Monte Escorial

Vista aérea

Restaurante Monte Escorial

La verdad, y nada más que la verdad. B. Eguía

Hay días que resultan excepcionalmente gratos. Ocurren cuando te saben querer y tú te dejas hacer. Ese día de invierno fue así.

En la falda de San Lorenzo de El Escorial, por la vía que llega hasta Guadarrama, se encuentra un restaurante de tradición y abrazo, de bosque y aire, de barra, mesa y raíces mediterráneas: Monte Escorial.

Nada más llegar, nuestro anfitrión ­–el profesional Paco, que, al timón, navega este barco­– nos sirvió un vermouth, para ir regando la terraza: ese vino macerado en hierbas, principalmente el ajenjo. Seguimos descubriendo, en nuestro caminar por los mejores lugares para comer en Madrid, a este tipo de personas que saben hablar, abrazar y, sobre todo, hacerte feliz con su gran trabajo…, como Celia, la cocinera jefa del restaurante.

Para el maridaje, Paco nos sirvió ese maravilloso crianza’15, de las tierras riojanas, con uva tempranillo al 100%, de las bodegas Eguía. Muy interesante es comprobar lo que la familia Murúa ha hecho con esta Verdad: “la etiqueta de la mano extendida, con el lema in vino veritas, es inconfundible: Eguía, la verdad y nada más que la verdad”.

Y comenzamos con el pisto, el de la abuela, de tradición y producto, con huevo incluido, perfecto en su punto de textura, melosidad y jugo; acompañado del pan de la sierra, de crujiente lloro y perfecto moje: excepcional platillo.

De segundo, y para continuar con las lágrimas de agradecimiento y alegría, Celia nos había preparado ­–dejándolos reposar dos días­– callos a la madrileña, con el punto de picor más increíble que he probado hasta la fecha: magníficos. Entre la textura, el pegado y el sabor, este plato se nos plantea como uno de los mejores callos de Madrid, si no el mejor. Estos callos son palabras mayores, que las manos de Celia han pronunciado con todo el peso de la tradición, del buen producto, del mejor hacer y de un asombroso saber.

Llegó el momento de darle un giro de tuerca a la degustación, y nos fuimos de mares, a las costas del este, y la paella mixta, uniendo mar y montaña, arena y jara, con el arroz al dente y el sabor a flor de piel.

Por último, y haciendo ofrenda al refrán español “de la mar el mero y de la tierra el cordero”, nos lanzamos a por la paletilla de lechal asada a fuego lento, con esa textura en la carne que se deshace en la boca y te deja una ilusión en el alma. Realmente, te hace sonreír.

Para terminar, nada mejor que disfrutar de los postres caseros de la cocinera: natillas al punto de canela y hojaldre de manzana y muselina de crema pastelera y caramelo: exquisitos, totalmente gloriosos. Las manos de Celia saben destilar arte en la repostería.

No podíamos terminar sin nuestro escocés y nuestro humo para acabar esta deliciosa aventura en la serranía de Madrid, junto a El Escorial, disfrutando de la magnífica terraza del lugar, de la grata compañía y de una tertulia bendecida con el agradable sol de aquella iluminada tarde de invierno.

Enhorabuena, Paco, volveremos.

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Sobre el Autor

David Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, es historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.