Necesitamos una revolución

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  • Así anda el mundo: estremecido. El miedo le gana el pulso: miedo al futuro, hastío presente, miedo a la oscuridad donde todo pierde su color, miedo mayor a la luz, que derrite la retina. Miedo a la esclavitud.
  • La falta de respeto que se da hoy en día es tan abrumadora que el sentido común ha quedado casi aniquilado, la razón maltrecha, y los monstruos brotan por doquier.
  •  Quizá podríamos hablar de una sociedad absolutamente neurótica y trágicamente perdida.

Desde la juventud

Es la fiebre de la juventud la que mantiene al mundo a la temperatura normal. Cuando la juventud pierde entusiasmo, el mundo entero se estremece.

G. Bernanos

Así anda el mundo: estremecido. El miedo le gana el pulso: miedo al futuro, hastío presente, miedo a la oscuridad donde todo pierde su color, miedo mayor a la luz, que derrite la retina. Miedo a la esclavitud. No a esa esclavitud física, donde al cabrón se le ve con claridad y puede uno rebelarse contra él, sino a esa esclavitud contemporánea que aniquila las conciencias y los corazones en masa, y crea zombies andantes que se desangran entre la rutina y la evanescencia. ¿A quien culpar? ¿Quien o quienes son los que esclavizan ahora?

El maltrato y el acoso psicológico están tan extendidos que ni siquiera la mayoría de los hombres lo perciben. Se maltrata desde todas y cada una de las instancias por las que pasa el ser humano. Se maltrata a la familia y se maltrata en la familia. Se maltrata en la escuela, en el parque, en la carretera, en la calle, desde la televisión y en ella, desde los gobiernos y desde los estamentos de poder. Se maltrata en los bancos, en el supermercado y en la tienda. Se maltrata en el trabajo y en los rincones de ocio. Se maltrata al comprar una casa o al alquilarla. Hasta se maltrata en los abrazos.

La falta de respeto que se da hoy en día es tan abrumadora que el sentido común ha quedado casi aniquilado, la razón maltrecha, y los monstruos brotan por doquier.

Una de las peores consecuencias de todo este maltrato es que la juventud se ha tornado lasciva, perdida, hundida, agresiva, absolutamente perezosa, caótica, sin ganas de todo, con hambre de nada o profundamente insegura, cambiante, irreflexiva, drogada y absurdamente extraña a sí misma. Otra asquerosa consecuencia es que han surgido como setas infinidad de gurús, de profetas, de dispensadores de pastillitas ante cualquier dolor psíquico. Quizá podríamos hablar de una sociedad absolutamente neurótica y trágicamente perdida. Cuando alguien no se reconoce en sus sueños ha llegado la hora de aprender a dormir. Y a dormir se aprende viviendo.

El profundo dolor que una persona siente cuando piensa que nadie la escucha, ni la entiende y la quiere de verdad..., la profunda angustia que en el ser humano nace cuando cree que su vida es inútil, que su existencia no tiene sentido, que podría estar aquí o allí y daría igual..., es tan lacerante que no nos extrañamos de que la primera causa de muerte –después del aborto, claro– sea el suicidio.

Por eso la juventud debería rebelarse. Rebelarse contra la falta de principios y valores, contra tantos pelagatos que en su insignificancia sólo usan el maltrato para conseguir sus vicios, contra todos esos que, en palabras de José Luis, sólo se les puede denominar hijos de puta. Hemos de rebelarnos contra todo lo que atenta contra nuestra dignidad y buen hacer. Y si hemos de hacernos violencia incluso a nosotros mismos, hagámoslo con paciencia y sentido común, pero con una insistencia creativa y dadora de vida.

Aprendamos de nuevo a caminar, a sonreír y a esperar. Porque el que espera no desespera si sabe abrazar. Al fin y al cabo nuestro corazón tiene la edad de aquello que ama –M. Prévost–, y sólo lo que habla el lenguaje de la permanencia es realmente importante, lo demás son escaramuzas, pérdidas de un tiempo que nunca nos ha pertenecido. Somos mucho más que un nombre en un lugar, somos una flecha lanzada al infinito, con una grandeza tan extraña y a la vez tan fascinante que cualquiera que atente contra ella se hace reo del olvido, de la desaparición y de la desesperación más aniquilante.

Llegará un día en el que aprendamos a ser amigos. Ese día será glorioso. Podremos estar juntos. El miedo habrá sido desterrado. Y nos podremos abrazar y separar y volver a unirnos sin tener que circuncidarnos el alma en cada encuentro. En ese día entenderemos que todo ya está bien, y respiraremos profundamente al comprender que nuestra vida comienza.


Sobre el Autor
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D. Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.