acerca de lo que, en esta concreta ocasión, le había traído a esta zona tantas veces por él frecuentada. Había venido hasta Soto de Sajambre para llevarle unas flores a su esposa, cuyos restos descansan en un prado cercano –ella, guapa como nos enseña en una foto y buena como nos cuenta, vive ya para siempre en el Cielo y mueve las estrellas en la noche para su esposo–. Encantados de conocerle, de conocer su historia, saludáronle amistosamente y despidiéronse de él con un sincero “hasta pronto”.

¡Y vaya si fue pronto!. En el restaurante del hostal, a la hora del yantar, en mesas contiguas vinieron a dar. Mientras cenaban caliente, Francisco comenzó a ilustrarles sobre algunas etapas de su vida. Gastaba, sin duda, elocuencia, pues a medida que iba desgranando su trabajo en la metalurgia iba Astudillo dilatando los ojos –sin ser un campo el tal que a priori le llamase la atención–. Cuando a la palabra la enciende la verdadera pasión: ¡todo lo prende en su canción!. Francisco seguía contando y disfrutando en ello. Espigüete y Astudillo gozábanse en escuchar. Las andorgas se iban alegrando. La unión de dos altos artes, el de la conversación y el de los buenos alimentos, empezaba a forjar uno de esos momentos imborrables. El espacio entre las dos mesas desapareció, pareciera que estas se hubiesen fundido en una sola: los tres comensales, los tres viajeros, estaban ya totalmente unidos. Y en esa atmósfera de intimidad y amenidad, de sincera compañía, quiso la Providencia, aprovechando la herida abierta de Francisco y la pasión por restañar de Astudillo, que se llegara a cumbres más altas, al cogollo del corazón, al sentido de la vida. Salió a relucir la esencia del ser humano, su trascendencia, su Meta. Vinieron a posarse las palabras inopinadas y perfectas en los labios de Astudillo y volaron suaves y directas, colándose en el corazón de Francisco para volverse lágrimas sanadoras que vieron serenas la luz. Sucedió el más grande de los actos: un ser humano amado por otro ser humano. Aquella herida cicatrizó un poquito más, aquel hombre se fortaleció y los dos muchachos, no sin antes hacer la mejor digestión –la del buen paseo–, se tendieron felices en sus catres para bucear por los sueños, antes de exprimir hasta la última gota de esta aventura.

 

VI

Segundo de noviembre: día de los fieles difuntos y día de la vuelta a casa. Asomose Astudillo presto por el ventanal y cazó una lengua caudalosa de luz inundando el valle, calentando el pueblo y besando al vivaz cerezo. Desde la otra punta, en el horizonte, los tres picos azulados asistían también al espectáculo. Con aquella cascabelera luz brillando en su cara, fue a buscar a Espigüete y juntos bajaron a desayunar como reyes, como Dios manda. Entrelazáronseles los sabores de las viandas matutinas con el regusto de la gran aventura que se acercaba a su plenitud. El año anterior, les sonrió la cara asturiana de los Picos, y este, la cara leonesa. Dos sonrisas inolvidables que siempre iluminarán a los amigos.

Fortalecidos sus cuerpos, dirigiéronse a la casa de Santa María de las Nieves, para inflamar sus espíritus y rezar por todos los difuntos –“conocidos o desconocidos, distantes o cercanos”–. Los himnos en este día son una hoguera pletórica:

 

Himno de Laudes –oración de la mañana:

 

Muerte que das a mi vida

trascendencia y plenitud,

muerte que ardes de inquietud

como rosa amanecida,

cuando llegues encendida

y silenciosa a mi puerto,

besaré tu boca yerta

y, en el umbral de mi adiós,

al beso inmenso de Dios

me dispondrás, muerte muerta

Amén

 

Tras la fiesta de los difuntos, alborozado el corazón, quisieron saludar y abrazar con palabras entusiastas al preste, don Luis. Complacidos quedaron saludadores y saludado.

Alimentados con el Pan de los infatigables, no pudieron los aventureros evitar, antes de emprender el camino de vuelta al hogar, una última incursión en el bosque realizar. Montarónse en la flecha de plata e introdujéronse por el camino largo de la tarde anterior. Era el mismo camino y, a la vez, era nuevo, lucía flamante vestido: los encendidos colores que despierta la poderosa luz de la mañana. Y por el camino, hallaron también la misma sorpresa de la tarde anterior: Francisco, que venía de llorar con su esposa. Y siendo el mismo de ayer, también la novedad traía prendida: tan viva y tan cerca suyo está su esposa como la dulce lágrima que a la mejilla traía prendida. Insufláronle los dos montañeros esperanza, sonriéronle y abrazáronle hasta el próximo indefectible encuentro. Continuaron subiendo y dieron con un buen labrador que estaba ya preparando el invierno con su sierra sobre las hayas. Finalmente, fueron a dar con el escogido rincón desde donde iban a volar: el mirador de los Porros. Bajo sus alas: los valles con sus pueblos, los verdes mares, las inmensas montañas, los picos con su cielo… Regocijáronse con la panorámica y, bajo un sol difuminado entre las nubes, suave al ojo y grato al corazón, regresaron a sus hogares entre palabras amigas y hondo agradecimiento.

Por el camino, pararon en Boca de Huérgano y recogieron unas pastas típicas, por cortesía de Espigüete y amabilidad de Carolina, la tendera.

Se me antoja que esta estancia, por su gozo y por su belleza, ha sido un reflejo del instante del Tabor, un aperitivo del Paraíso, en el que, en la madrugada del tercer día del regreso de los dos soñadores, fue recibido, a toda palma y alborozo, su bien amado Tasi: padre tan bueno de Espigüete.

 

Fin

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Sobre el Autor
Imagen de B. Rodríguez

B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.