Liberación

Foto de Teresa LG

Liberación

Blessed are the timid hearts that evil hate.

Tolkien.

Cuando la gente de antaño decía que una mujer y un marido deberían tener la misma religión demostraban muchísima más inteligencia de la que se puede encontrar en todo ese chorreo contemporáneo sobre “almas hermanas” y espíritus gemelos y auras y colores idénticos. Cuanto más están los sexos –que no los géneros– en violento contraste tanta menos es la probabilidad de que acaben en violenta colisión. Cuanto más incompatibles sus temperamentos tanto mejor… Hay muy pocos matrimonios de idénticos gustos y temperamentos; y son por lo general desgraciados. Sin embargo, tener la misma teoría fundamental, estar de acuerdo en lo que es virtud, bien lo practiques o lo descuides, estar de acuerdo en lo que es pecado, bien lo castigues o lo perdones o te rías de ello, y por fin, llamar a las mismas cosas deberes y a las mismas cosas desgracias, esto es realmente necesario para un matrimonio medianamente feliz; y se describe mucho mejor con una religión común que con afinidades y auras. Chesterton, A Miscellany of Men, 1912.

Desde hace tiempo me viene pareciendo algo curioso –y profundamente trágico– que cada año que pasa haya más separaciones y divorcios cada vez. No digo que no sea lo ordinario –que no lo normal–, sino, más bien digo que, aún conociendo el tremendo egoísmo en el que viven las personas hoy en día, resulta del todo extraño seguir comprobando la tamaña estupidez en la que tantos seres humanos siguen viviendo hoy por hoy: posiblemente sea un orquestado plan para joder la familia, pero seguro que es la absurda decisión del mito de la independencia. Otro gallo les cantara si descubrieran que todos vivimos en un escuálido equilibrio universal, y que abusar de ello, en un tira y afloja sentimentaloide y pazguatil, no es otra cosa más que poner en riesgo cualquier tipo de felicidad alcanzable…, para ellos, claro.

El hombre que hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distante. El peligro que esto conlleva es que no acuda a la cita. Y en tiempos modernos, este terror de uno mismo, de la debilidad y mutabilidad de uno mismo, ha aumentado peligrosamente y se ha convertido en la base real de la objeción a los votos o promesas de cualquier tipo… Es precisamente este cuento horrible de un hombre constantemente cambiando en otros hombres en lo que consiste el alma misma de la decadencia… Y el final de todo esto es ese horror exasperante de irrealidad que desciende sobre los decadentes, comparado con el cual el mismo dolor físico tendría la lozanía de algo en plena juventud. El infierno que la imaginación debe concebir como el más infernal de todos es estar eternamente actuando en un drama sin ni siquiera la más angosta y sucia habitación en la que poder ser humano. Ésta es la condición del decadente, del esteta, del “amor libre”: estar perpetuamente atravesando peligros que sabemos que no pueden ligarnos, desafiar a enemigos que sabemos que no pueden conquistarnos –ésta es la tiranía burlona de la decadencia que llaman “liberación”.


Sobre el Autor

David Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.