Más allá del miedo: la angustia

Pintura de Raquel Luengo
Destacados: 
  • El mío es un trabajo extraño que pocos entienden, que no todos valoran y que nadie ve el trabajo que detrás tiene.
  • Y más raro es como lo hago yo: jugando con el ejemplo, la transmisión de esperanza y la absorción de emociones.
  • Es por ello que debo estar siempre bien y siempre reponiéndome.
  • Pienso que para ser orientador y psicólogo debo cuidarme mucho para no contagiar el virus profundo que día a día me encuentro: la desilusión de no sentirnos vivos.

Más allá del miedo: la angustia

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida.

Viktor Frankl

El mío es un trabajo extraño que pocos entienden, que no todos valoran y que nadie ve el trabajo que detrás tiene. Y más raro es como lo hago yo: jugando con el ejemplo, la transmisión de esperanza y la absorción de emociones. Es por ello que debo estar siempre bien y siempre reponiéndome. Pienso que para ser orientador y psicólogo debo cuidarme mucho para no contagiar el virus profundo que día a día me encuentro: la desilusión de no sentirnos vivos.

En psicología es fundamental esto de absorber ―esto es, escuchar―, de interpretar ―o reorientar― y expresar ―o transmitir― la verdad de una manera personal, es decir, sensible, empática, afectiva, bella, artística, íntima.

Me llega alguien con una preocupación y tengo que incentivarle a contarlo, a manifestarlo y expresarlo totalmente… sonsacarle lo que hace, piensa o siente con sacacorchos, sino expresarlo yo por ellos; luego hacerle pensar y luego darle perspectiva: quitarle la importancia que le dé de más, enseñarle a relativizar, guiarle para resolver lo posible, para aceptar lo imposible y para dejar la preocupación atrás.

Cuando la cosa es sencilla, a la pregunta ¿Cómo estás? le sigue otra muy clarificadora: ¿de todo, qué es lo que más te hace sufrir?; luego una para hacerles trabajar: ¿cómo puedes evitarlo, si es que se puede? y, entonces, llega la más dura que deben hacerse: ¿ahora qué hago? Dado que los problemas que traen a consulta acostumbran a ser grandes, tras estas preguntas suele venir a menudo un sentimiento descorazonador, como si te absorbiera una parte del alma un dementor que se traga todos nuestros buenos recuerdos, un sentimiento que es el desasosiego, literalmente la falta de sosiego, es decir, la tempestad, la enorme falta de paz interior. También lo llamaba el filósofo danés Søren Kierkegaard, con una palabra aún más auténtica: angustia.

La angustia es un sentimiento que hay que sentirlo si nos queremos sanar ―purificar, desintoxicar―, y que sentirlo duele. De hecho, quizás es el sufrimiento más hondo: el sufrimiento radical, existencial. La angustia se vive, además, en soledad: nadie puede sentir lo que tú sientes, nadie de este mundo puede acompañarte a tu infierno personal. Pueden acompañarte a la puerta, recogerte en la salida y esperar rezando mientras, pero nunca puede entrar. Es algo que está dentro de nosotros, donde nadie habita desde hace años. Los acompañantes podemos estar al lado de la persona, tomarle de la mano, escuchar desde el abrazo ―que nunca es poco― y celebrar con ellos los logros. La soledad de la angustia consiste en que uno, o muchos, pueden estar con él e incluso llevar su cruz durante un tramo del calvario, pero nunca morir en su lugar. No obstante, eso no es lo importante.

Lo bueno ―lo importante― de la angustia es que es una emoción amante y profunda, y que sentirla nos desvela una dimensión en lo más oculto de nosotros: nuestra vida. La vida, como la nariz, solo se nota cuando duele, dice como psicoterapeuta Luis de Rivera. Nuestra vida es nuestra alma. Cuando entramos en la angustia descubrimos, en el fondo de nosotros, que poseemos una dimensión humana enormemente enriquecedora: descubrimos que somos libres. Porque el alma es esa dimensión humana que nace de la libertad. 

Kierkegaard definía: la angustia es el vértigo de la libertad. Nuestro espíritu es un abismo: el abismo de poder tomar decisiones libres sobre las que no hay vuelta atrás, el abismo de ser responsables de nuestro destino. El abismo de tener culpa por lo que hemos hecho o ansiedad por lo que debemos evitar. Por eso esta vivencia aparece siempre que tomamos posesión de nosotros mismos, siempre que aceptamos que tenemos libertad. 

Porque somos libres: aunque no podamos cambiar nuestras circunstancias (no tenemos súper poderes ni hacemos milagros), en lo más profundo, en lo más humano y en lo más importante, que es nuestra actitud, la manera en cómo respondemos a las cosas, siempre será opcional. Uno tiene la actitud que decide tener. Si no lo decidimos nosotros, lo hará nuestro cerebro por impulso, pero lo paramos ―si nos paramos a ser conscientes y a pensar― se puede corregir y podemos elegir nosotros como responder: si bien o mal, si con miedo o con serenidad, si con culpa o con perdón hacia nosotros mismos y sincera humildad.

Esta liberta da vértigo, no obstante, también da paz: significa que poseemos en nuestra alma una fuente inagotable de vida, de felicidad. Solo que cuando el dolor es grande, el primer paso, ser conscientes, duele; pero tiene un sentido a largo plazo.

La sensación que experimentamos ante la angustia es como de romperse, como de desmontarse y desarmarse, como derramarse o tocar fondo, de romperse el corazón o de caerse por un barranco. Hay quien siente como si le rajara un puñal el alma o como si solo supiera que existe porque le duele. No obstante, tras un momento, termina en calma; aunque sentíamos que nos estábamos muriendo, la muerte no sucede; aunque creíamos que nos estábamos descomponiendo, no vemos reconstruidos como algo nuevo. Pues la angustia solo asusta, no mata.

Aún así, es algo que resulta verdaderamente insoportable, de no ser, por un remedio mano de santo: la fe. El antídoto para el miedo es la fe: la confianza en uno mismo, en la vida, en Dios (si eres creyente) o en que todo saldrá bien. Lanzarse al abismo o, algo más coloquial, echarle cojones. Y el mayor motivo es el amor: decidir amarse, ser sincero con uno mismo, y elegir ser libre y apasionado, aun viviendo con miedo, que vivir asegurado pero escondido y absolutamente esclavo. Pues así viven los aterrados por el miedo: esclavos, siempre huyendo del sufrimiento. Otra gran ayuda es tener a alguien a tu lado. Y qué cariño le coges al que te ayuda a dejar la mierda en el infierno para poder caminar hacia el cielo.

Tiene un sentido ver nuestro desconcierto o nuestro horror, merece la pena vivir hasta el fondo nuestro dolor, pues sufrir la angustia es como vaciar de miedos el corazón, es expulsar la pus de una herida infectada. El fuego quema, pero es necesario que el metal prenda al rojo vivo y sea golpeado para moldearlo y orientarlo hacia su vocación. Luego, pasará la angustia, la tristeza se convertirá en gozo y uno se descubrirá grandioso, más fuerte, más vivo, más libre, más bello, más valiente, más íntegro, más sabio, con mucha más paz y más enamorado.

Ante la pregunta ¿qué hago?, cuando el sufrimiento es irremediable, la única respuesta necesaria es: sentirlo…, luego dejarlo marchar. Pues el mayor sufrimiento no es el que más duele sino el que menos se acepta. Lo que no se acepta se acumula y se hace bola, y toda bola al final explota.

La intensidad del dolor dependerá de la intensidad y resistencia de la persona: las personas fuertes y radicales sufren enormemente y a la vez el sufrimiento es rápido y vuelven pronto al gozo; las personas más jóvenes o sensibles quizás tarden más, prefieran sufrir a espacios, vivir con el miedo, el dolor o la pena un tiempo, digerirlo a su ritmo, a fuego lento y sanar poco a poco. Sea como sea, merece la pena: pues este proceso nos hace humanos.

Perdamos el miedo al sufrimiento con la práctica de esta catarsis y este descendimiento cuando se nos presente. La angustia no siempre será tan dolorosa, de hecho, cada vez lo será menos y mucho menos; sin embargo, sí será siempre gloriosa. La persona que ha pasado por esta crisis, cuando se aventura de nuevo una parecida a ella, descubre que, aunque se repite, ya no sufre igual. Quizás distinto, pero menos: se ha despegado de una parte del miedo, se ha vaciado de la superficialidad del tener, de la necesidad de control, de la necesidad del placer, del sentir exterior, de la necesidad de que constantemente le quieran y hablen bien de él, de una parte del orgullo, y se ha llenado de rica vida interior y de valentía. Es como el que ha muerto y, una vez resucitado, ya no puede morir más. Las crisis existenciales, las crisis de ese esquizofrénico miedo a la vida, se resuelven con la madurez y la vida adulta: uno se hace hombre con ellas.

Perdamos el miedo al miedo y empecemos a pensar las cosas enfrentando directamente los problemas, buscando soluciones, aceptando los fracasos y decidiendo, con esa libertad personal, encontrar siempre el lado bueno de las cosas, el sentido de lo que nos pasa y viviendo conforme a ello. Suframos lo que tengamos que sufrir, pero ni más ni menos. Aquí paz y luego gloria.

Solo quien conoció la angustia reposa, solo quien desciende a los infiernos salva a la persona amada (Søren Kierkegaard). A esto me dedico yo: a veces me siento el compañero de viaje guay, motivador, que apoya y da esperanza, otras me siento como el mismísimo guía turístico de los infiernos. Pero es bello y el cariño y la sonrisa bañan el camino entero.

Categoria: 

Sobre el Autor
Imagen de JC. Beato

JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudié psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.