Mendigos o amigos

Foto de Francisco Escudero Carrasco

Mendigos o amigos

Dame unas cervezas, un viaje, unos cigarrillos, un buen tema de conversación, un pase para abrazar el sol, o un paisaje para ser mirados por la luna, y Tu y Yo puede que seamos amigos.

Hazme un huequecillo, ríete de mí y conmigo, pregúntate por mí y a mí, cocíname o invítame a una cena; y si, de forma inesperada y gratuita, coincidimos, habremos encontrado un tesoro. Un tesoro que ya estaba enterrado antes de habernos encontrado y con el que podremos comprar y disfrutar del mundo.

Ahora bien, dame todo tu tiempo, cuéntame todos tus secretos, quiere todos mis deseos, y no tendré más remedio que mandarte a la mierda… Porque más cierto que lo de que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos” (Aristóteles) es lo de que “no hay nada mejor que un polvo para estropear una amistad” (D. Luengo).

Precisamente, el valor de la amistad, es el que dos, o tres, o alguno más, sean dos, o tres, o alguno más; y no uno, apropiándose de otro, u otro dejándose apropiar. Eso, solo ocurre en los polvos y no lleva a otra cosa que a vivir la más pura de las pobrezas. Vivir nuestra pobreza, revolcarnos en la mierda, que es algo muy distinto de reconocer nuestra pobreza y de abrazar nuestra verdad.

Un abrazo, si es sincero, nos acerca a esta verdad, la de que somos incompletos; y que solos, muy poco podremos cambiar de este mundo que se encuentra en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos, donde el hombre, con sed devoradora, se convierte en un lobo para el hombre o donde el lobo queriendo ser hombre persigue con ansia a otros hombres.

Es cierto, nacemos incompletos, y nos encontramos deseosos y sedientos, por eso a todo el que viene a este mundo se le ha reservado, al menos, una amistad que existía antes del mundo; y en encontrar esa amistad está en juego nuestra vida, y hasta nosotros mismos, porque “lo que podemos a través de nuestros amigos, es como si lo pudiéramos por nosotros mismos” (Aristóteles) de forma que se aleja la pobreza y se encuentra la promesa de la dicha.

Después de esa amistad, estoy segurísimo que vendrán las otras, las auténticas, donde dos son realmente dos, y donde tres o más no molestan; o aquellas que llegan a que dos, se miren, se abracen y pronuncien palabras con sabor a eternidad que se habían escrito antes de llegar a ser dichas. 

Estas últimas son amistades que superan la amistad, donde dos, que son dos, pueden llegar a ser uno siendo tres, y donde más, no molestan. Con este tipo de amor, poco tienen que ver los polvos, y muchísimo la amistad, y no al revés como muchos inútiles se creen capaces de demostrar.

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J. Carrillo