Nuevas aventuras de Espiguete y Astudillo

El Ibón de Plan

Nuevas aventuras de Espigüete y Astudillo

–El Pirineo aragonés–

I

En la nueva primavera de 2017, Astudillo y Espigüete quisieron conquistar juntos algunos pedazos más de la belleza del Mundo, pedazos de su amada España. En esta ocasión, Espigüete, rebuscando en las galerías de su imaginación, encontró una comarca que guarda en su territorio preciadísimos tesoros: el Sobrarbe, en el Pirineo aragonés. Como refugio para descansar y desde donde partir a descubrir, escogieron un pueblecito que reposa en una situación preciosa, sobre un remoto valle que lleva su mismo nombre: Gistaín.

A las 9:10 de la mañana del 29 de abril –día en que alumbró la Tierra una estrella, amiga de Astudillo–, el cielo estaba cerrado, todo parecía reducido, sin embargo, en el mundo interior de Astudillo…, el azul era infinito y el sol redondo: ¡el sol de la ilusión, la ilusión de la amistad y la aventura!. Desde su castillo de Alpedrete, lanzose a buscar a su copiloto y compañero de viaje. Al poco de tomar la carretera de La Coruña en dirección a la capital de España, notó que la flecha de plata perdía vigor y hubo de retornar a casa, pudiendo sustituirla por el minimanejable  azabache –providencial y confortable carrito–. Solventado el contratiempo, llegó al parque de Berlín, donde vive Espigüete, y ambos alzaron el vuelo rumbo al noroeste del Reino de España.

Tras un limpio aguacero, la lluvia se tornó más fina y como nuevos lucieron los alcores, los bosques y los prados de Guadalajara, y también el castillo de Torija. Durante buena parte del trayecto, les acompañó la lluvia, y ya en tierra maña, el gris oscuro se volvió plata y la claridad lavó sus ojos; no así el paisaje circundante, que por el abandono y la falta de gusto, carecía de gracia. Mas, como es sabido, la belleza se abre paso, tozuda, donde menos se la espera: en un flanco de la carretera…, ¡voilà, les despertó vestida de rojo pasión!: ¡miríadas de frescas amapolas, alfombras y alfombras!.

En una zona de almendros, pudo Astudillo cantar enhorabuenas a su amiga Estrella celebrando su nacimiento y su amistad, justo antes de que les abrieran los ojos la vistosa cúpula esmeralda y la enhiesta torre mudéjar de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que descuellan en el pueblo de la Almunia de Doña Godina.

Plantáronse sin darse cuenta, entretenidos, en la provincia de Huesca, bordearon la ciudad y capital y pusieron rumbo a Barbastro. Al oír este nombre, encendiósele a Astudillo la bombilla sobre el mapa de la ilusión, adivinando un dichoso alto en el camino: el santuario de Torreciudad; además, puntada de la Providencia, allí estaría don Javier, amigo suyo, bailando con Dios en la fiesta del silencio. Pasado un abanico de verdes terruños, un cartel anunció 47 kilometros a dicho pueblo. En una pequeña elevación, se erguía una notable cruz de piedra, y a ella, en alegres familias, ascendían por la tierra unas coloridas florecillas. A Astudillo le ilustró la imagen: se supo, él mismo, uno de esos risueños habitantes, escalando hacia la puerta de la Alegría, cuya llave tiene forma de cruz.

Momento es de decir que, durante muchos kilómetros, el silencio de la narración lo ocupan los más bonitos paisajes, sin duda, de entre todos los de la ruta: las veraces palabras de la amistad.

Seguía acompañándoles, multiplicada, la vivaz presencia de los lunares rojos, asomados, saludadores y sonrientes, a las orillas de la carretera.

De belleza iban bien nutridos, pero eran las tres de la tarde y recordaron que tienen materia así como espíritu, y ésta necesita también ser saciada. Se orillaron en una vereda y al cobijo de un puñado de encinas, junto a una clásica urbanización de hormigas, decidieron darle alcance al almuerzo. El cielo que les cubría, vestido de plata seguía, ahora adornado con blancas nubes y surcos celestes. La panorámica que descubrieron era deliciosa: el primer plano lo ocupaban millares de espigas de trigo flamantemente verdes, salpicadas de las rojas milagrosas alegrías; el segundo estaba poblado de encinas, bañadas en serenas praderas; una suave sierra era la protagonista del tercero, alguno de sus picos nevados y uno de ellos mordido simpáticamente cual si fuera una galleta. ¡Qué espectáculo campestre, qué providencial maravilla: sin duda, que así sabe mejor el pan con pimientos y tortilla!.

Retomaron la marcha y pronto les envolvieron los abrazos de los verdores, de los campos primaverales. Enseguida alcanzaron Barbastro, con su torre de iglesia disparada al cielo, lo dejaron a un lado… y un remolino de alegría nació en Astudillo, por ser este pueblo cuna de su amigo Chema –el santo–. Abriose luego una vista muy amplia, y allá en el horizonte, en el centro de un arco cóncavo entre dos montañas –atisbada por Espigüete–, brilló “la perla naranja” –el santuario–. En un santiamén, llegaron a ella: clara, recia, esbelta, elevadora de alma, respiradero de paz. Pasearon despacio por la explanada y se adentraron en el templo. Saludaron a Jesús y se colaron en la capilla de Su sacramento a charlar un rato con Él. El silencio cantor acogió a los dos peregrinos y no pudieron sino plegarse arrobados ante el misterio de Amor, que late a los pies del cristo dorado de Pasquale Sciancalepore –una fascinante escultura de bronce dorado al fuego; no es oro todo lo que reluce:

¡Cuentagotas de amores,

ramos de fuego,

sementera inagotable de flores!

 

Oh retablo

de alto sol de ojos dulces y vivos,

de pie dorado de piel morena

 

Oh áurea majestad,

austera maravilla,

de grandeza manantial

 

Oh Todo tan bien dispuesto

y anhelante

del abrazo más amante

 

Todavía más abajo,

todavía en la escalada

de la senda apasionada,

párome ante Ti, postrado,

¡Milagro entre los milagros!,

como siervo enamorado

Después del íntimo y familiar diálogo, bien dilatados los espíritus, tuvieron un momento para admirar el primoroso retablo alabastrado del santuario y lanzarle un puñado de besos a la Morena Guapa –Señora de los Ángeles– y un guiño a san Chema. En la explanada, se encontraron con don Javier, con quien pasearon y departieron a gusto. Les enseñó las capillas subterráneas y las más de quinientas imágenes de la Madre de los hombres, traídas por peregrinos de todas partes del orbe. Siguieron juntos con los ojos el río, entre la tierra y el cielo... Les acompañó hasta el carro, les bendijo y les despidió con sonrisa, pues todavía les quedaba un trecho hasta la meta.

Dejando atrás las inmediaciones de Torreciudad, tuvieron la oportunidad de circular por un balcón con vistas al embalse del Cinca, pudiéronse bañar en su insólito azul: así turquesa, así grisáceo, así de cristal. A partir del pueblo de Aínsa, a más se acercaban a su destino, más se manifestaba la inmensidad de las montañas y la dichosa pequeñez humana: todo el universo baila para el hombre. Entre cortados increíbles, llegaron al desvío final: Gistaín, 17 kilómetros. Conforme desaparecían los rastros de la última luz, se vislumbraban, por fin, los Pirineos: formidables, epatantes, engalanadas sus cumbres de pura blancura. Cayó la noche cuando rozaron el pueblo de Plan, con sus mágicas casas alpinas. Romántica llegada... Pasando el vecino San Juan de Plan, alcanzaron Gistaín, el más elevado de los pueblos del valle, y su provisional hogar: Casa Fontamil.  

Les recibió amablemente Fani y les acompañó hasta su cueva. Pudieron cenar agradecidos por la próspera jornada, primera de sus nuevas vacaciones. Seguidamente, disfrutaron de su tradicional paseo nocturno, bajo una lluvia tranquila, de enamorados. Pudieron observar las construcciones bien hechas, descubrir bonitos tejados, levantar la cabeza ante la luciente torre de la iglesia…, y soñar con la vida rural. Volvieron, casi hecha la digestión, y se tumbaron para descansar entre los ángeles de la montaña…

II

Acaricioles e invitoles al mambo el último de aquel abril, acaricioles a las 9:30 Nat King Cole con su “Pretend”. Saludáronse entre risas y chacotas y, cuando Astudillo se asomó por la ventanita…, ¡el milagro sopló en sus ojos y besó su corazón!: una niebla viva y profunda bailaba lenta, armoniosa y amorosamente, adivinándose por una gafa el gigante negro en albura bañado; el pueblo estaba a punto de ser engullido por uno de los pasos de esa danza excitante. No pudieron sino lanzarse los recién llegados a por sus cámaras para captar la gran coreografía y compartirla en el futuro con sus amigos.

Ahora, a la luz natural, pudieron comprobar el gusto en la hechura, los acabados de la casa y la acertada decoración –los rincones, los enseres, los colores…–: un rosario de detalles donde todo casa para estar como en casa. Por la estrecha y acaracolada escalera de madera, descendieron hasta el comedor que, con las fuerzas repuestas y los ojos descansados, lucía más gracioso todavía que la noche anterior, más hogareño: una idónea combinación de madera, piedra y ladrillo, sembrada de artesanías. Del desayuno, a resaltar: los bizcochos –uno de yogur, esponjoso y exquisito, y uno de naranja, muy jugoso y sabroso–, rosquillas con azúcar de la zona, la mermelada casera de moras –¡te enamoras!– y la de ciruelas –¡para izar las velas!–. Estaban tan buenos los bizcochos, que a Espigüete casi se le hace mediodía.

Era día de lloviznas y de altas probabilidades de lluvia, y por eso les pareció propicio a los jóvenes destinarlo a cruzar a la vecina Francia, gustar su tierra y llegar a Lourdes, la casa de María. Los 17 kilómetros hasta el cartel de Gistaín, recorridos el día anterior prácticamente de noche, fueron de sorpresa y arrobamiento. La niebla, como en la mañana por la ventana, seguía moviéndose a su antojo, cubriendo de misterio los picos, que con sus líneas escondidas susurraban el cautivador secreto de las montañas: la paz de su silencio, su proximidad al cielo... Junto a una interminable y lisa pared, los árboles, cual agujas, se sujetaban inverosímilmente, desafiando las leyes de la gravedad. El nítido verdor con el que la primavera viste a los árboles caducos y el verdinegro de los abies nordmanniana daban lugar a un lucido contraste.

Traspasado el túnel de Bielsa-Aragnouet, estaban en Francia: bella tierra por su exuberante follaje y por el encanto y la armonía de sus pueblos. La piedra y la pizarra se casan felizmente en infinidad de casas que, con esa estilosa vestimenta, hasta antañonas agradan. Cesó la lluvia que les acompañaba y parecía que aclaraba, sin embargo, volviose a cubrir, sin saber ellos la sorpresa que el cielo iba a destilar tras sus pasos decorando la tierra… Poco a poco, fueron apareciendo, para complacer, junto a los millones de árboles tupidos, a los cuatro ávidos ojos, las flores de la primavera francesa: indómitas risueñas pequeñuelas. Las iglesias, distintas a las españolas, enriquecen aquí también los paisajes. Los cruceros, en esta región del país, protegen los pueblos, colocados en las entradas y en las salidas; hablan de las raíces católicas de Europa.

Avanzando y cruzando por entre decenas y decenas de casas, fueron a toparse con Arreau, una villa que fue antigua capital de los Cuatro Valles, donde se apearon para conocer sus rincones y estirar, de paso, las patitas de flamenco. ¡Qué gracia tiene este pueblo!. Está enclavado en un valle entre colinas, en la confluencia de dos ríos, el Aure y el Louron. Está cuajado de detallistas casas abuhardilladas, algunas con un atractivo singular, como una abrazada por la hiedra, otra de noble fachada gótica con lirios tallados en madera –la Maison des Lys– o el mismo impecable ayuntamiento; junto con las elegantes iglesias románicas de Saint Exupère y de Notre Dame, forman un interesante y cuidado conjunto arquitectónico. Un remanso de calma.

Aprovechando la estancia, pensaron en almorzar. Se adentraron en una coqueta crêperie, donde un odeur de gloire les besó la nariz, mas el servicio había terminado, eran las 2 de la tarde –tarde pour manger en la France, especialmente en los pueblos, cosa que Espigüete, mamoncete, sabía–; su gozo, esta vez, en un pozo.

Decidieron, pues, proseguir hacia Lourdes, quedando el almuerzo en el limbo. Poco más adelante, comenzaron el famoso Col d’Aspin –frecuente etapa del Tour de Francia–: un puerto de vistas y recodos seductores. Las casas se multiplicaban, y los ojos tan contentos. Por fin, apareció una carretera secundaria –la D-937– con el cartel de Lourdes, que tomaron mientras la emoción volvía a ocupar la vanguardia del corazón. Tras el largo camino, arribaron al santuario. Como no es extraño en esta época del año, dieron con el frío, la lluvia y el viento. Pero se abrieron paso entre ellos para llegar a la cueva santa y hallar allí… el calor del amor: Mamá es Mamá. Luego se adentraron en la capilla del Santísimo para vivir una rica tertulia. Visitaron la basílica tranquilamente y el tiempo voló, era hora de retornar. No quisieron marchar sin volver a la cueva para cubrir de besos a su Madre –unas lindas rosas de color rosa habían abierto a su lado para ornarla.

Resultó que al abandonar el lugar, nadie supo explicarles cómo la autopista hallar; nunca la encontraron. Y es que el Autor de la Naturaleza, teníales preparada la mencionada sorpresa: el inédito episodio del Col d’Aspin que, tras su paso matutino, había sido completamente cubierto de nieve virgen, benigna para la conducción y absolutamente preciosa para la visión. A ritmo suave y al calor de la obra maestra de Schubert –el quinteto para cuerdas en Do Mayor, Op. 163 D. 956–, recorrieron el puerto, colándose en la blanca imborrable eternidad... Al poco, se les hizo de noche, pero poco les importó, traían borracho de blancura el corazón. Llegaron justo a tiempo a su valle para recibir el premio de La Capilleta: el estupendo rincón gastronómico de San Juan de Plan donde la creatividad y la destreza se dan la mano. Un pulpo a feira, unas croquetas de ternera y unas bravas compusiéronles las panzas, y una chica de Calahorra, Fátima, abierta  y cercana, hízoles brillar la sonrisa con su naturalidad; la acompañaba Javi, su novio, majo como ella. Ambos les habían saludado la noche anterior, nada más llegar a la compartida casa rural; fueron sus improvisados y generosos anfitriones, cediéndoles el único aparcamiento libre.

Tras la suculenta cena, molidos como granos de pimienta, llegaron a la casa de las mil fuentes, charlaron, bromearon y… se tumbaron sobre la hierba de los ángeles…

III

Primero de mayo, primer sol en lo alto y… ¡oh la la, el Pirineo viste de gala, todo su esplendor regala!:

Pies de clara pradera,

cuerpo recio y boscoso,

albos relucientes cabellos

y celeste diáfano sombrero

Les esperaba un gran desayuno con huevos y bacon, y calor, buen calorcito humano. Coincidieron con Fátima y Javier –de nuevo, luz en el camino: humanidad y ganas de sonreír–, compartieron puntos de vista, descubrieron gracias a ellos una sugerente excursión y en lo alto quedó, como no puede dejar de anunciar Astudillo, la Buena Noticia: el Abrazo que mueve el Mundo dándole un estacazo a la Prisa, Ladrona astuta de caricias, Prostituta de sueños vacuos. Con unos huéspedes catalanes intercambiaron esos saludos mañaneros que tan bien sientan. Y poco a poco, fueron intimando con los posaderos: buenas gentes.

Cruzaron el Cinqueta –afluente del Cinca– en el pueblo de Plan, para llevar a cabo el plan propuesto por los chicos de Calahorra: el ibon de Plan.

Recorridos un par de kilómetros por una pista de tierra paralela al río, dieron con el punto señalado donde comienza la excursión. Se pertrecharon adecuadamente y se internaron por la senda, a tramos escabrosa, que va ascendiendo entre mágicos túneles naturales, donde la luz, juguetona, les acariciaba filtrándose por los resquicios del bosque. Una grata frescura les besaba los rostros. El terreno, cada vez más pindio y exigente, se convirtió en metáfora de la vida –escalada hasta la Triunfal Cima–. No faltaron las holganzas y el cadencioso y potente canto del agua alentando sin cesar; no sería, si no, fiel la figura literaria. El primer descanso se les ofreció en el barranco del ibón, donde el agua fluye con todo su vigor. Respiraron, se hidrataron y, cruzando el barranco, reanudaron la ascensión. A partir de entonces y gracias a la altura conquistada, se iban abriendo claros cada vez más amplios entre el follaje: cada claro era un cuadro vivo de nevadas montañas, cortados prodigiosos, pueblos reducidos a belenes y un fondo de alegre azul; cada claro era una bocanada de novedad. Cruzaron por un atractivo paso junto a una pared de roca, mientras disfrutaban de un juego visual de desfiladeros superpuestos. Y comenzaron el último repecho, sobre nieve, corto pero trabajoso. Clavando bien las botas, lo superaron, alcanzaron un pequeño llano y, al levantar la vista…: oh, sobre una fila de pinos se alzaba la alba y bella tez de un macizo sensacional. Traspasada la fila de pinos, se abre una gran llanura y el macizo luce todo su esplendor. Los dos aventureros quedaron boquiabiertos. Recorrieron lentamente la llanura, con la cabeza alta y el corazón en flor. Llegados a un bosque de pino negro, se abrieron paso y descubrieron la joya de la naturaleza: el caprichoso ibón coronado por el circo del Cotiella, la descomunal maravilla que sólo puede rozarse con poesía:

Sublime pincel:

suma blancura,

augusta altura,

intensa tersura,

sutil textura,

surcos de divina finura,

inmensa entrañable ternura:

llameante del alma la piel

Explotado el tiempo, se sentaron en silencio, respiraron en silencio, rodearon las aguas en silencio, se bebieron las nieves en silencio… Con una bendita llama prendida en el espíritu y una honda paz bombeando sus corazones, volvieron por la misma senda pero más suavemente, más fotográficamente, más divinamente.

De vuelta en el pueblo de Gistaín, fueron a parar a Casa Alvira, buscando recuperar los líquidos perdidos con unas buenas cervezas. Lo que no esperaban, lo que les salió gratuitamente al paso, fue la campechanería de la mujer de corazón cristalino que les atendió. Instantáneamente conquistados, supieron que la volverían a visitar antes de a Madrid regresar.

La cena en Fontamil, además de nutrirles tras la gran marcha, les sirvió para conocer todavía más a la familia de la casa, en concreto a Fani y a su padre, Ángel –la madre, Manoli, en la retaguardia, se encargaba de la brega de los fogones–. La primera viste sonrisa y ganas de agradar. El segundo, ganas de compartir y buen hablar. Ángel construyó esta casa, con sus manos artesanas, en 1993: una casa hecha con cuidado y maestría, con gusto por la tradición y el detalle.  

Un breve paseo bajo las estrellas fue la alfombra tendida hasta la cama: sólo quedaba descansar las piernas y soñar con la perla de Plan…

IV

Segundo de mayo y tercero de estancia pirenaica. Tras dormir con el ibón entre la mente y el corazón, abrieron los ojos y los llevaron con alegría a la ventana para volver a volar: bajo un cielo espeso, la nieve se derramaba, ladera abajo, entre la verde oscura espesura.

Puesto a tono el cuerpo, mientras Bobby Vinton regalaba rosas rojas y violetas azules, Elvis galopaba con su góspel “Run on”, María Dolores soñaba como siempre apasionada y Celtic Woman destapaba los anhelos de “Scarborough fair”, tomada una ducha de las que sanan, volvieron a bajar por la escalerita de cuento y se zamparon, repitiendo el desayuno de ayer, huevos con bacon, bizcochos y rosquillas y…, umm…, mermeladas de hadas. Fani les explicó muy bien la excursión sugerida por su padre en la noche anterior, dejó entrever en sus palabras el encanto de los dos valles que iban a ser, Dios mediante, alfombras para los pies de los dos caminantes.

Descendiendo de Gistaín, antes de llegar a san Juan, tomaron una pista forestal no ideal para coches y sorteando baches, como si fuera un videojuego, llegaron al camping Virgen Blanca. La primera parte de la ruta tenía como término el valle de Tabernés. Se trata de un dulce camino entre pinares, junto al río Cinca, de agua y voz claras y azuladas. En una amena hora, estaban en el refugio de Tabernés, a los pies de unos picos radiantes, dorado su blanco por el único intrépido rayo que lució en todo el día. Olieron a leña buena dentro del refugio, uno de los que todavía se rige por la palabra honradez: abierto, con viandas, sacos, herramientas…

Saboreado el primer valle, comenzaron la senda hacia el segundo. Un repecho escalonado les recordó el esfuerzo realizado para descubrir el tesoro del ibón, pero antes de llegar a  fatigarse, alcanzaron una vía ancha y monte abierto. Tras una ligera subida y unas fotos chulas, hollando una loma…, oh…., se abre un fabuloso abanico de montañas. Tres picos dominan la vista y enlazan dos sierras encantadas por la niebla. ¡Qué juego de alturas, formas y colores!. Bajando por el tobogán de la loma y encaramándose a otra prominencia…, de nuevo el embebecimiento: el fondo profundo y arbolado del valle, con sus prados, su río cantante y el miniazabache convertido en cucaracha, en el punto inicial de la ruta. A la izquierda, bajo una de las dos sierras, oh…, el bello valle de Viadós, próximo destino. Y a la derecha, oh…, la otra sierra blanca perdiéndose por el este. ¡Por todos lados, sobreviene el asombro, la bendita locura, la belleza desnuda!.

Desde el conmovedor mirador, en asiento mullido por el paso de algún animal, trazaron mil vuelos espléndidos. Se divirtieron y de gloria se hinchieron. Se relajaron y degustaron sus rodajas, en el, posiblemente, más impresionante rincón en el que hayan comido. Providencialmente, estando expuestos en ese nido por los cuatro costados, no sopló en ese momento ningún viento helado, es más, se hizo presente un solecillo valiente, que apretando tras la nube, virtió sobre los dos monteses una misericordiosa calidez. Tan a gusto estaban, que tuvieron que luchar para abandonar el idílico lugar. Qué borrachera de placer, qué delirio para los ojos, qué grandiosidad: maravillas a 360º.

Azotando a la pereza, continuaron su andadura entre los férreos pinos. Antes de descender a Viadós, avistadas las bordas –una de las paradas previstas–, pudo Astudillo gozar telefónicamente con su abuelo, contándole el inédito reciente espectáculo, que continuaba ahora con un emocionante lazo de colores fríos sobre la montaña. Iniciaron la bajada por un caminito, donde un par de ramilletes de diminutas flores rosas recién brotadas les sirvieron de antorchas para cuidarse de las piedras resbaladizas. Fueron a aparecer en un prado con poderosas vistas, en las que la niebla, con sus sutiles movimientos, jugaba con la nieve, y donde un rebaño de ovejas pacía serenamente. El marco hizo las delicias fotográficas de los dos forasteros.

Más allá del fornido refugio de montaña –cerrado esta vez–, tenían a tiro de piedra las bordas –cabañas destinadas al albergue de pastores y ganado–. En la mañana, Joaquín, mientras subía una cuesta en el pueblo con sus 79 años, habíale contado a Astudillo, en un bocado de vida, que tenía en propiedad una de esas bordas y lo que había costado abrir en su día los caminos para poder llegar hasta ellas sobre ruedas: 15 jornales gratis y 55.000 pesetas. Díjole también que ya no sube allí porque el cuerpo se lo impide. Astudillo consolole anunciándole que ya era para él hora de descansar y el anciano contestole que tiene toda la eternidad para ello, a lo que el muchacho asintió con regocijo: “¡por supuesto!”.

Por una vereda entre las bordas, que se despliegan en diferentes alturas de la falda ofreciendo una bucólica estampa con las lechosas cumbres de fondo, vieron dos puntos móviles en lontananza, que correspondían a dos andariegos. Alcanzando las bordas, se cruzaron con ellos e hicieron buenas migas: eran Julia y Paco, y venían desde Collado Mediano, pueblo vecino de Alpedrete, en la sierra de Madrid, de donde son oriundos los dos amigos: ¡el Mundo es la casa de todos los hombres!.  

Volvieron al prado de las ovejas, para ver si encontraban la tapa del objetivo de la cámara, extraviada por Astudillo. No la hallaron, mas con una ola de luz del sol entrando brillante por un costado se recrearon, antes de emprender la vuelta. Llegaron mansamente a la meta, montaron en el negrito y condujeron hasta el pueblo. 

Concertada estaba la cena de esa noche en Casa Alvira, lago de aquel cisne... A Astudillo le apremiaba la ilusión de conocer su nombre y no pudo sino estallar de júbilo ante la respuesta: “me llamo Alegría”. ¡No podía haber otro nombre sobre la faz de la tierra más apropiado para ella!.

Qué persona bonita, qué hogareña su taberna y qué cariñosa su cocina: patatas rebozadas con guisantes, tan saludables; acelgas crujientes recién cogidas de la huerta: espléndidas; trucha de Navarra: jugosa, fina, sin espina, ¡con sabor!; corderito a la brasa: tierno, en su punto, divertido con sus papas fritas, como manda Dios. De cerveza: la A. K. Damm, el puro y suave carácter alsaciano. De vino: Glárima –lágrima en juego de letras–, D. O. Somontano, de Barbastro, limpio y potente, frutal y floral, de rojo guinda y matices violáceos.

Mientras gozaban de los manjares , el derbi de campeones lo ganaron los de blanco: con ganas y con tino, con tres tantos.

Alegría llena su rostro y su vida de su nombre. Quiere, y quiere bien. Qué placer conocerla: madre buena, mujer entera, anfitriona de bandera. Un corazón servidor que gusta del encuentro, del gesto amable, de la concordia; que huye de riñas, disputas y trivialidades; que vive en los ojos, en la sonrisa y en la nobleza. Un corazón que despide el exquisito aroma de la sencillez.

Tan encantados quedaron los convidados, que al día siguiente volver se prometieron, si era de Dios. Por el camino más llano, retornaron a la casa, gastaron sus últimas fuerzas en la pila de escaleras, descalzáronse, dieron gracias al Señor de los valles y las montañas y tomaron la deseada horizontal, para aliviar los músculos y poner a punto el espíritu con un sueño bueno. Sirvieron los manjares de este día para celebrar a una singular persona que habita este mundo, conocida y querida por Astudillo: don Gonzalo, caballero del romero.

V

Tras una noche toledana de Espigüete –a quien todavía falta por intimar con su ángel guardián, procurador de sueños de lirón, como el que tuvo su camarada–, amaneció otra vez nublado, oculta la cabeza de la montaña, así que, como le guiñó Astudillo a su amiguete, ellos mismos tendrían que ser los soles que le pusieran calor y luz al día.

Para reparar el cansancio y alegrar los huesos, sentáronse a la mesa del desayuno, donde les esperaba, sonrisa en ristre, Fani, para servirles. Contáronle, a todo bombo, la hazaña de los dos valles y agradeciéronle la sugerencia y la “hoja de ruta”. Esta vez, para variar, disfrutaron de unos ricos embutidos. No faltaron, claro es, los indefectibles: los bizcochos, las rosquillas y… las arrebatadoras mermeladas –elaboradas por Manoli con técnicas tradicionales a la antigua usanza chistabina–. Junto con un café caliente, se bebieron la sugestiva luz que se cuela por las pequeñas ventanas que tanto gustan a Ángel. Entonados, se pusieron en pie, rumbo a la siguiente conquista, cortesía de Espigüete: los llanos de La Larri. 

Intacta la admiración por las colosales paredes, recorrieron los 17 kilómetros hasta la carretera principal y se dirigieron hacia Bielsa. A los pocos kilómetros de los 14 que indica el cartel del parador de La Pineta, se toparon con una nueva sorpresa, o mejor dicho, dos: Ashka y Diego, polaca y mejicano, novios, que mediante el desusado autostop les pidieron un hueco en el miniauto para llegar al valle. Sin dudarlo, los dos excursionistas se lo ofrecieron, y así tuvieron un encuentro universal: dos mentes abiertas, una escucha sincera y una sonrisa natural. Ya en La Pineta, se despidieron de ellos con la alegría de la personal novedad.

Comenzaron la subida, empinada, hacia los llanos, que sería diferente a la de los días anteriores: por un estrecho sendero con escalones de madera bien fijados para la empresa; caracoleando junto a las cascadas del barranco de La Larri; entre la magia de la naturaleza y la magia del agua; recogiendo alguna flor y algún fruto de los brillantes acebos con la cámara; contemplando entre las aberturas del follaje el extraordinario frente escarpado y cuajado de cascadas –la de La Pineta, la más salvaje, con tres saltos bien marcados–. Concluido el selvático recorrido, salieron a una pista ancha, y en dos curvas, dieron con un variopinto conjunto de flores –amarillas y añiles, a cual más linda–, situadas en un montículo y anunciadoras de la proximidad de los llanos, que efectivamente se abren, resplandecientes, al superar la pequeña altura. Al fondo, se vislumbra una cascada, que esconde el secreto del lugar…

Astudillo, quiso atravesar los llanos y llegar a aquella fuente de Dios. Espigüete no se vio espoleado por “una simple cascada más” –visitada por él, algún tiempo atrás– y decidió sentarse a descansar. Ilusionado, piernas alegres, partió el más niño de los aventureros. Tan pequeño él y tan grande el decorado que le cercaba, su corazón, sin embargo, volaba, pues sabía que era el amo del lugar, que aquel pedazo de paraíso estaba dispuesto para su gusto y gozo. Disfrutando cada paso por los cuatro puntos cardinales, descubriendo picos originales, otra fina y alta cascada, ovejas de varios colores y bellísimas flores silvestres, llegó a los pies de la cascada, donde comienza un arroyo de agua pura que se abre paso entre las rocas. Sin ser espectacular por su altura, ni por su caudal, ni por su sorpresa, es, sin embargo, asaz graciosa su sinuosa escalonada caída. Fantástica es su boca, por la que parece que el mismo cielo derramara el agua. Pero lo mejor, estaba por llegar. No obstante dichas cucharadas de la miel de la belleza, el niño anheló alcanzar el tarro. Superando obstáculo a obstáculo, consiguió llegar hasta la base de rocas grandes donde caía el chorro principal y la arrolladora fuerza del agua ofrecía un concierto excepcional. Y entonces, diose la vuelta y… : ¡vive Dios, abriose, en el beso de un instante, ante él, el valle del amor!. ¡Qué vista prodigiosa, qué sensación tan dichosa!. El tiempo se esfumó, una gran paz, en la que se concentró toda su vida, le inundó; las palabras no consiguen abarcar, sino sólo invitar a la desnuda eterna felicidad… Enmudecidos todos los impulsos, sentado sobre una roca junto al agua viva, se rindió a la contemplación: a gozar y a ser gozado.

Su ángel de la guarda le recordó que todavía pertenecía a la historia y que su amigo le esperaba, y le ayudó para vencer la poderosa atracción de permanecer allí… hasta el anochecer. Ambos –custodio y custodiado–, se pusieron en marcha. A la vera del arroyo, la música del agua y la nívea magia de la soberbia sierra frontal le pintaron al explorador una sonrisa incesante. Sin darse cuenta, había cruzado la llanura de vuelta y se había encontrado con Espigüete. Juntos almorzaron y sestearon cálidamente, gracias a un cara a cara con Lorenzo.

Agradeciendo al Creador el pletórico abrazo, la belleza en bandeja, siguieron adelante. Antes de guardar en la imaginación la última panorámica de los llanos, le dio Astudillo unas avellanitas a un solitario y noble caballo que allí descansaba e intercambiaron caricias. Comenzaron la bajada animados por los graznidos de algún pájaro grande y pudieron ver inhabitualmente cerca un zorro –otros dos había visto de lejos Astudillo volviendo de la cascada–. Acompañoles, tras el verde telar del bosque, lavándoles los ojos, el blanco manjar: la leche que manaba por la gran muralla de oquedades plagada. De frente se encontraron con una magnífica cresta y tuvieron que clavar los pies, unir los brazos y vivir por los ojos, mientras las nubes se  arremolinaban sobre ellos dibujando filigranas. Más adelante –ojo incansable–, descubrió Espigüete otra cascada que besaba dos bañeras rocosas de faz cobriza. Junto a ellas se sentaron y… se relamieron, al ritmo del amor que nunca tiene prisa. Ese ritmo que permite captar la esencia de la vida, que les permitió descubrir, entre un bosque de hayas, la más especial, por fornida y por frondosa. Ese ritmo donde la magia no cesa: pasado otro pequeño tramo…, apareció, imponente, el gran valle, con su verde piel y sus sierras cruzándose al fondo, invitando a soñar…: qué vista, qué beso, qué foto.

Vuelto el camino muy pedregoso, notó Astudillo en los pies el martillo, justo cuando Espigüete lanzó espontáneamente al viento una frase fulgurante: “¿qué nos estará preparando Alegría para cenar?”. Inmediatamente, echaron a volar cantantes y ufanos, sabiendo tan próxima la colorida presencia.

Cerca ya de la explanada inicial, les hechizó el efecto visual de una multitud de luengos troncos. Y en la siguiente página del cuento, las hayas unieron sus brazos ofreciéndoles un romántico paso en el atardecer.

A buena hora para la buena cena, llegaron a casa de Alegría, que les recibió como acostumbra, con cariño abundante. Astudillo, mientras Espigüete visitaba el excusado, le contó a su nueva amiga cuánto había gozado en ese día y le enseñó las fotos, y ella gozó tanto como él: ¡qué magnanimidad!. Los dos descubrieron una afinidad: ambos son amantes de las flores. Dos cervecitas recibieron en la barra los dos montañeros, mientras la anfitriona se enfundaba el mandil para preparar cositas ricas.

¡Albricias!: brazo de patata –un agradable pastel frío– y revuelto de setas gloriciosas –“cogidas por el marido”, como dice la artista–, de primero; para seguir, churrasco al punto y sabrosura, y suculenta longaniza de Graus con papas; de postre, un flan rico de café y el pastel ruso –vaya usted a saber el porqué del nombre, pero lo hacen en Huesca y sabe muy español–, un dulce bien equilibrado. Y lo mejor de la velada, la sobremesa con Alegría: como en casa, compartiendo esas cosas de la vida que ella llama “guapas”. ¡Qué encuentro triunfal!.

Alegría:

ojos de princesa y alma enamorada

Vendioles la mujer dos quesos –de cabra y vaca– y despidioles con besos, sabiendo los tres que se trataba de un rotundo “hasta pronto”. Anduvieron los dos andariegos hasta uno de los límites del pueblo, donde se acaba la calzada y comienza el campo, y a la luz de la luna, sentáronse a rememorar las conquistas… Satisfechos y agradecidos llegaron a la confortable casa y se dejaron caer sobre los catres. Había finalizado el penúltimo día de una nueva apasionante aventura.

VI

Esta noche, el sueño fue bien profundo y saludable –cortesía de los ángeles: ¡poder de amor!–. Despertaron más contentos que unas castañuelas, efecto de lo bien que habían vivido por estos paisajes edénicos, que ahora se mostraban por la ventana en una floresta de nubes, verdes, blancos, celestes y brillos: la paleta del Pirineo. Oteando, un deseo abrigaron: que sea de Dios querer el poder a degustar volver los sublimes rincones que enjoyan las montañas del norte de España.

En el último desayuno, se deleitaron especialmente en la mermelada de moras y en el bizcocho de yogur. Listos los equipajes, se despidieron de los posaderos, agradecidos por el cariño y la sonrisa a la manera Fontamil.

Tomaron unas fotos mejor encuadradas del pueblo y marcharon tranquilamente del valle de Chistau, tan acogedor, asombrándose como el primer día ante la magna pared. De camino a Aínsa –parada prevista–, las montañas se entrecruzaron ofreciéndoles otro espléndido baile de desfiladeros. Luego, dos majestuosas moles se irguieron para llenarles los ojos de estrellas.

Bajo un cielo vivaz, llegaron a Aínsa, villa medieval que reposa sobre un cerro en un enclave fantástico. Nada más pasar las ruinas del castillo –que data del siglo XI y fue parte de la línea de defensa de los territorios cristianos–, la presencia de la piedra en las casas despierta el encanto que envuelve toda la población y que tiene su apogeo en la gran plaza mayor: amplia, solemne, preciosa, flanqueada por soportales y cobijada por la alta torre de la iglesia de Santa María. Las calles son estrechas y muy elegantes. El suelo, empedrado, ennoblece. Flamantes florecillas, en su estación favorita, encandilaban los rincones de sus dos calles principales. Desde sus balcones, se puede paladear la riqueza del entorno: las aguas de los ríos Cinca y Ara, al unirse, estallan en un azul profundo, que serpentea entre arboledas y montañas conformando un cuadro para soñar muy grande, para volar muy alto…; una robusta muralla pirenaica –la sierra Ferrera– domina sensacionalmente la geografía. La iglesia es románica, bonita. Tiene un claustro pequeño, austero y silenciosamente alegre. En su cripta, la Santísima Presencia se regala abiertamente para que cualquiera pueda postrarse y vivir en el Abrazo: ¡así, tan fácil, gratuitamente!.

Retomada la ruta, pronto volvieron a ser cautivados, como en el balcón de Aínsa y en el viaje de ida, por el azul de las aguas del embalse: un azul único, desvelador del misterio de amor. Gozaron también de nuevas perspectivas de “la perla naranja” y de una iglesia aupada para saludar a todo viajero despierto. Bien metida ya la hora del almuerzo, quiso Dios que este fuera en Barbastro, en su plaza del Mercado, donde una generosa mañica les dio asiento en su terraza, donde latía el “qué bien se está aquí”: el bar restaurante La Brasería. Una fresca y aromática Marlen –de la Zaragozana–, unas berenjenas rellenas de setas y gambas y una longaniza de Graus, fue lo más destacable del maridaje. Sí, a esas horas de la tarde y con ese cariño: ¡bendita manduca!. A través de su sonrisa ilusionada y sus palabras amables, nos amigamos con Sandra, la camarera, antes de que se marchara a descansar. ¿No son buenas todas y cada una de las ocasiones para las caricias?: esta lo fue, una caricia fugaz y jubilosa.

A la paz de la plaza, emergieron las recientes vivencias, brotó la miel de la aventura. ¡Qué guapa, qué guapa es España!. ¡Cuánto, cuánto arrobamiento en tan poco tiempo!. ¡Qué plétora de belleza!. ¡Grandiosidad y sutileza al mismo tiempo, misterio y pureza!. El momento se hizo propicio para el agradecimiento: al Señor de la Creación, por Su maestro pincel, Su sincera compañía y Su incesante y desbordante manera de abrazar; a Espigüete, por sus ojos gustadores de la belleza y su deseo de compartirla; y a san Chema, tan cerquita siempre de Astudillo y, por ende, de Espigüete –resultó que, sin saberlo, estaban comiendo frente a su casa natal.

En la Nacional, en dirección a Huesca –donde almorzaron la primera jornada–, se gloriaron los dos trotamundos de lo bien que había marchado todo, en medio de un plácido paisaje de amapolas, encinas y fresnos. Todo estaba poblado de verdes tapices en diversas tonalidades, algunas cual apetecible pieza de fruta. ¡Cómo se disfrutan las antiguas y poéticas nacionales!. Brotó ahora en Astudillo, tras avistar la enésima torre en el recorrido de este genial sexteto, la sincera luz que despiden las iglesias que realzan los pueblos españoles y franceses –las casas más bonitas del conjunto, muchas veces–: derechas flechas señalando al azul, faros del planeta que enardecen los corazones enamorados.

Tomada la autovía, volvieron espontáneamente a admirar los frutos del viaje, a revivir los abrazos. La piel de las montañas, azulada por la luz del atardecer, fue captada –y anunciada para ser gozada– por el ojo generoso de Espigüete. Era el momento de la tierna retirada del sol. Se fue el astro, pero no la magia, que comenzó a correr por los tubos de la soñadora y universal gaita de Carlos Nuñez –“Almas de Fisterra”–. Tal quietud, llevó a Astudillo a avivar un deseo renovado en Torreciudad: seguir perdiendo el egoísmo y la comodidad que pudren al ser humano, para amar al mundo apasionadamente.

Y así como entraban, calmosas, las aguas del cielo en su sueño, así la penúltima andadura de Espigüete y Astudillo llegaba a su fin.

FIN


Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.