Las perlas del tesoro azul

Chauen, Marruecos

Las perlas del tesoro azul

–Luisa Isabel Cacheiro–

Cuando llegué a la residencia, Luisa no dejaba de caminar, de un lado a otro del salón, mecánicamente, sin rumbo. No hablaba, su mirada estaba perdida. Su aspecto demacrado y su expresión plana mostraban  los estragos de su trastorno neurológico. Su aspecto gris no era atrayente.

Gracias a Dios, desde el principio, me fue asignada para atenderla, concretamente para pasarla al cuarto de baño y para darle la merienda y la cena. Y, gracias a Dios también, conozco el valor precioso de cada persona y las infinitas posibilidades de comunicación con ellas, de conexión, de encuentro. Así, he podido conocerla, colarme dentro de ella y vivir muy a gusto en su cálido y limpio corazón.

Su apariencia era impasible, mas su presencia era grata, gozosa. Ante su ausencia total de iniciativa en la comunicación y llevado por el ardiente afán de abrazar siempre, pasé a la acción. Al principio, la saludé con las palabras amables que cualquier desconocido merece de primeras y con el beso siempre oportuno en toda piel antigua, y pronto me descubrí amándola, muy cerquita suyo: ya era mi querida Luisota. Pero yo quería más, quería conocerla más. Entonces, dado su estado de atarantamiento, le hablé más fuerte: ¡Luisota!, ¡qué tal estás!. Cuando, súbita y sorprendentemente…: ¡sus dos grandes ojos se abrieron maravillosos y me miraron, su sonrisa se dibujó nueva y entusiasmada y sus labios pronunciaron un profundo, jovial y largo “sí”!; ¡su cara, con todo su ser en ella, se hizo bellísimamente expresiva!; ¡había escuchado su nombre y se había llenado de vida!; ¡estábamos juntos, felices, viajeros en la eternidad!. ¡Qué descubrimiento, qué júbilo, qué plenitud!: a través de sus dos grandes perlas, entré en su casa, en su corazón vivo, y me senté con los brazos abiertos a dejarme besar por la incesante brisa azul que reinaba en la estancia. Había encontrado la llave de la casa de Luisa para entrar cuando quisiera a visitarla, a llevarle ramos de alegría.

Y así hice, en cada merienda, en cada visita al baño, en cada cena, en cada oportunidad que la tarde me regalara rozarme con ella: llamé, fuerte y enamorado, a su puerta y ella me abrió y me recibió con su “sí” presto y acogedor, azul e iluminador. Disfruté contemplándola. Disfruté sabiéndola disfrutar con la comida –le encantaba comer y beber tragos largos, aunque estaba flaquita, flaquita–. Disfruté cada uno de los cientos de besos en su frente. Disfruté de sus flamantes sonrisas y de sus vivaces “síes”, que contenían su saludo, sus besos y su agradecimiento. 

Una tarde quedó adormilada por una fiebre, la tarde de su última noche: ¡ya ha nacido a la Nueva Mañana, clara y resplandeciente, donde no hay ni rastro de sombra!. ¡Ya vive Luisa con su eterna sonrisa!.

Unos días antes del Final Feliz, me tocó excepcionalmente acostar a su compañera de habitación –pequeña querida anciana: Iluminada, Ilu– y pude contemplar un marco que portaba una foto de cuando Luisa era joven, ya madre, señora, en la madurez de su belleza terrestre: ¡toda guapa!. Esa foto –torpe boceto de la belleza plena que ahora luce– unida a sus grandes ojos de niña, su sonrisa hermosa y su voz alegre, me invitan a imaginar e intuir su nuevo rostro, que me regala un dulce eterno aliento –sonrisa brillante– en mi todavía larga batalla antes del anhelado Descanso. 

¡Gracias, querida Luisota, por ser tan bonita!.  

¡Hasta bien pronto!.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.