Llanto de amor y dolor

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  • En ocasiones la vida muere: la llama viva que atesoramos en el candil de nuestros adentros se ve del todo amenazada.
  • En ocasiones la vida calla: calla el grito ya vacío, como las lágrimas secas de llorar tanto.
  • En ocasiones la vida está inerte porque uno ya solo puede respirar.

Llanto de amor y dolor

No diré “no lloréis”, pues no todas las lágrimas son amargas.

Gandalf el Gris

La vida a veces duele, pues es un duelo. En ocasiones nuestro mundo se encuentra roto y sentimos como si de la tierra apareciesen demonios que tiran de nosotros hacia su fondo de penumbra hundiéndonos en el suelo. 

En ocasiones la vida muere: la llama viva que atesoramos en el candil de nuestros adentros se ve del todo amenazada. Esa llama somos nosotros.

En ocasiones la vida calla: calla el grito ya vacío, como las lágrimas secas de llorar tanto. Los ojos dejan de prolongar el goteo porque suficiente esperanza han derramado ya.

En ocasiones la vida está inerte porque uno ya solo puede respirar.

Pero en todas esas ocasiones la vida también cobra forma, pues todas ellas tienen en común que hemos contemplado la verdad. La verdad sobre lo que somos, la verdad sobre lo que hemos sido y la verdad sobre lo que nos ha pasado y sobre cómo ha sido nuestro caminar. Todas esas ocasiones tienen un mismo suspiro, y es el de saber mirar, decidir querer y empezar a esperar… Todas son un vacío ―el de la tristeza―, pero un vacío que se abre porque ha descubierto que se puede llenar.

En ocasiones la vida duerme, pues solo puede aceptar. Da sueño llorar. Pero, ya decía Tomás de Aquino: nada como dormir bien y luego bañarse para sanar la tristeza del alma.

Llorar es solo un proceso de tiempo, de pena y de romperse por dentro. Pero pasa…, al caer de la última lágrima, siempre pasa. Especialmente cuando ya es por la mañana y uno mira por la ventana que amanece.

Así son las rupturas: las rupturas con personas, las rupturas por la pérdida, las rupturas con nosotros mismos cuando descubrimos una nueva verdad  de esas que hieren. Pero se puede llorar con tristeza o se puede llorar con paz. El que llora con tristeza cae en el suicidio desesperado por no creerse amado. El que llora con templanza es el que sabe que una vez muerto y resucitado, ya no podrá morir más. Llorar con paz es entrar en el infierno y salir vivo para contarlo. Solamente si una vida tiene amor y dolor es interesante.

Llorar una vez significa no llorar más. En esta vida, ―cuando uno hace lo justo y no se deja letras en el tintero― cada vez se llora menos, pues cada lágrima es vacuna para lo que venga en los futuros sufrimientos que tengamos. Llorar no es malo, llorar es adquirir al rojo vivo la gloria del presente, desencarnándose de la escoria que viene del pasado: los errores o maltratos, los vacíos, los anhelos. 

Llorar es precisamente el remedio para la tristeza y la entrada a la felicidad. Pero solo con esperanza se puede llorar de verdad. Otro remedio, decía santo Tomas, es darse un gusto: una buena comida, una cerveza, una caricia en forma de abrazo… para recordar que el bien sigue existiendo. O, nada como el consuelo de un amigo que nos escuche un rato y nos brinde un te quiero.

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Sobre el Autor
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JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudié psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.