Narraciones para una cuarentena I

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Rosa de pasión

Narraciones para una cuarentena I

Cerré los ojos en aquella noche serena. Recorrí parajes que, poco a poco, recobraban su virginidad. Llegué al bosque añorado. Me abría camino entre la maleza.

Mi corazón latía fuerte; sentí la vida palpitar en mi cuerpo.

por entre pequeños agujeros, que las hojas de los árboles dejaban vivir en la tupida techumbre formada por ellas, se deslizaba inquieto, de vez en cuando, un rayo de luna, de una majestuosa luna que flotaba en el etéreo…

Maravillosos rayos de luna, qué recuerdos tan amables traéis a mi alma: aquella tardes doradas, aquel sol que se iba alejando en silencio, aquellas hojas que caían una a una, desnudando los árboles, desnudando el tiempo…

Poco a poco se fue abriendo el bosque, dejándome salir, después de acariciarme y recordarme que iba recobrando su antigua alegría. una explanada, cubierta de una suave maleza, con algunas piedras aquí y otras allá, se dibujó ante mis ojos, y se dibujó dulcemente bañada por la blanquecina luz que enviaba la luna. Y al fondo, las ruinas tan deseadas, tan buscadas en esos ratos libre que te permite el mundo (lástima que sean tan pocos y tan cortos).

Me dirigí hacia ellas. “Debe estar por aquí”, pensaba, “no andará muy lejos”. buscaba un pequeño detalle, una pequeña muestra de un amor que tiempo atrás me produjo escalofríos, de admiración y sorpresa.

“¿Cómo sería ella?”, me pregunté una vez más…, porque es verdad, a veces son tan pobres las descripciones de alguien para una persona que desea ver tanto…

Seguí recorriendo las ruinas del antiguo templo. Estaban más deterioradas que la última vez que me hablaron de ellas. Sin embargo, todavía conservaban ese halo de paz innato en la devoción.

Di tantas vueltas que creí perderme en tan poco espacio. Me senté al fin en una de tantas piedras que se hallaban desperdigadas por aquel lugar, y, por una de esas delicadezas que, de vez en cuando, asoman a la vida, se iluminó una pequeña esquina formada por lo que quedaba de un antiguo muro, unas ramas secas y una piedra que exhibía unos relieves antiguos: allí descansaba el detalle buscado.

Me acerqué despacio, me senté junto a aquel milagro y recé para que el rayo de luna continuara alumbrándole.

En mis ojos aparecieron los inicios de unas lágrimas, mi alma y mi cuerpo olvidaron por un momento que son amigos que no se pueden ver y enemigos que no pueden separarse.

Allí estaba, olvidada del mundo, aquella inmortalidad de la que me habían hablado; allí vivía, sin que nada se la opusiese, uno de los frutos que dejó una entrega culminada hacía muchos siglos. Allí amaba y allí la contemplé, allí lloré junto a la Rosa de la Pasión.

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Sobre el Autor

Iris Gómez Saprini

Escritora y Musicóloga, estudié Filosofía en la Universidad de Alcalá de Henares. Nacía con el nuevo milenio, y nada hay que me guste más que traer un poco de luz a este mundo tenebroso en el que vivimos.