Pandemia

Egipto

Pandemia

Lo sabíamos, y en estos días hemos podido terminar de comprobarlo:

ya tenemos claro hasta dónde puede llegar la estulticia del ser humano.

Desde los listos de la ilustración, con su nueva ciencia y su nueva política, que se creían iguales a Dios, que se han situado en el Olimpo de los dioses, hasta sus herederos en el siglo XXI, todos se han manifestado como los cobardes, ignorantes y mediocres que son.

Da igual la religión que practiquen, da igual al dios que sirvan, da igual la gilipollez que prediquen…, todos se cagan encima cuando sienten amenazadas sus barreras de sabiduría, sus atalayas científicas, su enanez de vida.

Lo llaman sentido común, lo llaman civismo. Lo confunden con sensatez y prudencia. Lo enmascaran bajo la solidaridad y la tolerancia. En el fondo es miedo, siempre ha sido miedo, siempre será el miedo. 

No tienen fe, nunca la han tenido, jamás han confiado en sus propias fuerzas…, porque nunca fueron felices. Su sí nunca fue un sí de veras, siempre hubo un no por medio.

Lo llaman apocalipsis y se encierran en sus casas pensando que a ellos no les tocará. Lo llaman el final de los tiempos, y ni siquiera supieron vivir la época que les tocó.

Habla, y hablan y hablan…, y siguen sin escuchar el susurro del viento, que les cuenta que hace tiempo que están podridos, que hace tiempo que ya no merecen ni el polvo que pisan cuando caminan.

Hablan de amor, de libertad…, incluso de Dios, y a la primera de cambio giran su presente, como veletas, ante el primer síntoma de miedo que contraen. Se acojonan ante patógenos –como los virus, que algunos de ellos han creado– y se repliegan a sus cuevas, buscando la salvación, cuando se han pasado décadas permitiendo la matanza indiscriminada y repulsiva de inocentes.

Hablan, y hablan y hablan de pandemia… –climática, animal o humana–, y la elevan a noticia constante, continua y profundamente cansina; pero poco les importa que este planeta haya sido y sea la tumba de tantos nascituros, de tantos inocentes, y así seguirá por años sin cuento…, porque aquí nadie solucionará nada.

Antiguamente, cuando la mierda arreciaba, los hombres luchaban mano a mano para poder morir libremente, para poder morir en paz. Hoy en día, hasta los que se dicen de Dios se retiran a sus guaridas, no vaya a ser que les toque a ellos.

Hace casi diez siglos, aún había honor. Ahora, sólo la cobardía reina en un mundo sin Dios, en un mundo donde los únicos héroes que quedan visten de mallas en ocho milímetros, o en digital. Los hombres por fin han logrado vivir en binario, solo es cosa de años que acaben finalmente por desaparecer de un universo que también anda cansado de ellos desde hace tiempo.

Refugiaros en vuestras casas, no salgáis a la calle, no os contaminéis, procurad sobrevivir, que así lograréis morir solos, con vuestros miedos y vuestros quehaceres. Al fin y al cabo, ¿alguien conoce a algún ser humano que haya salido vivo de la vida?

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Redacción

Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.