Merece la pena

Fotode José Ricardo Ruíz Balaguera
Destacados: 
  • Cuando nos cansamos de llorar o de evadirnos en ese sin fin de sensaciones placeres, distracciones, en el fondo drogas mentales donde nos sumergimos para no ver el mal que percibimos;
  • cuando nos cansamos de tener miedo y de ese malsano intentar controlarlo todo;
  • pero, sobre todo, cuando abrazamos, empezamos a descubrir un delicado hilo de música en el silencio que nos musita una melodía en staccato al ritmo de nuestro henchido corazón.
  • En ese preciso instante es donde nos enamoramos.

Merece la pena

Cuando nos cansamos de llorar o de evadirnos en ese sin fin de sensaciones placeres, distracciones, en el fondo drogas mentales donde nos sumergimos para no ver el mal que percibimos; cuando nos cansamos de tener miedo y de ese malsano intentar controlarlo todo; pero, sobre todo, cuando abrazamos, empezamos a descubrir un delicado hilo de música en el silencio que nos musita una melodía en staccato al ritmo de nuestro henchido corazón. En ese preciso instante es donde nos enamoramos.

La vida es sencillamente espesa: lenta como esa caída de miel; y en esa lentitud avanzan los cambios de las personas y de las épocas. No se puede pretender la cura mágica de lo malo o de los problemas a veces enormes, pero si nos debemos permitir algún suspiro para subir a un peñasco a contemplar lo que pasa por nuestra vida tan densa:

Cierto es que vivimos en un suelo de lágrimas y un cielo de cemento, cuando debería ser al contrario: que el suelo sea lo firme y el cielo una lluvia de gotas de compasión y esperanza. Cierto es que vivimos en un mundo gobernado por hijos de puta y habitado por muchos pequeños y buenos que para impedirlo no hacen nada. Cierto es que se repite el cuento de gran parte de la historia y que solo ha cambiado el aspecto de los malos.

A veces soy conspiranóico, pero a veces tengo razón: los políticos nos ningunean, los medios nos mienten al gusto y falsean, los centros educativos nos malmeten una enorme cantidad de paridas y estupideces en la cabeza para que no critiquemos y no pensemos y así no seamos libres, la tecnología que venía en nuestra ayuda nos esclaviza, los maltratados mueren de hambre, el acoso ha crecido hasta un 80% y la cultura parece casi que nos destruye con tanto sentimentalismo, hedonismo, utilitarismo, narcisismo y materialismo, que nos lleva a ser una de las sociedades más neuróticas de la historia donde la depresión es la enfermedad de occidente y el suicidio la primera causa de muerte en adultos y jóvenes (léase a Javier de las Heras). ¿Dónde están los valores? Y encima somos libres y, a pesar, callamos: a veces pienso que nos lo merecemos.

Parece cierto, y así lo es, que los malos son muchos. Pero cuánto me ayudó el Señor de los Anillos, sobre todo cuando Tolkien, a través de Gandalf prudente y profundo, dijo: Saruman opina que solo un gran poder puede contener el mal, pero eso no es lo que yo he aprendido. He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente, los que mantienen el mal a raya, los actos sencillos de amor. Le preguntaban por qué confiaba la misión más importante a un hobbit (la criatura más poco práctica y quizás menos capacitada de los mundos fantásticos de Tolkien), y respondía: ¿Por qué Bilbo Bolsón…? No lo sé, quizás porque tengo miedo y él me infunde coraje. Quizás la mejor frase de esta novela.

Para mí estos hobbits son imagen de las personas con algún tipo de discapacidad: todo un faro de luz y vitalidad en plena noche. Los pequeños son los que mantienen el mal a raya. De ellos mana a caudales la esperanza, la confianza y el amor necesarios para poner al mal tiempo buena cara.

Cuando uno descubre lo extraordinario de lo ordinario, la grandeza de las cosas pequeñas, el poder inmenso de la fe, la esperanza y el amor, encuentra que quizás con ellas lo tenga todo, o al menos tengan lo importante. ¿Cuántas veces lo más duro de un problema es simplemente tener la capacidad de enfrentarlo?, ¿Cuántas veces esperar a que pase la tempestad de las emociones es la parte más importante para tomar las decisiones importantes?, ¿Cuántas veces hemos recogido lo sembrado a manos llenas, el ciento por uno de lo confiado?, ¿Cuántas veces hemos recibido cuando hemos amado?, o más aún: ¿Cuántas veces la felicidad estaba a la puerta esperando simplemente que nos dejáramos amar, aun sin merecerlo, por nuestros seres cercanos?

No soy tan sentimental como muchos que se abrazan efusivos y llenan la boca con piropos o afectos, pero no dejo de decir que lo sublime es el abrazo y la caricia, mucho más que el dolor y el maltrato. Y pienso algunas cosas que se sueñan ñoñamente como que ni toda la oscuridad unida, por grande y negra y honda que sea, puede apagar la luz más tenue. Pero lo pienso porque en demasiados casos es verdad: nada como un amigo que te escuche y al final te sonría para ver a un muerto resucitado. No hace falta más: la sociedad solo necesita hablar y escuchar y abrazar para revolucionarse y reinventarse en la mirada de quienes aman.

El amor sencillo llena toda ausencia. Con cariño y tiempo todo se cura. El problema es que falta luz en nuestra conciencia para iluminar los sufrimientos que un día nos desgarraron vacios al fin y al cabo, para poder así llenarlos. Lo que realmente le cuesta trabajo al ser humano es reconocer su dolor, su necesidad de amor (y que muchas veces no merecemos) y, en ocasiones, su culpa, ya que muchas veces el daño que más nos duele es el que nosotros mismos nos hemos causado. Pero si dejamos los orgullos a un lado, si dejamos de martirizarnos, o de exagerar lo que un día callamos y simplemente hablamos, esperamos y nos admiramos con lo bueno y lo verdadero que es el abrazo, nunca más moriremos ni gritaremos por ese sufrimiento que ya estará descartado.

Es maravilloso el libro El maltrato psicológico de Luis de Rivera, que pone nombre luz a todos los tipos de maltratos y acosos que recibimos o que, a veces ejercemos en nuestra sociedad, para que así pueda sanarlos el cariño, el arte, las cosas buenas de la vida y la presencia sencilla del amigo que nos tiende una mano.

Es profundamente rescatador el libro El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, aunque también es duro y escuece, donde Frankl nos cuenta su historia como judío en un campo de concentración y como psiquiatra, a la vez que nos demuestra la fuerza devastadora que tiene el sentido dado a la vida ante las circunstancias más adversas. Es un libro que nos impresiona por su llamada a la responsabilidad existencial ante la vida y ante todo el sufrimiento que podamos sufrir. No es un libro que habla del valor de la voluntad humana (querer hacer para así poder lograr), sino del valor de la voluntad de sentido: el querer creer, el querer esperar y el querer amar para así vivir con verdadero deseo, que es aun más profundo, y por eso rescatador. Personalmente, creo que se presenta como un sopapo en toda la cara al mayor de los desquiciados (nosotros a menudo) ayudándole a que vuelva a la conciencia. El hombre en busca de sentido nos llama a tomar partido, a sacar actitud ante la vida y a evitar gran parte del mal que hacemos o que recibimos, con una pregunta sencilla: ¿y ahora qué hago? Pregunta que nos sirve para empezar tomar partido ante todo sufrimiento, pues siempre somos libres de cómo responder ante todo lo que nos pasa. Y, desde luego, el sopapo nos deja nuevos.

Siempre podemos sembrar algo bueno y alentador en medio del mundo. Aportar y solucionar, en vez de quejarnos y pasar del tema, nos da una simiente de la mayor paz que podremos alcanzar. Una paz que nunca se entrelazará por los caminos de la víctima que decide ser mala con los otros y buena con si misma eligiendo el egoísmo, o por los camino del desesperado que prefiere responder estupéndamente con el prójimo pero torturándose a sí mismo. La única paz posible es el perdón: a los que nos rodean y a nosotros mismos. Solo así se empieza a poner solución. Solo así se recupera la pasión y el amor por las cosas de la vida y la confianza en las personas. Solo así dejamos de caminar solos y alienados abducidos, drogados por nuestros divertimentos y empezamos a enamorarnos y a alegrarlos por lo que existe.

Es asombroso el libro Resucitar de Christian Bobin, que sabe mucho de cómo la luz y la claridad de la belleza sanan toda ausencia del alma. Lo escribió cuando murió su padre de alzhéimer, expresando todo aquello que le hacía resucitar de sus cenizas interiores tras la pérdida de su padre. O su libro Autorretrato con radiador, igual de bueno, que escribió cuando necesitaba contemplar y abrazar la vida para sanar el duelo que le ocasionó la muerte de su esposa.

Creo firmemente que se puede cambiar el mundo si empiezo en todo por mí mismo, y espero y quiero cambiarlo. Seré pretencioso, pero he visto renacer la vida de demasiadas personas gracias simplemente al cariño y al amor como para no ilusionarme, y he encontrado demasiadas respuestas al sufrimiento como para no maravillarme ante cada acontecimiento, sea malo o bueno. Como ese libro estupendo de C.S. Lewis titulado El problema del dolor, o el otro de Viktor Frankl titulado El hombre doliente, o como la vida de san Juan de la Cruz como la de otros místicos, mártires o héroes que llenan de poesía nuestra alma a veces convaleciente.

Merece la pena ser buenos: merece la pena creer, esperar y dejarse amar, para  así luego dar. Porque eso nos da la vida y se la da a los demás. Y, sinceramente, si contamos con la profundidad de la dimensión humana, aunque en el mundo hay mucho mal, es mucho mayor el bien que podamos encontrar: somos nosotros los que nos obsesionamos y acabamos haciendo de un pequeño evento negativo lo más importante. ¿Por qué en los países supuestamente desarrollados reina la tristeza y en países más pobres y donde reina la violencia son mucho más alegres y esperanzados? Quizás, en el fondo, todo sea cuestión de cultura y actitud. Miremos en nuestro corazón a ver cómo estamos.

Categoria: 

Sobre el Autor
Imagen de JC. Beato

JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudio psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.